El teatro comunitario puede ser mucho más que una expresión artística. En territorios marcados por la desigualdad, la violencia y la ausencia institucional, puede convertirse en un espacio de encuentro, protección, participación y construcción colectiva.
Esta fue una de las principales reflexiones presentadas durante una conferencia académica en el marco de la XX Semana Internacional de la Comunicación de UNIMINUTO, en la que la investigadora Andrea Forero compartió los principales resultados de una investigación doctoral que durante diez años estudió la trayectoria del teatro comunitario colombiano desde la perspectiva de la comunicación estratégica para el cambio social.
El trabajo surgió, en buena medida, de una historia de vida vinculada con las artes escénicas y de una inquietud frente a la escasa visibilidad que tenían estas experiencias dentro de la historia y la investigación sobre el teatro en Colombia.
Durante el proceso, la investigadora encontró que incluso grupos con varias décadas de trayectoria no aparecían registrados en los inventarios ni en los relatos tradicionales sobre el teatro nacional.
Uno de los testimonios recogidos durante la investigación evidenció esta situación: integrantes de un grupo con más de 40 años de trabajo manifestaron su preocupación porque, mientras en las clases de Historia del Teatro se estudiaban agrupaciones reconocidas, su experiencia comunitaria permanecía fuera de esas narrativas.
La investigación buscó entonces responder quiénes eran estos grupos, dónde estaban, qué hacían y, especialmente, qué papel desempeñaban sus prácticas comunicativas en la transformación de los territorios.
Un teatro hecho por y para las comunidades
Uno de los puntos centrales de la conferencia fue diferenciar el teatro comunitario de otras formas de producción teatral.
En estas experiencias, el objetivo no necesariamente es formar actores profesionales, obtener reconocimiento o responder a las lógicas comerciales del mercado. El teatro aparece como un medio para estar juntos, reconocerse, recuperar historias, conversar sobre problemas colectivos y construir vínculos.
La investigación encontró experiencias desarrolladas en barrios populares, zonas rurales y territorios afectados por diferentes formas de violencia y exclusión.
En lugares donde existen pocas alternativas para niños, niñas y jóvenes, los grupos de teatro terminan cumpliendo funciones que van mucho más allá de la escena: crean espacios seguros, ofrecen alternativas de formación y permiten que las comunidades construyan otras posibilidades para sus integrantes.
Uno de los hallazgos más significativos de la investigación fue precisamente que, en muchas de estas experiencias, lo menos importante termina siendo el teatro.
La obra se convierte en una justificación para encontrarse, conversar, reconocerse y abordar asuntos que en otros espacios permanecen silenciados.
Así, una persona puede acercarse porque sabe cantar, cocinar, maquillarse, trabajar con cables o simplemente porque necesita un lugar para estar con otros. La participación no depende de tener formación artística previa.
Memoria, identidad y construcción de sentidos
La investigación identificó tres conceptos fundamentales para comprender el fenómeno: territorio, memoria y sentidos.
Cada grupo de teatro comunitario se adapta a las características de su entorno. No existe un modelo único. Las prácticas desarrolladas en un territorio rural son diferentes de aquellas que surgen en una ciudad o en una comunidad indígena, pero todas pueden compartir una preocupación por fortalecer los vínculos y transformar las relaciones sociales.
La memoria ocupa un lugar central porque permite recuperar historias que no necesariamente hacen parte de los relatos oficiales.
En este sentido, el teatro comunitario contribuye a poner en circulación memorias subalternas, experiencias y narraciones construidas desde las propias comunidades.
También permite disputar los sentidos sobre el territorio. Cuando una comunidad logra contar su propia historia, deja de ser únicamente objeto de las narraciones producidas desde afuera y empieza a reconocerse como protagonista.
Para la investigadora, este proceso es profundamente comunicativo porque la comunicación no puede reducirse a transmitir información. También implica construir relaciones, negociar sentidos y generar espacios para que las personas puedan expresarse.
Espacios para hablar de lo que parece “normal”
Otro de los aportes identificados está relacionado con la capacidad del teatro comunitario para generar conversaciones sobre problemas que, con el paso del tiempo, terminan naturalizándose.
Violencias familiares, presencia de grupos armados, consumo de drogas, desigualdad o falta de oportunidades pueden llegar a ser asumidos como parte inevitable de la vida cotidiana.
Los grupos de teatro crean espacios donde esas situaciones pueden ser nombradas y discutidas.
La comunicación estratégica aparece allí como la capacidad de construir las condiciones para que las comunidades hablen, incluso cuando no es posible planificar exactamente qué dirán.
El encuentro teatral permite entonces que las personas se escuchen, compartan experiencias y comiencen a imaginar otras formas de relacionarse con su realidad.
El arte como alternativa frente a la violencia
La investigación también documentó experiencias en las que el teatro funciona como una alternativa para niños y jóvenes que viven en contextos donde existen pocas oportunidades educativas, laborales o culturales.
En algunos territorios, los grupos de teatro se han convertido en espacios capaces de disputar la presencia de actores ilegales.
La investigadora relató experiencias en las que los integrantes de los grupos destacan que han logrado atraer a jóvenes hacia actividades artísticas y comunitarias, ofreciéndoles nuevos referentes para imaginar su futuro.
