La presentación se realizó el pasado 2 de mayo, a las 4 p. m., en la Carpa Cultural del evento, en el marco de un conversatorio que reunió al periodista musical Chucky García, la gestora cultural Bertha Quintero, el productor Edgar Cardona y María Claudia Parias, directora del Instituto Distrital de las Artes – Idartes.
El libro propone una mirada distinta sobre uno de los acontecimientos culturales más representativos de la capital. En lugar de concentrarse en los artistas que han pasado por sus tarimas, la obra recoge los testimonios de quienes han hecho posible el festival desde la trasescena: equipos técnicos, productores, gestores públicos, personal administrativo y funcionarios cuya labor rara vez ocupa los reflectores.
Una historia que pertenece a toda la ciudad
En diálogo con Idartes, Duplat —testigo directo de las tres décadas del festival— reconoció que su mayor desafío fue asumir el peso simbólico de narrar una historia colectiva que, en su criterio, trasciende cualquier voz individual y le corresponde a la ciudad entera. Con esa convicción concibió un libro polifónico, en el que cada capítulo abre espacio a voces distintas que dialogan entre sí. La intención fue equilibrar la narrativa y dar visibilidad a quienes han sostenido el festival como una política cultural de largo aliento, más allá del brillo de los escenarios.

Un espejo de ciudad
A lo largo de la obra, la autora desarrolla una idea que la atraviesa por completo: la del festival como un “encuentro entre extraños”. Durante tres días, plantea Duplat, miles de personas suspenden las barreras sociales, económicas y políticas que habitualmente las separan y convierten la música en un lenguaje común. Bajo esa lectura, Rock al Parque deja de ser únicamente un evento musical para erigirse como un espacio en el que la ciudad se piensa, se encuentra y se transforma.
La investigación también reveló la dimensión titánica que ha implicado sostener el festival desde sus orígenes. Testimonios como el de Rodrigo Mancera, de la banda Morfonia, evidencian cómo algunos músicos pasaron de tocar en escenarios pequeños a enfrentarse, casi sin previo aviso, a tarimas masivas. Otros relatos rescatan las dificultades administrativas de los primeros años: gestores que debían transportar dinero en efectivo para pagar a artistas internacionales, llamadas de larga distancia para coordinar logística y un nivel de improvisación, riesgo y compromiso que hoy resulta difícil de imaginar.
A esos hallazgos se suma una transformación social de fondo: el camino recorrido por las mujeres dentro del festival, que pasaron de cuestionar su lugar a apropiarse plenamente del espacio, tanto entre el público como sobre el escenario. Para la autora, ese recorrido confirma que Rock al Parque no ha sido solamente un acontecimiento musical, sino un proceso sostenido de cambio cultural.
Orgullo, magnitud y pertenencia
La sensación que predomina en Duplat al cerrar el libro es de orgullo. Subraya que se trata del festival gratuito a cielo abierto más grande de Latinoamérica, capaz de reunir cientos de miles de personas en una sola jornada, y resalta la continuidad de un proyecto que distintas generaciones han sostenido con compromiso y sentido de pertenencia.
Ese es, precisamente, el mensaje central que quiere dejar a quienes han crecido con el festival: que Rock al Parque es, en esencia, la propia Bogotá, y que cada asistente forma parte de una historia construida generación tras generación por personas que han entregado tiempo, energía y pasión al simple acto de compartir la música. La autora insistió en que esa memoria no habita solo los archivos o los escenarios, sino cada experiencia vivida por quienes han poblado el festival.
Más que un logro personal, Duplat asumió la escritura de esta obra como un privilegio: el de haber tejido, desde múltiples relatos, la memoria viva de una ciudad que, durante 30 años, ha aprendido a habitar lo público a través de la música.








