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Una vida de amor y compromiso

Mi papá fue guía en la Escuela Canina de Carabineros, que tenía en ese momento su única sede en Suba. Era enfermero veterinario de profesión, de ahí su amor por estos animales.

Por: Daniela Martínez Triviño

Oye, chinita querida

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De la alborada lucero

Si tú, me dejas por otro

Del guayabo, yo me muero…

Es mi amor tan grande

Que parecen dos,

Que parecen cuatro, mira

Te juro por Dios… 

Este fragmento de la canción Los Cucaracheros, interpretada por Garzón y Collazos, me lleva a pensar en mi difunto abuelito, Luis Arturo Martínez Díaz, que recuerdo por ser un hombre sonriente y muy amoroso con su familia. Aunque son escasos y algo difusos mis recuerdos del tiempo que compartí con él, todos están llenos de alegría, cantos, figuritas de papel que hacía para nosotros sus nietos. Recuerdo verlo llegar a la cuadra del barrio donde vivíamos, conduciendo un automóvil Dodge Polara 1500 verde, que parqueaba frente a la casa antes de guardarlo en el garaje, para que mi hermana, mi primo y yo jugáramos a conducirlo sentados sobre su regazo. En mi mente llevo guardada su imagen: alto, de piel morena, cabello negro y una linda sonrisa enmarcada por un bigote nunca desaliñado. Siempre se le veía muy bien vestido, y como complemento de su atuendo usaba unas lindas boinas, que le daban a su apariencia un toque particular. 

Disfrutaba mucho de la música, en especial de la carranguera y de la música de cuerda. Una de las anécdotas que recordamos de él, es que tenía la habilidad de tomar la hoja de un árbol, doblarla de cierta manera, ponerla sobre su boca y tocar una canción, por ejemplo, Pájaro Chogüí. Tenía gran afinidad con caballos y perros, animales con los que formó fuertes lazos gracias a su experiencia como carabinero. Otro grato recuerdo que tenemos de él sus familiares, amigos y vecinos, era verlo por las tardes en una pequeña cantina del barrio, con Don Guillermo, que atendía un negocio, sentados en una mesita, oyendo música, tomando cerveza y jugando varias partidas de dominó, mientras hablaban de la vida. Otro de sus gustos era jugar tejo los fines de semana con sus amigos del barrio.

Era un hombre comprometido, dedicado y jovial, así lo describe su único hijo varón, Leonardo Arturo Martínez Pineda, que le heredó el amor y entrega infinita por los canes. Mi papá fue guía en la Escuela Canina de Carabineros, que tenía en ese momento su única sede en Suba. Era enfermero veterinario de profesión, de ahí su amor por estos animales.

Luego de una carrera como guía canino y bajo el rango de Cabo Segundo Suboficial, decidió retirarse en 1973 para incursionar en el entrenamiento canino como independiente, tanto en obediencia como adiestramiento para exposiciones, llegando a ser considerado como uno de los pioneros en este oficio. Obtuvo la Licencia 001, que lo identificaba como el primer Handler Profesional de Colombia, avalado por la Asociación Club Canino Colombiano – ACCC, fundada en 1956, con el objetivo de fomentar el desarrollo canófilo de manera organizada y la crianza de razas puras en el país. 

Su legado como Handler profesional lo heredó a su hijo y a Manuel Rodríguez, su hijo adoptivo y a Henry García, su sobrino, que a la fecha siguen desempeñando la profesión y son reconocidos en el medio canino, por ser los pupilos de “Don Arturo” y por una particular práctica que tenían durante las exposiciones consistente en vestirse con trajes iguales.

Luis Arturo Martínez Díaz nació el 5 de septiembre de 1943, en Gama – Cundinamarca, hijo mayor de los 10 hijos (4 hombres y 6 mujeres) que tuvieron don Luis Martínez y doña Clementina Díaz, campesinos de la región, que se dedicaban al cultivo de papa y café, de ellos aprendió la dedicación y amor por lo que hacía, en todos los aspectos de su vida, que le permitió ser un hombre comprometido, puntual y responsable. Relata Leonardo: así lo describían sus clientes, que confiaban en las manos de mi papá a sus amadas mascotas, que se convertían en sus compañeros fieles. Siempre me inculcó la devoción y paciencia para entrenar a cada uno de nuestros alumnos de cuatro patas. Era muy exigente, demasiado puntual. Recuerdo que en navidad se empeñaba en que la familia estuviera reunida para compartir las festividades. Le gustaba mucho el tejo como actividad de distracción, tenía afinidad por las motocicletas: recuerdo que tuvo una Kawasaki 100 Correcaminos y una Yamaha RX 115, y le gustaba mucho el Origami. Mi papá dejó una huella en el corazón de cada persona que lo conoció, y por eso es recordado con mucho aprecio. 