El objetivo no necesariamente es que estos jóvenes se conviertan en actores. Puede ser que descubran su interés por el sonido, la iluminación, el maquillaje, la producción, la ingeniería o cualquier otra actividad.
Lo importante es ampliar sus posibilidades.
De esta manera, el teatro contribuye a modificar los imaginarios sobre lo que una persona puede ser y hacer en su propio territorio.
De la experiencia comunitaria a la política pública
Uno de los resultados más importantes de la investigación fue la elaboración de una cartografía que permitió identificar diferentes grupos de teatro comunitario en Colombia.
El ejercicio de sistematización ayudó a hacer visible un sector que, según lo expuesto durante la conferencia, permanecía disperso y sin suficiente reconocimiento institucional.
La información recopilada abrió incluso la posibilidad de discutir la construcción de una política pública para el teatro comunitario, con medidas orientadas a garantizar recursos y apoyos para estas organizaciones.
Este resultado evidencia una dimensión fundamental de la comunicación estratégica: la investigación también puede convertirse en una herramienta de incidencia política.
Para las organizaciones comunitarias, contar sus experiencias no es suficiente. También necesitan sistematizarlas, producir datos y demostrar su impacto.
Muchos de estos grupos llevan décadas trabajando, pero no necesariamente cuentan con indicadores sobre cuántas personas han participado en sus procesos, cuántos años llevan funcionando o qué transformaciones han generado.
El dato, explicó la investigadora, se convierte así en una herramienta para dialogar con las instituciones y defender la importancia de estas iniciativas.
Investigación con rigor, pero también con humanidad
La investigación se desarrolló desde una perspectiva cercana a las epistemologías del Sur y la investigación-acción participativa, reconociendo que las comunidades poseen conocimientos propios que deben ser considerados dentro de los procesos de producción académica.
En la conferencia también se destacó el legado del sociólogo colombiano Orlando Fals Borda, particularmente por su aporte a la investigación-acción participativa y a la valoración de los saberes construidos socialmente.
La apuesta consiste en combinar el rigor científico con la escucha, la participación y el reconocimiento de quienes hacen parte de los fenómenos estudiados.
En este caso, la investigadora no se concentró en analizar únicamente las obras desde una perspectiva estética. Su interés estuvo puesto en comprender qué ocurre alrededor de ellas: por qué las personas se reúnen, cómo se organizan, qué relaciones construyen y qué transformaciones generan.
Comunicación estratégica para el cambio social
Los resultados muestran una estrecha relación entre el teatro comunitario y la comunicación estratégica.
Los grupos convocan, forman, organizan, crean colectivamente, recuperan memorias, producen narrativas, generan encuentros, buscan visibilidad política, rescatan tradiciones y construyen espacios de participación.
Todas estas acciones pueden ser entendidas como estrategias comunicativas.
La transformación, además, no se plantea como un cambio inmediato. El cambio social es entendido como un proceso relacional, en el que se transforman las maneras de vincularse, participar y habitar los territorios.
Desde esta perspectiva, el teatro puede modificar tanto las relaciones entre las personas como los referentes estéticos y culturales de una comunidad.
Un barrio puede comenzar a reconocerse desde sus propias expresiones artísticas; una comunidad puede recuperar una historia que había sido olvidada; un joven puede descubrir capacidades que desconocía; y un grupo de vecinos puede construir una voz colectiva para dialogar con las instituciones.
El desafío para los futuros comunicadores
La conferencia también dejó un mensaje para los estudiantes de comunicación: las oportunidades profesionales no se encuentran únicamente en los grandes medios de comunicación.
Las organizaciones comunitarias, los colectivos artísticos y los territorios también necesitan comunicadores capaces de investigar, sistematizar, gestionar proyectos, construir estrategias, producir contenidos y generar procesos de incidencia.
En este escenario, el comunicador estratégico puede desempeñar un papel como tejedor de procesos, articulando personas, saberes, recursos y objetivos.
La experiencia presentada durante la conferencia demuestra que sistematizar una práctica comunitaria puede contribuir a que esta sea reconocida, genere conocimiento y tenga mayores posibilidades de interlocución con las instituciones.
Una cartografía que continúa abierta
Como parte de la divulgación de los resultados, la investigadora presentó Trocha Sur, un proyecto en construcción que busca convertir la investigación en una experiencia más accesible y dinámica mediante una cartografía que reúne historias, voces, fotografías, videos y experiencias de teatro comunitario.
La iniciativa parte de una premisa fundamental: el conocimiento producido desde la academia también debe ser comunicado.
La investigación, de esta manera, no termina con la tesis doctoral. Continúa en los territorios, en las historias de quienes participan en estos procesos y en las posibilidades de que nuevas generaciones de investigadores profundicen en estas experiencias.
El encuentro concluyó con una invitación a reconocer el valor de los proyectos comunitarios y a entender la cultura no solamente como un espacio de producción artística, sino como un escenario para construir vínculos, sentidos, memoria y esperanza.
En un país atravesado por profundas desigualdades y conflictos territoriales, el teatro comunitario demuestra que una obra puede ser mucho más que una obra: puede ser un lugar para encontrarse, una forma de resistir, una oportunidad para imaginar otros futuros y una estrategia de comunicación para transformar la vida colectiva.








