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“Panadero no hay camino, se hace camino amasando”

Por. Joselin Luna Franco

Luis Aníbal Sánchez Páez es uno de los tantos empresarios de este país, que, sin estudios, sin herramientas y sobre todo sin dinero, consolidó su propio emprendimiento. Su pasión por llegar más allá que otros lo catapultó para tener en la actualidad su propia empresa, reconocida en Bogotá y Colombia: es el Gerente General y mayor accionista de Don Pan Alemán Ltda.

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Joselin Luna Franco (JL). ¿De dónde provino la idea de montar una panadería? ¿Hace cuánto tiempo?

Luis Aníbal Sánchez Páez (LS). La verdad, nunca había pensado en montar una panadería, pues las cosas se dieron por distintos motivos, pero principalmente porque llegado un momento en mi vida conocí el hacer pan y pastelería. Yo llegué a Bogotá hace muchos años siendo muy joven, tal vez tenía en ese entonces unos 15 años; me vine con un conocido de mi pueblo. Vivimos en un cuarto en el centro, y en esa época Bogotá no era tan extensa como lo es hoy, por ejemplo, el norte de la ciudad estaba lleno de casas con amplios jardines y había tierras llenas de animales; realmente sólo había vida social en el centro de la ciudad. Comencé a trabajar en varias cosas como ayudante de construcción, pintando casas, limpiando calles, hasta de mesero.

Tiempo después, un amigo mío, lo recuerdo tanto, Luis, me llevó a trabajar con él en una panadería: no sabía nada de masas, harinas y pasteles para trabajar allí, pero él me enseñó poco a poco, fue uno de mis profesores en este arte, y digo uno porque fueron muchos. Me iba también que después de un tiempo a Luis y a mí nos dieron la oportunidad de trabajar bajo contrato con una empresa grande; sin pensarlo lo tomamos. En esta empresa conocí varios maestros de este arte, todo era manual, no había máquinas que hicieran nada como hoy en día en otras empresas de nivel industrial. Después de estar allí, uno de los dueños se asoció con la empresa Pan Alemán, el dueño era Don Lothar Hintze, un alemán. Él me enseñó muchas cosas como hacer el pan número uno de nuestro negocio.

Yo era un estupendo empleado, me rendía y hacía las cosas bien, tanto que fui ascendiendo con el tiempo, hasta ser el Jefe de Producción. La empresa fue vendida, pero tiempo después quebró por ciertas circunstancias de malos manejos, por ende, salimos de allí, sin liquidación, pero nos habían dado unos activos. Yo me aseguré el horno Zuccelli, con el que hoy horneamos nuestro producto. En esta empresa conocí a muchas personas, entre esas mi esposa actual, mis compadres que hoy son mis socios y familia, somos 4 pero yo soy el dueño. Cuando salimos de la empresa, nos reunimos un día en una cafetería, ya habían pasado 6 meses, estábamos todos tristes, pero surgió la idea entre todos de juntar los activos para montar nuestra propia panadería: todos alegres dijimos Sí, hasta tal punto que en una servilleta hicimos nuestra sociedad, eso fue en el año 1998.

JL. ¿Cómo fue el día cuando abrió la panadería?

LS. Eso fue algo muy lindo, no teníamos casi dinero, pero con la ilusión de comenzar desde cero, sin saber a dónde pararía todo esto; yo tenía muchas esperanzas en la idea de hacer negocio propio, pero no sabíamos por dónde empezar, todos hablábamos que hacer o que no hacer. Drigelio era panadero, no sabía nada de empresas, o de personal, de números, de nada, sólo sabía las fórmulas del pan, él recordaba muchas fórmulas como yo. Blanca, una mujer algo seria pero que derretía a las personas con la forma de ser, había trabajado en el punto de venta de la anterior empresa, atendía a los clientes, empacaba productos, entre otras cosas.

