Colombia al son del Camaleón

Escrito por: Julián López

Los camaleones cambian de color para sobrevivir, algunos políticos cambian de convicciones para ganar elecciones. El problema es que una vez terminada la campaña ese camaleón ya no gobierna únicamente a quienes votaron por él, sino a todo un país que tendrá que adaptarse al ritmo de sus cambios y descubrir cuál de todas sus canciones será la banda sonora de su mandato.

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En Colombia acabamos de descubrir un fenómeno político extraordinario, pero predecible para esta especie de personaje, que lastimosamente abunda en el territorio: el candidato camaleón, ese personaje que cambia de convicciones con la misma facilidad con la que una emisora cambia de canción cuando baja el rating. Durante años aseguró que la comida típica del país no era de su agrado, casi como si el ajiaco fuera un “potaje carcelario” o la Changua un error gastronómico de la historia nacional. Pero bastó que comenzara la campaña para verlo degustando cada plato con una sonrisa digna de un juez de master chef, abrazando cocineras tradicionales y declarando un amor profundo por los sabores que antes parecía despreciar.

Pasa algo parecido con la religión, quienes lo escucharon en el pasado recuerdan a un hombre que se declaraba distante de la fe, incluso afirmando que “es más fácil defender al diablo que a dios” y que se considera un hombre de ciencia escéptico frente a las creencias religiosas. Sin embargo, en campaña apareció rodeado de templos, versículos y discursos sobre valores espirituales como si hubiera pasado de la noche a la mañana de un debate filosófico basado en la ciencia a dirigir una parroquia. Claro que no fue una conversión de fe, fue un cambio de ritmo al son del voto popular.Y ahí está el verdadero espectáculo.

Este personaje no parece gobernar con un plan de gobierno, sino con una playlist digna de Spotify. Cuando el público pide tradición suena música folclórica, cuando pide patriotismo entra el himno, cuando pide espiritualidad aparece el coro religioso y cuando conviene mostrarse cercano al pueblo llega la cumbia acompañada de ajiaco o como lo llamaba el potaje carcelario. Sus convicciones funcionan como un DJ (que por cierto ya tuvimos como presidente). Para este camaleón no importa cuál era la canción original, lo importante es poner la que haga bailar a más votantes.Es cierto que cualquiera puede cambiar de convicciones si así lo dictamina el guion tradicionalista político, es inevitable porque el problema no es que alguien cambie con el tiempo, todos evolucionamos.

El problema es cuando cada nueva convicción coincide sospechosamente con el inicio de una campaña, con una encuesta favorable o con una región que visitar. Entonces el cambio deja de ser una cuestión de principios y se convierte en una sesión de mezclas digno de un DJ en Tomorrowland, hoy ateo mañana devoto, ayer enemigo de la comida típica hoy embajador culinario, ayer crítico de ciertas tradiciones hoy guardián de ellas.Al final el camaleón cumplió su cometido, puso a bailar a más de 12 millones de personas que pusieron su voto en creencias cambiantes, pero en el papel convincentes.

A partir del 7 de agosto del 2026 vamos a estar bajo el mando de una garra de tigre con porte europeo, pero creencias de papel donde lo único que esperamos los colombianos es que la canción que acompañe su mandato nos ponga a bailar y no a llorar.

| Nota del editor *

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