Ana Martínez Díaz, hermana de mi abuelito, relata: Como hermano e hijo fue amoroso, y al ser el mayor de nosotros fue muy obediente, ayudaba a mis papás en sus labores, se comprometía con sus oficios, era disciplinado con su estudio a través de la radio, y estaba dispuesto a procurar el bienestar de todos nosotros”. 

Martha Triviño, pareja de Leonardo y madre de las 3 nietas de Arturo Martínez, lo recuerda como: un hombre excepcional, respetuoso, amable y con un corazón inmenso. Una de las razas de perros que más le gustaba a mi abuelito Arturo era Labrador Retriever

Era como una tradición los domingos ir a misa, salir a comer helado y visitar a mis abuelos y a la tía Romualda, a la que mi papá adoraba. Era un hombre habituado a madrugar y salir de casa temprano para cumplir con sus labores diarias. Siempre fue muy generoso, disfrutaba reunir a su familia, era muy organizado en temas económicos y procuraba que sus hermanos aplicaran la misma práctica. Fue una figura paterna y de respeto para mí y mi hermana Diana. Una imagen que tengo presente es la cena en familia; él llegaba a tiempo para que compartiéramos en la mesa, nos inculcó la lectura, y en las noches del domingo nos reuníamos en la habitación de mis papás para ver Dejémonos de vainas, una comedia de la época. 

Como mi mamá fue un ama de casa que tenía todo al día, mi papá respondió por nuestra educación y por las cuentas habituales. A pesar de tener hijos por fuera del hogar, con todos procuró ser responsable, estar para cada uno de nosotros y propiciar entre nosotros el amor y respeto de hermanos. La formación que nos dio mi papá fue sólida, y gracias a sus enseñanzas somos buenas personas. Era un hombre de temperamento fuerte pero extremadamente amoroso, relata Ángela Martínez Sáenz, una de sus hijas. 

A Beatriz Pineda, la mamá de Leonardo, la conoció en la Escuela de Carabineros. Ocupaba el cargo de secretaria, y convivieron algunos años luego del nacimiento de su hijo. Mi abuelito incluso ayudó a una de las hijas del primer matrimonio de Betty a costear parte de sus estudios, por lo cual, mi abuelita lo recuerda como: “un hombre responsable, respetuoso y generoso. Durante el tiempo que compartimos me respetó y respetó a mis otros hijos, nunca tuvo un acto de rechazo hacia ellos, algo que agradezco. A Manuel, uno de mis hijos del primer matrimonio, también le enseñó el adiestramiento canino, por eso Manuel dice que Arturo era su papá adoptivo y le sigue guardando cariño y respeto. Recuerdo que a mí me regalaron una perrita de raza en la Escuela de Carabineros que quedó preñada. Como yo no sabía cómo atender el parto, uno de los coroneles envió a Arturo a mi casa, que siendo Enfermero veterinario, tenía conocimiento suficiente para asistir el parto de Barbie. Estuvo hasta la madrugada conmigo y me guio en todo momento, hasta que la perrita terminó de parir a 14 cachorritos que vendí al Ejército. De ahí empezamos a tratarnos con más frecuencia. Debo reconocer que era un hombre muy enamorado, concluye entre risas.

Le pedí a mi abuelita Betty que describiera a mi abuelito Arturo en una sola palabra. Luego de un largo suspiro me respondió: maravilloso, y sin duda puedo decir que todos sus familiares, amigos y conocidos coincidimos con esa descripción. 

Mi abuelito falleció el 01 de enero de 2001, una fecha particular, y aunque han pasado 19 años de su partida, su legado y su memoria siguen más vivos que nunca entre todos nosotros.

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