Por Camila Munar

Más adelante, tras salir de la mina aparece entre las densas nubes que lo cobijan el dorso oscuro, desierto y desnudo del Volcán, erigido sobre una montaña de fuego que tiende hacia lo alto como una planta que busca el sol. Ahí, quieto, soberbio y vigilante no permite que ninguna vegetación, más que las rocas de su ceniza, hagan camino para quienes se atreven a conocer su inmensidad. entre paisajes de páramo alto y lagunas escondidas el tiempo corre, los pasos se vuelven más bruscos y decididos, ni el miedo, ni el frío, ni el cansancio son capaces de derrotar a la mente cuyo único objetivo es conocer el cráter de este ser.

Don Matías en los lagos previos al volcán.

El clima empieza a cambiar drásticamente: lo que era un día soleado, se vuelve tempestad, los pies pesan y el camino se pone resbaloso. De pronto aparecen rampas repentinas, desniveles traidores, es el barro que intenta tomar la forma del hombre para engullir sus pies. Tras varias horas de camino, a eso de las 11:30, llegamos a la llamada base del volcán, una antigua base militar abandonada que cuenta con dos casas de cemento firme pintadas con estrellas de David y frases banales. Sin embargo, es mucho más aterrador el afecto ruidoso y brusco del volcán que en ese punto me pone a dudar sobre si seguir el camino al cráter o devolverme sin más al pueblo. Entonces recuerdo que llevo conmigo un bocadillo que me repone para continuar. Esperamos con don Matías que la lluvia cese y seguimos.

A no menos de unos 20 metros de la base las rampas se vuelven más empinadas y el viento que corre a más de 60 kilómetros por hora, pareciera enojado por nuestra persistencia, como diciéndonos que debemos devolvernos. Con su furia alada me toma por la cintura y me arrastra lejos, tumbándome al piso y me quita el gorro que llevo para cubrirme la cabeza del frío que congela los huesos. Don Matías, que por poco también es derribado por el viento me toma de gancho y avanzamos juntos intentando que la fuerza de la naturaleza no nos derrote. En este punto, la altura empieza a jugar un papel importante en el oxígeno, al mismo tiempo siento que tengo menos espacio en los pulmones, la piel se me congela y parece que hubiera sido rasguñada por la ferocidad del viento en varias partes de mi cara. Tengo los dedos entumecidos y de mi boca salen pequeñas nubecillas de vapor que se unen con las corrientes gigantes de nubes que, aquí arriba a 3800 metros parecen detener su paso para ser apreciadas. El aire está helado y el cansancio provoca ligeras cosquillas bajo las plantas de los pies, que llevan los talones resquebrajados y callosos. Atravesamos pequeñas y grandes formaciones de piedra que quedaron ahí después de las erupciones más recientes del volcán, según los indígenas abuelos y gente, espíritus que quedaban atrapados en el lugar y que tomaban la forma de la piedra.

Pero, falta el último tramo, que empieza en un gigante tumultuoso de piedra llamado “La roca del estudiante”, desde donde faltará la última pendiente y la más empinada de todo el camino para llegar al cráter. A lo lejos se divisa una nube tibia de humo que sale de uno de los costados del volcán. La fumarola por donde emana azufre con su estela fluorescente parece ser el único colorido de todo este monte lunar.

Fumarola Volcán Puracé.

De repente pasa lo improbable: se marchan las nubes que me dejan ver la cara despejada del cielo en la que se yerguen las estatuas mitológicas de Neptuno y Venus, y todo el lugar recibe un baño de sol profundo, el cráter nos da la bienvenida y nos invita a verlo.

Camino para subir al Volcán desde la roca del estudiante a 4100 msnm.

Rápidamente, nos ponemos en el camino otra vez, para que no nos coja por sorpresa un nubarrón traicionero. Los ojos ya no lagrimean y solamente miran los pies en su gesto mecánico, paso tras paso. Luego de unos 20 minutos llegamos a la cima desde donde es posible divisar el borde del cráter: está tan cerca que el corazón empieza a latir con más fuerza, y se corta el aliento en la garganta al ver una pendiente en la que se abre espacio un cráter de 500 metros de diámetro en su parte interna. Una nubecilla de humo tibia sale de su interior, donde la arena reseca por el calor tiene colores rojizos y grises. Don Matías me mira con una sonrisa inquieta y muy entusiasta al ver mi reacción ante este monstruo que se mantiene vivo con el calor de nuestra proximidad. Hace unos 5 años era cubierto por una ruana de nieve la cual desechó por el calentamiento. Sin embargo, los indígenas creen que cuando esta montaña de fuego se cargaba de nieve era porque los diablos dueños de otros volcanes venían a visitar estas tierras. Así mismo, se cree que dentro del volcán está su propio demonio echando fuego en la caldera que lo mantiene activo y de la cual sale el humo que desprende la fumarola. Estando ahí, tan mínimos, tan pequeños, es cuando el ser humano se da cuenta que en realidad es un ratoncito disfrazado de león.

