Mientras en la Feria Internacional del Medio Ambiente (FIMA) se exhiben tecnologías para la transición energética, innovaciones en bioeconomía y soluciones para enfrentar el cambio climático, una iniciativa nacida en el corazón del barrio Minuto de Dios demuestra que la sostenibilidad también puede construirse desde un patio, una terraza o incluso un pequeño balcón. Allí, donde antes solo había espacios subutilizados, hoy crecen lechugas, aromáticas, hortalizas y, sobre todo, una nueva cultura de cuidado del ambiente y de fortalecimiento del tejido social.
Ese es el espíritu del proyecto de huertas barriales, escolares y caseras que lidera el Centro de Transformación Social (CTS) de UNIMINUTO, una estrategia que desde 2021 ha involucrado a decenas de familias de la UPZ 29 Minuto de Dios, con el propósito de acercar a la comunidad a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), promover prácticas agroecológicas y recuperar el valor de producir alimentos de manera responsable.
La experiencia fue presentada durante FIMA 2026 por Clara Estela Juliao, integrante del Centro de Transformación Social de UNIMINUTO, junto con Marco Fidel Porras, vecino del barrio Minuto de Dios que hoy representa el impacto que este proyecto ha tenido en la vida cotidiana de quienes decidieron convertir sus hogares en pequeños espacios de producción sostenible.
Una idea que nació para acercar la sostenibilidad a los barrios
Las grandes transformaciones ambientales suelen asociarse con políticas públicas, infraestructura o inversiones de alto impacto. Sin embargo, el Centro de Transformación Social de UNIMINUTO decidió comenzar desde un escenario mucho más cercano: la comunidad.
Según explicó Clara Estela Juliao, el proyecto surgió hace cuatro años con un objetivo claro: demostrar que el desarrollo sostenible también puede construirse desde la vida cotidiana de los ciudadanos.
“Todo el proyecto de huertas barriales, escolares y caseras empezó desde el 2021 como una experiencia en la cual buscábamos promover la inclusión social y acercar a la comunidad a los Objetivos de Desarrollo Sostenible”, explicó durante la entrevista concedida a UNIMINUTO Radio.
La iniciativa comenzó con la creación de huertas comunitarias en diferentes sectores de la UPZ 29, territorio donde se encuentra el barrio Minuto de Dios. Posteriormente se extendió a instituciones educativas, incorporando huertas escolares como una herramienta pedagógica para enseñar agroecología, alimentación saludable y educación ambiental.
Con el paso del tiempo, el proyecto evolucionó gracias a una respuesta inesperada de los propios participantes.
Muchas de las personas que asistían a las capacitaciones manifestaron su interés por llevar esos conocimientos hasta sus viviendas, lo que dio origen a una tercera etapa: las huertas caseras, hoy convertidas en uno de los componentes más representativos del programa.
Del salón de clase al patio de la casa
Una de las mayores fortalezas del proyecto radica en que no se limita a impartir conocimientos teóricos.
Las personas participantes reciben acompañamiento permanente, asesoría técnica y seguimiento por parte de estudiantes y profesionales vinculados a procesos de agroecología, permitiendo que cada familia adapte las técnicas de cultivo a las condiciones particulares de su vivienda.
La experiencia de don Gilberto, uno de los vecinos vinculados al programa, refleja ese proceso de aprendizaje.
En apenas diez metros cuadrados logró desarrollar un espacio donde hoy cultiva hortalizas, verduras y plantas aromáticas. Además, implementó sistemas de compostaje para aprovechar los residuos orgánicos de la cocina y recolecta agua lluvia para el riego de los cultivos.
Lo más significativo es que nunca había tenido experiencia previa en agricultura urbana.
Su formación comenzó gracias a los cursos impulsados por el Centro de Transformación Social y al acompañamiento técnico de estudiantes de agroecología que realizan visitas periódicas para orientar el desarrollo de la huerta.
“Esa asesoría técnica semanal ha sido fundamental para aprender y mejorar el cultivo”, explicó durante la conversación con UNIMINUTO Radio.
Una terraza también puede producir alimentos
No todas las viviendas cuentan con jardines o amplios espacios verdes.
Sin embargo, el proyecto demuestra que incluso una terraza puede convertirse en un pequeño sistema productivo.
Ese es el caso de Marco Fidel Porras, vecino del barrio Minuto de Dios, quien adaptó parte de la terraza de su vivienda para cultivar diferentes especies de consumo familiar.
En recipientes y espacios reducidos produce lechugas, mejorana, albahaca, hierbabuena y otras plantas aromáticas que utiliza diariamente en su hogar.
Su motivación tiene profundas raíces personales.
Proveniente del campo, encontró en la agricultura urbana una manera de conservar las tradiciones campesinas y transmitirlas a las nuevas generaciones.