Mi esposa, Nidia, también atendía al público en el punto de venta, ubicado en la planta de producción, hacía lo mismo que Blanca y allí se volvieron súper amigas. Fernando trabajó en la parte comercial, llevaba no más de 3 años en esa empresa, pero se volvió mi mejor amigo y compañero de copas y juegos de azar en la oficina. Trabajamos mucho pero también teníamos nuestros tiempos de ocio para jugar cartas, salíamos de nuestro turno habitual y nos metíamos en mi oficina a jugar cartas o dados: Así nos la pasábamos algunos días, tanto, que seguíamos de largo con los turnos, no nos importaba.

Cuando decidimos abrir la panadería, vimos primero la posibilidad de arrendar un pequeño espacio con el poco dinero que teníamos. El lugar era en El barrio Jorge Eliécer Gaitán, pues yo vivía aquí, conocía al dueño del lugar, y logré conseguir un buen precio por unos dos meses, mientras despegamos. Por otro lado, Fernando con un familiar consiguió un préstamo, yo vendí mi carro, y con ese dinero compramos materia prima y los muebles y la maquinaria del punto de venta.

Todos teníamos todo listo: llegamos ese día a las cinco de la mañana a trabajar, había dos personas más ese día trabajando para nosotros. Eran las 8:00 am:  yo estaba entre el pedazo de planta y el punto de venta, en la expectativa total de la apertura, allí sentí con gran alegría el momento cuando abrí esa puerta: el sol entraba con ternura, es lo único que pensaba, y sentía que todo iba a salir de maravilla, yo brincaba de alegría, ese día, trabajamos con alegría, todos atendimos a todos, los pocos o muchos clientes que entraban nos veían con cara de alegría, por eso creo que nos fue bien, porque nuestra felicidad, más que atender o hacer el pan, era porque teníamos algo porque luchar día a día.

 JL ¿Por qué el nombre Pan Alemán?

LS. Eso fue tema de debate con todos, pero yo sabía lo que quería, así que en medio de la liquidación de la otra empresa, porque se demoraron mucho tiempo, hablé con los anteriores dueños, y les hice ver la importancia que para mí tenía ese nombre, pues había sido mi escuela, mi colegio y mi universidad, Para mí era importante, además que el nombre me marcó desde que llegué, otro nombre no encajaba en mi empresa, no sentía las ganas de un cambio, tenía que seguir con lo que tenía y con lo que venía haciendo.

JL ¿Por qué reactivar una empresa que había sido cerrada y no otra?

LS. La idea de continuar con este nombre, con algunos cambios, como ponerle el “Don”, y cambiar los colores por temas legales, no nos afectó, pues detrás de todo esto, mi estrategia era no perder los clientes. Nosotros ya conocíamos muchos clientes, que siempre nos preguntaban cada vez que iban a la empresa, de hecho, hoy en día, todavía hay bastantes personas que nos dicen, ¿Dónde habían estado?, “Yo pensé que ya no existía Pan Alemán”, “Porqué cerraron el punto de tal lugar”. Muchas preguntas que desde un inicio nos confirmaban que habíamos tomado una excelente decisión al decidir reactivar la empresa, pues no teníamos ni los recursos ni el conocimiento para hacerlo. Hoy tenemos clientes desde aquella primera parte de Pan Alemán, y otros son nuevos y están felices de seguir con nosotros.

 JL. ¿Qué les recomendaría a las personas que hoy tienen la idea de hacer empresa de manera empírica?

La verdad no sabría que recomendarles, pues en nuestro caso fueron impulsos del corazón, las ganas de seguir adelante, de no parar, de no dejarse llevar por la amargura, la tristeza, el estrés o por otra situación que te aleje de los sueños. Yo solo hice hasta tercero de primaria, me cansé del estudio, y en Vélez Santander, de donde soy yo, me dediqué a trabajar desde pequeño, hasta que me fui de casa en busca de hacer cosas grandes, sin nada en las manos y en la barriga: lo único que me mantuvo fue la fe de conseguir cosas más grandes cada día, sin importar el sacrificio o trabajo que eso conllevara en su momento, y hoy solo puedo decir que no paro de trabajar; el mundo cambia cada día, salen nuevas cosas que desconozco, pero que poco a poco con paciencia aprehendo, y no me dejo llevar por nada, sigo el camino, y espero que al otro lado llegue el éxito.

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