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[Opinión] Cuando todo esto pase…

La pandemia que vivimos actualmente en el mundo invita a reflexionar sobre los amplios contrastes de actitud que sigue despertando el ponerse en los zapatos del otro, especialmente de los más vulnerables. ¿Qué esperar de todo lo que ahora vivimos?

Por: Julian Fernando León

Cuando todo esto pase quedará en la memoria colectiva el ejemplo del compromiso social de muchas empresas que fueron pioneras en prácticas filantrópicas en medio de esta coyuntura sanitaria en Colombia. Quedará en el archivo histórico del país la manera como pocos, pero grandes empresarios, pusieron a prueba su gestión administrativa en el justo momento cuando muchos daban por sentada la necesidad de los temidos despidos masivos a causa de una recesión en la economía.

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Resaltará, desde luego, las medidas que tomaron varios sectores comerciales al salir a la opinión pública y dar grandes gestos de humanidad desde mandar a vacaciones pagadas a sus empleados, hasta el poner a disposición de las autoridades competentes flotas enteras de transporte para movilizar ayudas.

Cuando todo esto pase solo queda esperar que los dirigentes e idearios de los actuales sistemas económicos reconceptualicen los modos de trabajar y percibir los sueldos al menos en nuestro país.

Entender que un buen síntoma de una economía sana radica en que, si el empresario está bien, el trabajador también lo debe estar; que la mejor disposición de un trabajador promedio a la hora de acatar ordenes institucionales para frentear una crisis, al menos como la actual, radica en tener absoluta tranquilidad de que con su trabajo honesto ha adquirido los suficientes recursos para vivir en un periodo improductivo.

Muchas personas hoy en nuestro país no tienen aún, a pesar de las ayudas promulgadas, suficientes recursos para enfrentar esta cuarentena y mucho menos su posible prolongación, precisamente por una desigualdad en sus ingresos que los obligó previamente a gastarlos en una gran cantidad de otras demandas como, por ejemplo, el asegurar su canasta familiar mínima, el estudio de sus hijos, un arriendo o cuota bancaria o, incluso, el asfixiante costo de la seguridad social para los trabajadores con contratos paupérrimos como el de prestación de servicios.

Cuando todo esto pase es de esperar que, como todos, el Gobierno de turno y los venideros vean la formulación de políticas públicas con ojos e intenciones realmente sociales tal como lo hacen desde que esta crisis nos tocó. Que la inversión del presupuesto nacional sea más directa y sinérgica, enfocándose, como lo hacen lamentablemente los efectos del Coronavirus, en sectores urgentes como los más jóvenes y la tercera edad situados en ese alrededor de 19% de población que vive en la pobreza multidimensional. 

Hay que agregar que nuestros grandes males contemporáneos están deviniendo del debilitamiento marcado de una desigual y manipuladora economía de mercado que tanta injusticia y desigualdad ha creado. Actuar bajo políticas fiscales como las que contemplaba el sistema Keynesiano, con un alto impacto en lo público y legitimidad y criterio social en las instituciones sociales, blindaría nuestros frágiles sectores de salud, laboral y educativo y sin lugar a dudas, sin la primacía del capital sobre lo humano, construiremos un país con progreso desde la igualdad de condiciones y oportunidades.

Cuando todo esto pase quedará, por otro lado, una enseñanza de vida para los millones de trabajadores colombianos que de una u otra forma lo pueden hacer, pero lo posponen por capricho: el ahorro, aparte de ser motor de riqueza, lo es también de supervivencia. Hay padres que lo han tenido muy claro al brindar a sus hijos una educación financiera basada en la planeación de un futuro desde unas realidades difíciles que, sin duda, pueden ponerse peores.

Este tiempo se ha prestado para hablar mucho sobre la importancia de las crisis a lo largo de la evolución humana. Diferentes teóricos, conocidos o no, han dado un parte de tranquilidad luego de ‘cambiar el chip’ y ver la coyuntura como una posibilidad tanto de mejora como de reflexión. Des pues de todo aquí valen mucho las palabras de Alvin Toffler: “los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, si no aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”.

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