Más allá del ahorro económico, considera que cultivar sus propios alimentos representa una forma de recuperar la relación directa con la tierra y conocer exactamente el origen de lo que consume su familia.
Alimentos más sanos y hogares más sostenibles
Uno de los beneficios más visibles de estas huertas es la producción de alimentos libres de agroquímicos.
Los participantes destacan que el manejo orgánico de los cultivos les permite consumir verduras y aromáticas sin pesticidas ni fertilizantes sintéticos, fortaleciendo así hábitos de alimentación saludable.
A ello se suma un impacto económico importante.
Aunque la producción es principalmente para autoconsumo, las familias reducen la compra frecuente de hortalizas y plantas aromáticas en plazas de mercado o supermercados.
“Contribuye a la economía familiar porque ya no hay que ir a comprar todo, pero además tenemos la seguridad de consumir alimentos completamente orgánicos”, explicó Marco Fidel Porras.
Recuperar los saberes que parecían olvidados
Más allá de los beneficios ambientales, el proyecto también busca rescatar conocimientos tradicionales que durante décadas hicieron parte de la vida cotidiana de muchas familias colombianas.
Para Marco Fidel, cultivar alimentos representa recuperar prácticas que poco a poco fueron desplazadas por modelos de consumo basados exclusivamente en productos industrializados.
“Retomamos tradiciones que hemos ido perdiendo con la industrialización y con la cantidad de productos químicos que hoy encontramos en el mercado”, señaló durante la entrevista.
Esa recuperación de los saberes campesinos constituye uno de los componentes culturales más importantes de la iniciativa.
Las huertas no solo producen alimentos; también conservan conocimientos que pasan de generación en generación.
Una apuesta que involucra a toda la familia
Precisamente uno de los aspectos más valiosos del proyecto es su capacidad para integrar diferentes generaciones.
Clara Estela Juliao destacó que varios participantes han involucrado a hijos y nietos en el cuidado de las huertas, permitiendo que los conocimientos adquiridos no se limiten a quienes reciben inicialmente la capacitación.
En el caso de Marco Fidel, su hijo —ingeniero ambiental— también participa activamente en este proceso.
“Eso se va pasando de generación en generación y es precisamente lo que busca el Centro de Transformación Social. Por eso trabajamos en colegios, con las familias y también en los barrios”, explicó Juliao.
Una alianza que fortalece el aprendizaje
El proyecto también ha encontrado un aliado estratégico en el Jardín Botánico de Bogotá, institución que ha apoyado los procesos de formación mediante capacitaciones, entrega de insumos y acompañamiento técnico.
Gracias a esta articulación, los participantes reciben herramientas para mejorar sus cultivos y fortalecer conocimientos relacionados con agricultura urbana, compostaje, manejo de residuos orgánicos y aprovechamiento eficiente del agua.
La experiencia demuestra cómo la cooperación entre la universidad, las instituciones públicas y la comunidad puede generar impactos concretos sobre el territorio.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible comienzan en casa
Durante los últimos años, los Objetivos de Desarrollo Sostenible se han convertido en una hoja de ruta para gobiernos, empresas y universidades.
Sin embargo, el proyecto de huertas urbanas de UNIMINUTO propone una lectura diferente: los ODS también pueden hacerse realidad desde los hogares.
Cada huerta contribuye simultáneamente a varios de estos objetivos: producción y consumo responsables, acción por el clima, ciudades sostenibles, salud y bienestar, educación de calidad y reducción de desigualdades.
En otras palabras, sembrar una lechuga o instalar un sistema de compostaje también representa una acción concreta frente a los desafíos ambientales globales.
Dejar huella desde la comunidad
Al cierre del encuentro en FIMA, Clara Estela Juliao resumió el sentido profundo de esta iniciativa con una frase que conecta directamente con la misión institucional de UNIMINUTO.
“Cuando desde el Minuto de Dios hablamos de dejar huella, estamos dejando una huella en función de los Objetivos de Desarrollo Sostenible”, afirmó.
Ese mensaje resume el alcance de un proyecto que comenzó como una experiencia comunitaria y hoy se consolida como un modelo de apropiación social de la sostenibilidad.
En una época en la que las discusiones ambientales suelen centrarse en grandes inversiones o complejas tecnologías, las huertas barriales, escolares y caseras recuerdan que la transformación también puede germinar en espacios pequeños, siempre que exista conocimiento, compromiso y trabajo colectivo.
Desde una terraza en el barrio Minuto de Dios hasta un aula escolar o un jardín comunitario, estas huertas demuestran que sembrar alimentos también significa sembrar conciencia ambiental, fortalecer la solidaridad entre vecinos y construir comunidades más resilientes frente a los desafíos del futuro.








