El cine de terror actual se ha convertido en algo más que provocar sobresaltos anunciados y se ha transformado en terreno fértil para elaborar, a partir de los miedos colectivos, mensajes que toman forma dentro de temores conocidos y llenos de angustias internas, para convertirse en violencia real y señalamientos sociales encarnados en la sociedad.
Leviticus, dirigida por Adrian Chiarella, está dentro de esta corriente, impulsada por buenas cintas como Haz que regrese (Bring Her Back, 2025), Háblame (Talk to Me, 2023), entre otras, con una propuesta que convierte la homofobia religiosa en monstruo tangible, que persigue, que lastima y que la sociedad obliga a mirar hacia otro lado, revelando así tanto la violencia estructural como la fragilidad de los vínculos afectivos juveniles, hasta convertirlos en autodestructivos.

El ritual en la película funciona como dispositivo narrativo y lo pone como parte de un contexto reconocible en un pueblo conservador, donde dos adolescentes, Naim (Joe Bird) y Ryan (Stacy Clausen), descubren su amor en medio de la represión. Por medio de un ritual religioso de sanación al que son sometidos, disfrazado como acto de fe, en realidad un mecanismo de control social que libera una entidad capaz de encarnar el deseo más íntimo.
Gracias a estas formas que se identifican bajo el género de terror, Chiarella transforma este acto religioso en espectáculo de horror, subrayando cómo la religión puede convertirse en instrumento de disciplina mientras los cuerpos y la mente se ven afectados por el adoctrinamiento y los efectos del colectivo social que el director elabora desde el lente, con atmósferas que nunca evocan lo sobrenatural, pues este tipo de violencia está presente en la realidad, no en una visión alterada.

El director, con un presupuesto limitado, apuesta para que el espectador suponga lo que pasará, que conceptualmente funciona muy bien, pues la sociedad está acostumbrada a ver fenómenos negativos que no le sorprenden. Sin embargo, la naturalidad de los actores y su química accionan la compasión de sus actos y llevan el mensaje con más potencia, en el marco de la historia de amor de los protagonistas dentro de la estética del miedo y la poética del deseo.
La fotografía de Tyson Perkins, que busca mostrar la desesperación y el deseo de sus personajes con esa imagen indie melancólica, y el diseño sonoro de Emma Bortignon, construyen un espacio donde la ternura inicial se ve progresivamente invadida por la amenaza. Esta entidad, que toma la forma del ser amado, funciona como metáfora del deseo prohibido y reprimido, que tiene puntos de encuentro con películas como Está detrás de ti (It Follows, 2014), aunque aquí el monstruo no es externo, sino reflejo de la interiorización del miedo y de cómo se vuelve violento consigo mismo.

El punto más alto de Leviticus no se encuentra en la buena construcción de la tensión, sino en la alegoría social y política: el verdadero horror de la cinta no reside en la entidad, sino en la homofobia que la engendra. La película denuncia las prácticas de corrección religiosa y las terapias de conversión, mostrando cómo el odio se disfraza de salvación.
Punto clave es la figura de Arlene, la madre de Naim (Mia Wasikowska), que muestra la tensión entre maternidad y dogma, recordándonos que la violencia puede provenir de los vínculos más cercanos, pero ser más destructiva, una crítica directa a las construcciones sociales tradicionales y su folclor local.

Leviticus es un ejercicio cinematográfico valiente y pertinente, porque Chiarella compone un manifiesto crítico en un mundo que sistemáticamente busca regresar, por sangre y fuego, a lo tradicional.
Chiarella logra que el espectador experimente el miedo como emoción estética y como reflejo de una violencia real que persiste en nuestras sociedades, mostrando que el horror más profundo no proviene de lo sobrenatural, sino de la intolerancia que convierte el deseo en pecado y el amor en amenaza. Por eso no es únicamente una película de terror, sino un acto de resistencia cultural y política dentro del nuevo terror que se gesta en el mundo entero. Juzguen ustedes.








