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El desnudo de la pandemia

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), se estima que la pobreza continúe en aumento para Colombia, con 5,1 puntos porcentuales este año.

Por: María Fernanda Rodríguez

La pandemia, más allá de ser uno de los fenómenos más fuertes sucedidos en los últimos años, en términos sociales, económicos, políticos y de salud, ha dejado al descubierto la rutina de afán en la que vivíamos los colombianos a diario. A partir de ese cambio, comparable a que nos pusieran una pared en medio de una carrera de alta velocidad, empezaron a quedar en evidencia muchas situaciones que en nuestro afán diario no veíamos.

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La desigualdad, una de las problemáticas más fuertes en nuestro país, sin duda quedó más expuesta que nunca. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), se estima que la pobreza continúe en aumento para Colombia, con 5,1 puntos porcentuales este año. Esta problemática afecta a sectores como el educativo y la complejidad en el acceso a la información. Estas circunstancias extraordinarias terminan sirviendo de experimento para analizar cómo está la sociedad en lo político y lo social.

Para analizar esa transformación social, cultural y política, a partir de la pandemia, está Betty Martínez Ojeda, antropóloga de la Universidad Nacional de Colombia, con una maestría en antropología en la Universidad de los Andes, una maestría en filosofía en la Universidad Javeriana, doctora en antropología de la Universidad Complutense de Madrid, se ha dedicado a la investigación de campo y, además, ha sido docente durante 29 años en distintas universidades de Bogotá.

¿Cuáles han sido las repercusiones políticas y sociales que ha dejado la pandemia?

Betty Martínez: Afortunadamente dentro de lo muy difícil que ha resultado este tiempo, yo creo que casi todo el mundo ha podido sentarse en algún momento a reflexionar profundamente sobre esto que nos ha sucedido. Creo que ninguno, ni en las peores pesadillas, pensábamos algo así, pero como digo en mis clases, de todas estas experiencias negativas, desde el origen de nuestra especie, en el proceso evolutivo, se ha podido sacar partido y la humanidad ha podido superarlas de una manera absolutamente extraordinaria. El asunto es que hay un cruce de muchas situaciones, es decir, la pandemia, para la cual nadie estaba preparado, ni nadie tenía un plan; es más, yo creo que a muchos de nosotros nos sorprende reconocer algo que los científicos sociales en el siglo XX venían diciendo y es que la ciencia moderna realmente fue una gran ficción, que sus alcances no son como los que se creyeron y que nos vendieron.

Por un lado, está la pandemia con todas las implicaciones que tiene frente a la salud, a la vida, el miedo de perder a los seres queridos, esa sensación de miedo tan íntima y fuerte que paraliza, que de alguna manera nos vuelve poco frágiles frente al contexto social y esa necesidad que tenemos de separarnos físicamente, socialmente, de recluirnos. En las ciencias sociales eso tiene implicaciones frente al mundo social y político. Socialmente estamos notando algo que posiblemente no sea producto de la pandemia, sino que, como alguien dijo por ahí, las pandemias desnudan lo social y lo subjetivo también. Me parece que están saliendo a la luz unas inconsistencias sociales, políticas y culturales, que se han venido dando a través del tiempo en nuestro país y en el planeta. Si nos remitimos a Colombia, esto de lo que hemos hablado y teorizado, estaba produciendo más daño, rupturas, anomias sociales mucho más de lo que creíamos. Ver a las personas a las que los periodistas les preguntan por qué no se ponen bien el tapabocas y respuestas como “a usted qué le importa” o “porque se me da la gana”, son una bofetada en la cara a las ciencias sociales que promovieron la educación en la cultura, la búsqueda de alteridad, la búsqueda de empatía, de consideración de los otros, de ponerse en los zapatos de los otros, de pensar en lo colectivo, de la noción de lo comunitario, del otro como yo mismo. Como decía Paul Ricoeur, por un lado, está ese efecto social tan crítico que ha desnudado la pandemia, es decir, no hay esa educación para asumir con respeto a los demás, a los otros como si fuéramos parte de un mismo colectivo. Por otro lado, está el asunto político, y quisiera mencionar este efecto que está teniendo en nuestro mundo político, porque son áreas inseparables: no podemos hablar de lo social, de lo político, de lo económico y lo subjetivo separadamente. Lo que estamos viendo es un poco escalofriante, es decir, se suma la preocupación que tiene la gente por la pandemia, es un estado personal de angustia, de ver cómo se incrementan los asesinatos, las masacres, las muertes de jóvenes que nos han dolido, que nos rompe el alma y que, además, estamos encerrados.

Aquello que hemos estado acostumbrados a hablarlo personalmente con otras personas, directa e intersubjetivamente, estamos aquí, confinados, viendo pasar un mundo resquebrajado por la tragedia. Observo que es una forma de aprovechamiento de poderes, de manipulación, de discursos, de narrativas sobre algo que produce temor, pero que no es el fondo total del terror. Pienso que, sobre todo en nuestro país, además de las numerosas muertes por la pandemia, hay una especie de silencio muy preocupante, muy angustiante y doloroso.

A partir de lo que menciona, ¿cree que va a haber un cambio positivo o una evolución de alguna forma en la cultura?

