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Ser Au pair, un intercambio cultural y un desafío personal

Por: Alejandra Novoa

Eran alrededor de las 11 de la mañana y había pasado una hora desde que un policía me había escoltado a una sala de migración en el Aeropuerto de Miami con mi pequeña mochila de viaje donde no tenía nada más que un par de papeles, comida, números de emergencia, un celular sin internet ni minutos a larga distancia, más los tiquetes de vuelo que decían que mi avión saldría rumbo a Nueva York en menos de 2 horas: estaba detenida en el aeropuerto de otro país y nadie lo sabía.

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A inicios de 2017 encontré la información de un programa para hacer parte de las más de 200 jóvenes entre 18 y 26 años que viajan anualmente a un país extranjero con la promesa de la oportunidad de cuidar a los niños de una familia que paga 200 dólares semanales, brinda la comida y vivienda en su hogar y que acogen a la persona que trabaja para ellos como parte de su familia mientras se tiene la oportunidad de aprender de su cultura y a hablar su idioma. Para una niña de 18 años que jamás había salido del país, que siempre había soñado con hablar inglés fluidamente y que tenía más de 300 horas de experiencia cuidando niños en programas de voluntariados, en iglesias, e incluso como parte de su servicio social del colegio, esta parecía ser la oportunidad perfecta.

Sin embargo, existen ciertas cosas de las que nadie habla acerca de ser Au pair y entre esas está cómo manejar las emocionales despedidas en el aeropuerto, los nervios de salir por primera vez del país a vivir con una familia que no es la propia, de viajar sola por primera vez en un avión por tantas horas, la angustia de llegar a perderse en el aeropuerto o de perder el avión, la ansiedad de no saber si serás capaz de defenderte usando un idioma que con mucho esfuerzo has venido estudiando para obtener un nivel básico, y otros tantos muchos sentimientos encontrados que son comunes y absolutamente naturales entre las personas que están a punto de dejar su país para convertirse en Au pair, y es solo el comienzo de la montaña rusa emocional que será el resto del año formando parte del programa.

Sin embargo, cuando estás a punto de salir del país por primera vez rumbo a una escuela de entrenamiento en donde viajarás por Nueva York y conocerás a diferentes personas de todas partes del mundo, la alegría sigue siendo en la mayoría de los casos más fuerte que todo lo demás, y eso mantiene el corazón lleno de esperanza y con ganas de vivir nuevas experiencias, solo que nunca esperas que te toque vivir las malas.

La mañana del dos de enero de 2018 cuando me encontraba registrando mis maletas en el Aeropuerto El Dorado, tuve que pasar mi equipaje 3 veces por la pesa porque tenía sobrepeso y me vi obligada a reorganizarlo múltiples veces, pero en ese momento la decisión de sacar algo de mi equipaje parecía imposible para mí. Opté por pedirle a mi mamá que sacara lo que creyera menos útil mientras yo organizaba mis papeles de migración en la maleta de mano que había preparado con mis objetos esenciales para viajar conmigo durante mis trayectos de avión, como me lo explicaron en la agencia.

Lastimosamente, cuando estaba a punto de abordar el avión me dijeron que mi maleta de mano era muy grande y que la enviarían por bodega, a lo cual yo accedí tranquilamente, olvidando que en ella cargaba mi documentación. Fue así, como llegué a estar frente a la ventanilla de un oficial explicándole que tenía mi visa en la mano pero que no tenía mi papel de migración llamado DS-19, sin el cual es imposible para una visa J1 de Au pair entrar legalmente a los Estados Unidos.

De inmediato llegó un alto y acuerpado oficial de policía que me llevó a una gris sala de puerta metálica que decía: “Asuntos de migración”. Al cruzar la puerta me sentí completamente perdida y sola, las manos me sudaban, tenía ganas de llorar y sentía culpa, como si hubiese acabado de cometer uno de los peores delitos. ¿El oficial había entendido mi historia?, ¿Era ese el lugar en donde yo debía estar? ¿Que se suponía que debía hacer? nunca me explicaron que una situacion asi era posible ni mucho menos qué debía hacer para salir de ella.

