El director español Pedro Almodóvar lleva casi 60 años trabajando en el sector cultural y audiovisual. En 1980 dio el salto al cine profesional con su primer largometraje, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, consolidando una trayectoria ininterrumpida de 46 años como director y hasta este momento, cuando escribo esta crítica, sigue siendo uno de los maestros del séptimo arte de esta generación y del cine universal, desde luego.
En el cine, las películas tienen arduos procesos de producción y Almodóvar ha sabido involucrarse en todos ellos, hasta tener una productora propia llamada El Deseo. Pero dentro de los procesos creativos es distinto, ya que se trata de un conjunto de fases o etapas mentales que atraviesa una persona para generar ideas originales.

Luego de varios años en las artes, se dice que los autores entran en un debacle creativo que denota una fragilidad dentro de estos procesos, obligándolos a mirar fuera de sus fronteras, a debatir cómo se quieren reflejar a sí mismos y qué rumbo tomará su trabajo. Como lo comentó en algún momento el legendario director, productor y actor estadounidense Orson Welles: “Si quieres un final feliz, ¡todo depende de dónde cierres el libro!”.
Tras una contundente mirada desde otra de sus joyas en la película, La habitación de al lado (2024), Almodóvar regresa con un largometraje autorreferencial, con guiños autobiográficos y ocasiones meta ficcionales en su esperada Amarga Navidad.
La película presenta a Elsa (Bárbara Lennie), una directora de publicidad cuya madre muere durante un largo puente del mes de diciembre. Esto la empuja a encontrar refugio en el trabajo, aunque es más bien una huida para no conversar con el pasado. Trabaja sin parar y, sin darse cuenta, no se concede el tiempo necesario para guardar el duelo por la ausencia materna.

Una crisis de pánico la obliga a detenerse e imponerse un descanso. Su pareja, Bonifacio (Patrick Criado), es su tabla de salvación en esos momentos de crisis. Elsa decide viajar a la isla de Lanzarote acompañada por su amiga Patricia (Victoria Luengo), que también necesita alejarse de Madrid, mientras Bonifacio se queda en la ciudad.
Almodóvar presenta sus personajes con la clase que lo precede, entregándole al espectador los datos suficientes para iniciar la búsqueda de algo que no se encuentra, algo que recorre la película y se deja como precedente, pero que intenta desglosarse a través de guiños a su propia filmografía. Pone a prueba a su público más permanente, pero le regala al amante desprevenido del cine una entrada a la angustia creativa y autocrítica de hasta dónde puede llegar el autor.
Dentro del elenco está la maravillosa actriz italiana Aitana Sánchez-Gijón, recordada por Un paseo por las nubes (1995), y Madres paralelas (2021), entre otras, hace parte de otro título del director español. En Amarga Navidad interpreta a Mónica, un polo a tierra conceptual que choca con su sed de creatividad a toda costa, pero en realidad solo encuentra ideas repetidas que adentran a los personajes en un vacío, donde por momentos el ritmo decae a breve y se convierte en una confusión a propósito de sí mismo.

Las cosas simples, una melancólica canción de la legendaria Chavela Vargas, en esta ocasión, interpretada por la cantante española Amaia Romero, se convierte en metáfora del pasado, es el gatillo de emociones que Almodóvar ha sabido utilizar varias veces en sus películas, como en Hable con ella (2002), para mí uno de sus mejores trabajos, que en esta ocasión sirve no solo para rememorar a actrices icónicas de su filmografía, como la cantante y modelo española Rossy de Palma, sino para mostrar en pantalla, una vez más, el poder creativo, curativo y catártico de la música.
Almodóvar refleja una crisis creativa que lo atormenta, idea reflejada de muchas formas en la cinta, con una historia que se firma de adentro hacia afuera de la sensación de nunca estar satisfecho con lo que pasa, como si arrancara una hoja en blanco para volver a comenzar, lo que se refleja en secuencias desde el concepto de la metaficción y en los paisajes que reflejan una estado con sus personajes y con la intención del guion, que se transforma constantemente entre sus personajes y sus peregrinaciones largas que proyectan sensaciones y cuestionamientos llenos de humor como: ¿Qué es ser un director de culto?

Amarga Navidad no es un cómodo viaje (ni pretende serlo) dentro de la mente del icónico director español, que se convierte en un grito autorreflexivo hecho película. Su aspecto y calidad técnica no se discuten con su conocida paleta de colores y por momentos es demasiado íntima y muy personal, y no todos parecen estar invitados, aunque estén frente a la pantalla. Sin duda, es posible encontrar cosas valiosas, se conozca o no la trayectoria de este gran director. Juzguen ustedes.