B.M: Una cosa es lo que sueño y otra lo que creo que va a suceder. Creo que deberíamos aprender de esta experiencia, que es única, que se da cada más o menos 100 años, y es una experiencia tan única que debería realmente hacernos cambiar un poco el rumbo, al menos 180 grados por lo menos, ponernos al otro lado de como veníamos mirando el mundo, porque cada día uno aprende, pequeñas y grandes cosas.

Hay ese aprovechamiento de una situación de indefensión de todo el mundo, para sacar partido de estos temas tan terribles que nos pasan, pero podríamos sacar provecho de eso, mirar realmente qué estamos haciendo, cómo hemos asumido nuestros compromisos políticos, qué es lo que hacemos como país, qué es lo que pensamos, cómo deben ser nuestros gobernantes y nuestra participación política. Por otro lado, debemos aprender de las pequeñas cosas. Creo que todo el mundo se empezó a dar cuenta que vivíamos en un mundo de artificio, deseando cosas como si fueran las necesidades más sentidas, basadas en adquisiciones de objetos. La vida nos obligó a reevaluarnos, a comprender que necesitamos tan poco para vivir.

No quiere decir que una vida simple, sencilla y restringida no sea una vida rica en producción, en análisis, en participación, etcétera. Creo que si no aprovechamos este momento que se nos está mostrando en la cara, que estábamos equivocados, que lo más importante estaba en la tierra, en lo simple de la tierra, en el cultivo, en esos alimentos que nos están sosteniendo en este momento, en las cosas simples. Si continuamos con esa carrera impresionante y decadente que nos impone el sistema económico de mercado, si seguimos irrefrenablemente en ese camino, estamos en peligro como especie y como planeta. De alguna manera hay que hacer un alto, no creo que alguien hubiese puesto esta tragedia tan horrible como para que digan que tenemos que aprender. No, pienso que estas cosas, como lo hemos hecho muchas veces en nuestra historia evolutiva, nos obligan a hacer un alto y pensar.

Hace dos millones de años, más o menos, a un ancestro nuestro, el Pitecántropo Erectus, cualquier día empezó a bajarle la temperatura de forma increíble, y ya casi en la extinción sacó de donde no se sabe la idea de que las cuevas le podían ayudar y que allí podía confinarse, como estamos confinados ahora, sacar a los osos y al resto de especies que las ocupaban y entrar allí. Luego pudo domesticar el fuego, y por eso creo que nosotros saldremos de esto; no es una mirada nefasta y apocalíptica, aunque creo que esto nos debe dar el empuje para virar: creo que toca girar en ese camino, y los jóvenes, en general, tienen la posibilidad de ayudar en ese proceso, de conseguir por lo menos un futuro mejor, sino en un tiempo cercano, si a mediano y a largo plazo.

¿Cómo considera que será la nueva normalidad en Colombia? y ¿Cómo será recuperar los lazos sociales afectados a partir de concebir al otro como enemigo?

B.M: Yo pienso que cuando una sociedad y una cultura han aprendido y se han construido bajo ciertas matrices de sociabilidad, de respeto por el otro, de la búsqueda permanente de alteridad, de empatía con unos mínimos de respeto y de afecto por el otro, así no sea parte de mi familia, creo que la separación física de dos tampoco es un quiebre enorme, porque se sabe que hay una razón de peso por la cual hay que mantenerla. Todos necesitamos abrazos, contacto físico; añoramos abrazar a nuestros seres queridos, sabiendo que muchas veces no abrazarlos implica cuidarlos, amarlos, respetarlos, eso no implica que haya una ruptura cultural, ni de patrones, ni de matrices. Yo veo que, de alguna manera, una sociedad que no tiene un desarrollo tan fuerte de esos lazos, de esa capacidad de mirarse dentro de un colectivo al cual pertenecer, la pandemia genera unas rupturas enormes, como tú dices, un pánico por el otro, sumado a que muchas de esas noticias que vemos por los medios convencionales, agudiza esa sensación, la generaliza y la amplifica: que aumentan los índices de inseguridad, que el otro es peligroso, que el extranjero que anda por ahí, todo esto hace que la gente entre en un pánico tremendo. Sí hay inseguridad, pero aquellos que manejan las narrativas, los discursos, etcétera, lo hicieran bien, acorde a las necesidades de la sociedad en una pandemia, porque la gente requiere seguridad, la tranquilidad que tampoco está todo perdido. Si el Estado pudiera proveer de mínimos vitales a las personas, que lo podría hacer. Un Estado debe estar preparado para esas cosas, y eso mejoraría un poco la situación.

Por lo menos las personas no entrarían en esos estados de pánico, que hace que se pierda todo marco normativo, porque cuando los marcos éticos y axiológicos no son fuertes, cómo se puede pedir que no existan estas problemáticas tan agudas. Pienso que de alguna manera los lazos que de verdad eran muy fuertes, que son muchos y todo el mundo los tiene, nunca se rompieron. Puede que estemos hablando a distancia y, sin embargo, uno construye esos vínculos, porque las distancias en el humano, que tiene un pensamiento simbólico, no existen; precisamente porque somos simbólicos podemos estar en el mismo tiempo, en el mismo lugar simbólicamente, y para nosotros es una realidad, es el mundo de la vida, como decía Jürgen Habermas.

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