Cuando me llamaron a hablar con otro oficial de asuntos internos y le conté mi situación, me dijo que debía ser reclutada, esta vez con otro policía que me llevaría hasta donde se encontraba mi equipaje para poder sacar mis papeles e ir nuevamente a hacer la fila de migración para poder sellar mi documento e ingresar legalmente.

Uno de los policías que me asignaron para ir a buscar mis maletas me miraba a los ojos mientras caminábamos; en tono de risa me dijo: “Las personas deben pensar que eres una mujer muy peligrosa por estar movilizándote por el aeropuerto con dos policías, también podrían pensar que eres alguien muy importante, pero tienes cara de tragedia”. El hombre hablaba español, por su acento pude deducir que seguramente era de Puerto Rico y por un momento nos reímos como si fuésemos amigos. Escuchar su voz me dio tranquilidad, finalmente había encontrado a alguien que hablaba español y el hecho de comunicarme y de estar segura de que me entenderían me dio paz. Por un momento dejé de sentirme escoltada por haber cometido un error y en cambio me sentí protegida.

Una vez encontré mis maletas con mis papeles el oficial me ayudó a saltar la fila de migración; me deseó suerte en tanto yo intentaba alcanzar mi avión. Con el sello de migración en mi pasaporte corrí por el aeropuerto hasta que finalmente llegué a la sección correcta: me acerqué a una mujer que parecía estar impartiendo instrucciones; le pregunté dónde podía encontrar mi número de portón para abordar mi avión. De mala gana me dijo que antes debía pasar por seguridad, que la fila era muy larga, que ya no alcanzaba a llegar; sin siquiera intentarlo me envió a una sala de asistencia donde me reagendarían el vuelo. Para entonces había perdido las esperanzas de llegar a Nueva York en mi vuelo asignado, acababa de salir de un problema para meterme en otro.

Mientras caminaba por la fila a punto de romper en llanto, una auxiliar hispana que trabajaba en el aeropuerto me preguntó si necesitaba ayuda y en ese momento me quebré. Empecé a llorar mientras contaba por cuarta vez el error que había cometido al entregar mi maleta con los papeles, la mujer me dijo que me calmara, que ella haría todo lo posible por ayudarme. Revisó mi tiquete y me tomó del brazo pidiéndome que la siguiera rápidamente. Llegamos a lo que parecía la larga fila de seguridad de la cual la otra mujer me sacara antes. Habló con uno de sus compañeros mientras yo me quitaba los zapatos y pasaba mi mochila por la banda de rayos x. Una vez al otro lado de la banda, me dijo que corriera hasta encontrar el número de portón y me deseó suerte.

Eran las 12 y 36 minutos de la tarde, hora exacta del despegue del vuelo. A lo lejos reconocí a uno de los chicos que hacía parte del programa que le pasaba su tiquete a una de las azafatas: era una de las últimas 2 personas que entraba al avión. Corrí desesperadamente gritando su nombre y el volteó a verme con una sonrisa como de película que me dio el tiempo perfecto para llegar al puesto de la azafata y enseñarle mi tiquete de abordar. Lo hice, fui la última persona en entrar, con tan solo un segundo antes de que cerraran las puertas del avión.

Cuando al fin me senté no tenía más lágrimas que derramar, solo podía pensar en lo afortunada que había sido de encontrar personas que me ayudaron durante tan agobiante proceso sin conocerme para que yo abordara el avión. Pensé en el problema en el que me había metido por un descuido, en lo mucho que necesitaba de otros para llevar a cabo mis planes, y en el reto que sería para mí estar en otro país cuidando pequeños y siendo la persona responsable y a cargo de aquellas criaturas, sin nadie que me ayudara: en adelante sería el adulto responsable. Comprendí que desde que había dejado el aeropuerto El Dorado esa mañana, donde dejé mi familia, mi hogar, mis costumbres y mi seguridad de todo aquello que creía conocer, había dejado una parte de mí atrás y ahora mi vida no sería la misma.

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