Último tramo de subida al cráter, a una altura de 4400 msnm, en una pendiente inclinada a 30°.

Este volcán tiene muchas historias, que de ser ciertas reafirma la magia que contiene la naturaleza en su maravilloso misterio y en su gran imponencia, tan desconocidas por el ser humano.

Cráter Volcán Puracé, primer plano a la arena del fondo del cono.

Mientras caminamos por el borde del cráter, veo algo en el interior: es como un cuerpo que refleja la luz, y de inmediato se lo cuento a Don Matías, que me responde: “Aquí el que quiere ver, ve lo que sea.” y me cuenta que en el volcán hay muchos espíritus y demonios que están siempre en busca de hacer males, y que si veo algún conejo, o una danta no trate de perseguirlos porque son esos demonios tratando que me pierda en el lugar.

“Si el volcán la quiere desaparecer, se abre un hueco y la tierra se la traga”, afirma don Matías mientras yo miro hacia todas partes con un poco de miedo. De repente, hacia la parte posterior aparecen a lo lejos, en el sur, sus 11 hermanos de fuego, al fondo. El último y más alto, el Pan de Azúcar, junto al Paletará y todos los demás, dormidos e inactivos. Toda esta grandeza aparentemente nueva aturde, y los ojos buscan donde puedan descansar unos minutos a la sombra de tanta inmensidad, improbable por los sentidos. me refugio entre el lugar adivinando formas humanas entre una niebla pegajosa que llena los ojos en el recorrido al cráter, el silencio siempre impregnado por el canto brusco y grave del viento que en ocasiones nos pone a punto de perder el equilibrio en los bordes más delgados de las pendientes.
De pronto el aire se pone más helado y las nubes vuelven a llenar todo el espacio de un blanco absoluto, y solo se divisa un pequeño camino de aspecto lunar. Don Matías, con sus manos precozmente envejecidas me hace un gesto con el que me invita a marcharnos.

Don Matías bajando del cráter.

Despidiéndome del volcán le agradezco y le pido que todo cuanto deseo y llevo en mí con un anhelo puro se cumpla. Como una despedida de la montaña de fuego, empieza a caer una brisa fina pero constante que pone resbaloso el descenso de piedra. Los pies nos conducen nuevamente a la alfombra floreada, los espíritus como estatuas romanas en piedra bruta se vuelven a llenar de plantas que serpentean a lo largo de sus paredes, aparece un arco iris en un terreno llano en el que puedo ver su principio y su fin. Mi recorrido finaliza una hora más tarde de nuevo en Puente Tierra. No puedo dejar de sonreír con admiración, mi única sensación al terminar este viaje es paz, el silencio invade mi cabeza que no tiene más pensamientos que el agradecimiento por todo lo que acaba de conocer. Estas tierras dejan un sabor en la boca a vida, entrar aquí como quien busca un chamán para tomar yagé, buscando al abuelo Puracé para calmar mi alma y llenarme de fuerza.

El único sin sabor es recordar los olores, las texturas, los sonidos. Todos esos detalles que aparecen ahora en mi mente, a los que nunca había prestado atención en cualquier otro territorio los veo ahora como si fuera la primera vez. Todos ellos, corren hacia el pasado y es imposible detenerlos. Sin embargo, es un pasado que en las letras no muere y aquí yace la intención fundamental de este recorrido escrito. Recordar y celebrar la memoria, las costumbres, la riqueza humana y natural que posee nuestro país, más allá de quienes hicieron de estas tierras antes un lugar lleno de miedo, de incertidumbre y muerte. Hoy el lugar solo esboza amor cocido en leña, trabajado en la tierra, sacado de la leche de las vacas, lavado con el agua pura que baja de los manantiales más altos del volcán y alimentado con el empuje de una población que como el cóndor está firme entre las montañas de Colombia, llevando en alto el nombre de la montaña de fuego.