En el cine de terror, como en cualquier otro género, existen referentes inamovibles que se convirtieron en pilares y en subgéneros como el de las presencias y posesiones demoníacas. Una de ellas es, por supuesto, el clásico de 1973 El Exorcista. Pero luego de varias películas, el director estadounidense Sam Raimi trajo un tono festivo al terror para explorar un duelo íntimo convertido en pesadilla.
Su primer encuentro con estos demonios llegó en 1981 con The Evil Dead, donde todo se desarrolla en una cabaña: un libro maldito llamado Necronomicón y un presupuesto mínimo inauguran un estilo de terror visceral con humor slapstick (también conocido como comedia física, es un subgénero humorístico basado en la exageración de la violencia corporal, los golpes y las caídas). Raimi introduce una especia de cámara demoníaca y la mezcla de horror y comedia que definirá la saga.

Luego llegó en 1987 Evil Dead II, con una relectura más cómica y estilizada, donde Bruce Campbell consolida a Ash como héroe grotesco que, desde ese papel, se convirtió en un ícono que se consolidó con la tercera entrega de la franquicia en 1992 con Army of Darkness, expandiendo la saga hacia la fantasía medieval, donde abraza el absurdo y el pastiche, pero logrando su verdadera esencia.
Luego de varios años, el director uruguayo Fede Álvarez le dio un reinicio con tono serio, una construcción visual más elaborada y con gore extremo, dejando de lado casi por completo el humor negro, marcando la primera ruptura con la identidad original. En 2023 llega a las salas de cine Evil Dead Rise, dirigida por el irlandés Lee Cronin, que traslada el mal a un edificio urbano, cambiando los escenarios por completo y, modernizando la narrativa conocida por la franquicia.

Toma otro punto de partida para crear una tensión claustrofóbica y un enfoque en vínculos familiares que le dieron impulso a la segunda entrega en temática y estética visual. Ahora llega Evil Dead Burn, dirigida por el francés Sébastien Vaniček, que demuestra sus influencias del Nuevo Extremismo Francés desarrollado a principios del siglo XXI con un conjunto de películas consideradas extremas o transgresoras. Estas se caracterizan por representaciones gráficas de violencia, especialmente violencia sexual y esta nueva entrega de Evil Dead contiene mucho gore extremo.
La sexta entrega de la franquicia está aún más dirigida hacia la violencia seca y con enfoque a problemas domésticos, con sus conflictos y las grietas psicológicas, alejándose aún más del tono festivo de Sam Raimi para explorar un duelo lleno de violencia familiar, abusos y personalidades fallidas que se convierten en pesadillas grotescas.

La película confirma la vigencia del Necronomicón, también conocido como Naturom Demonto o Libro de los Muertos, un antiguo tomo de profecías, conjuros funerarios y pasajes de resurrección de demonios, compilado por una raza conocida como Los oscuros, que sigue funcionando como dispositivo narrativo y pieza clave en el universo Evil Dead. Pudo tener un desarrollo mitológico atractivo, pero la película se queda en la violencia y el gore. Aunque por momentos tiene una tensión que se revela como homenaje y ruptura, en mi opinión no logra mayor cosa que litros de sangre y violencia visual.
En la cinta, Alice (Souheila Yacoub), viuda reciente, enfrenta a su suegra, cuñado y demás familiares poseídos por un duelo que se convierte en metáfora de la desintegración familiar. Vaniček, desde allí, expone los conflictos internos de cada personaje, que los demonios utilizan como herramienta de destrucción interna, pero la narrativa apenas expone una violencia seca.

El humor negro característico de la franquicia intenta reaparecer tras ser relegado en las últimas entregas, que por momentos equilibra la tensión con lo grotesco, que deja a la abuela Polly (Maude Davey) el desarrollo de momentos inesperadamente cómicos, igualmente violentos. La franquicia Evil Dead ha sobrevivido gracias a su legado y a que los nuevos directores, con afecto hacia su historia, intentan reinventar la idea base que Raimi instauró desde el carnaval sangriento.
Álvarez lo transformó en ritual gore, Cronin lo urbanizó con más violencia y ahora Vaniček lo lleva al extremo, encerrándolo en un espacio familiar donde la violencia tiene muchas capas. La intención de esa violencia emocional le hubiera entregado más cuerpo a la historia, de no haberle apostado solo a la violencia extrema. Irónicamente, la película presenta el Necronomicón no solo como objeto maldito o artefacto sobrenatural, sino como un catalizador de tensiones humanas.

En esto Vaniček tiene mérito, pues por medio de planos secuencia le traslada una tensión sin pausa al espectador, con escenas como la del comedor donde los personajes forman parte de un caos coordinado que recrea una tensión sobresaliente, así como la brutalidad de la secuencia del automóvil, donde la violencia no tiene límite.
Sin embargo, no está claro si esta entrega traiciona el espíritu original de la franquicia. Lo que sí está claro es que Evil Dead se conjuró entre el horror y la comedia, y esta violencia extrema solo tiene destellos de humor negro, que pienso solo emocionará a los fans más aguerridos del gore y de la sangre desbordada, con esta película más cercana al cine de horror extremo europeo que al pulp delirante de Raimi, que prácticamente creó un estilo. Juzguen ustedes.








