[Crítica] La desaparición de Josef Mengele (The Disappearance of Josef Mengele) un diálogo con la tradición nacista del presente

Esta película de Serebrennikov, en principio no es una genealogía compleja del personaje, pero lo disecciona lentamente, tomando herramientas de expresión del cine, para representar, o confrontar el horror del ser humano bajo una bandera o una ideología como la nazi.

- Patrocinado -

Resulta familiar pensar en el director francés Claude Lanzmann y su monumental documental Shoah (1985), que renunció a toda imagen de archivo para construir un testimonio donde la memoria se impone sobre la representación. Serebrennikov, en cambio, apuesta por la ficción estilizada, lograda con belleza técnica y planos secuencia que llevan una especial tensión que le dan un tomo de belleza, para mostrar de a poco a un monstruo, que comparte con Lanzmann la convicción de que el horror no puede mostrarse directamente, sino que debe rodearse, sugerirse, hacerse presente en la ausencia.

Michael Haneke, en La cinta blanca (2009), es una aclamada película en blanco y negro que explora las raíces de la maldad, la represión y el autoritarismo en una aldea alemana de 1913, justo antes de la Primera Guerra Mundial, que exploró la gestación del mal en la vida cotidiana, en la violencia latente de una comunidad aparentemente inocente.

Serebrennikov retoma esa idea de la banalidad del mal, pero la desplaza hacia el exilio sudamericano para escapar no solo de un castigo, sino para luchar por una injusticia que cada vez se torna más impensada para el espectador, y es ese continuo cuestionamiento de la vida ordinaria, que convive con el espectro de Mengele, como si el mal pudiera insertarse en cualquier geografía, camuflado en la rutina, o estar en cualquier persona.

Jonathan Glazer, con la impactante La zona de interés (2023), llevó esta reflexión a un extremo radical, donde filmar la vida doméstica de los verdugos junto a Auschwitz, sin mostrar nunca el campo, con el sonido y la distancia que revelan el horror. Serebrennikov dialoga con esta propuesta con un relato donde el paisaje tropical se convierte en un espacio de disonancia con la belleza natural, que contrasta con la monstruosidad que se oculta en su interior donde nada tiene la sensación de existencia, sino dentro de un recuerdo que quiere quedarse en el pasado todo el tiempo en blanco y negro, que apenas hace coloridos sus mejores momentos, que parece fueron sus anhelos, que hace de esta secuencia algo más macabro.

La estética y política de la desaparición no se muestran como una denuncia, se anuncian como parte de la historia con la reconstrucción de la biografía de Mengele, que interroga una vez más por la noción de la razón, y de cómo hay personas que justifican ese pasado.  

¿Cómo un criminal de esta magnitud pudo desvanecerse en la historia, y qué significa que haya podido hacerlo? protegido por redes de silencio, gobiernos, complicidad e influido por un gran poder hasta años después de la guerra, hecho que proporciona una reflexión como la de Hannah Arendt sobre la responsabilidad colectiva, conocida como la banalidad del mal, la cual no se trata solo del individuo, sino de las estructuras que permiten su supervivencia.

La estilización visual, elegante, lúcida en lo que quiere decir y sobria en sus formas, sin artilugios, se dedica a mostrar a sus personajes con ecos del expresionismo alemán y con un gran tratamiento simbólico del tiempo y la memoria, para convertir la fuga en una tortura intima, con un montaje fragmentado que recuerda la discontinuidad temporal como la imposibilidad de cerrar la herida.

Serebrennikov evita el riesgo de humanizar al verdugo. Mengele, interpretado por el actor alemán August Diehl, recordado por su papel en Los falsificadores (2007) o en Bastardos sin Gloria (2009), entre otros, aparece como un espectro, un cuerpo vacío que se desplaza sin arraigo. En este sentido, la película se aleja de mostrar más al criminal desde la psicología, sin oportunidad de una comprensión posible, porque se centra en mostrar que el mal persiste, que la desaparición está presente, como la conciencia que nunca llegó a él.

La desaparición de Josef Mengele es un ejercicio cinematográfico de memoria crítica, una película que muestra que el nazismo no está en un pasado clausurado, porque es una sombra que se infiltra en el presente. El director ruso demuestra que el cine puede ser un espacio de resistencia, capaz de confrontar lo irrepresentable sin caer en la trampa de la especulación, y de mostrar lo peligrosamente cerca de los autoritarismos.

La película exige del espectador una mirada activa, consciente de que la desaparición de Mengele no es solo un episodio histórico, sino una metáfora de nuestra relación con el mal y la memoria, construyendo una tensión entre lo visible y lo invisible, entre lo que se recuerda y lo que se quiere olvidar, idea que se convierte en el punto más alto de la obra, proponiendo lo cercano que está del presente. Juzguen ustedes.

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

Otros contenidos

Contenidos populares