Parte III El secreto de la chirimoya: un insecticida natural
por: Camila Andrea Ramírez Triana
Un ejemplo de esto es la semilla de la Chirimoya, que se espera pueda ser aprovechada para contrarrestar el uso excesivo de agroquímicos, cumpliendo con la exigencia de proteger el cultivo contra los insectos, malas hierbas, hongos y otras clases de plagas, que ponen en riesgo el desarrollo y maduración del fruto.
La chirimoya destaca por la presencia de compuestos tóxicos en su interior, siendo la acetogenina uno de los más relevantes. Este aspecto ha motivado a profesionales de la Universidad Nacional de Tucumán a investigar su potencial utilidad en la mitigación de los llamados ‘agrotóxicos’, término adoptado por la población argentina para referirse a estos problemas agrícolas.
“Con mi grupo de trabajo, entre ellos tesistas de doctorado, realizamos los mayores aportes a la química y actividad biológica de acetogeninas en Argentina continuando hasta el presente con el estudio de esas sustancias. Las numerosas contribuciones de nuestro grupo al conocimiento de la química y actividad biológica de las especies de Annonáceas se han volcado en más de 25 publicaciones científicas de circulación internacional y un Review en el año 2020”, expone Neske.
Esta determinante situación ha detonado gran molestia en Buenos Aires, por lo cual, en el 2020 después de numerosas investigaciones, denuncias y amenazas, la Justicia Argentina prohibió el uso de químicos a menos de 3.000 metros de las zonas urbanas y prestó particular atención a los productores rurales y funcionarios por contaminación ambiental y envenenamiento.
De acuerdo con el informe publicado en el 2022 por El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), titulado “Los productos fitosanitarios en los sistemas productivos de la Argentina. Una mirada desde el INTA”: en los 36 millones de hectáreas cultivadas, se utilizan 230 millones de litros de herbicidas y 350 millones de litros de otros tipos de agroquímicos.
Los envases necesarios para su comercialización generan unas 17 mil toneladas de polietileno cada año. Aunque Argentina se considera uno de los países que regula la producción, la comercialización y el uso de plaguicidas, no tiene una ley unificada que establezca presupuestos mínimos ambientales, para aplicar agroquímicos.
Desde La Fundación para el Desarrollo de Políticas Sustentables (FUNDEPS), en el 2018 se presentó un documento que expone las razones de dicha exigencia, donde se argumenta que la penalización que se aplica actualmente en cumplimiento de la ley 24051 “residuos peligrosos”, considera “peligroso” cualquier residuo que pueda causar daño directa o indirectamente a seres vivos o al ambiente, por lo cual, no existe una legislación específica que unifique criterios, representando un alarmante vacío legal.
Según lo registra la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2018, Argentina destinó más de 229 millones de dólares en la compra de plaguicidas, de los cuales el 47 por ciento correspondía a pesticidas altamente peligrosos.
Atención a sistemas integrales de calidad
A esta realidad se enfrentan los investigadores que han estudiado por años la viabilidad de un insecticida natural que no tenga repercusiones negativas en el ecosistema que se desarrolla el cultivo.
Adriana Neske explica que el trabajo que han venido desarrollando en laboratorio surgió a principios de la década del 2000 cuando la Dra. Alicia Bardón coordinó un curso sobre productos naturales bioactivos aislados de especies de la familia Annonaceae, en el que estuvo presente el profesor Dr. Jerry McLaughlin, de la Purdue University (USA), mundialmente conocido por sus contribuciones sobre efectos insecticidas y anti cancerígenos de las acetogeninas annonáceas, que se aíslan de especies de la familia Annonaceae.
El profesor Mc Laughlin impulsó al equipo de trabajo para que se analizaran químicamente las especies de esta familia que crecen en el norte argentino y, a partir de ese momento, se dio inicio al estudio de cada una de las partes de la planta (hojas, frutos, semillas y brotes jóvenes), que confirmaron en la semilla la producción de una potente acción insecticida en condiciones de laboratorio, invernadero y campo, particularmente sobre una plaga clave en el maíz y la soja, que es conocida como el “gusano cogollero” (Spodoptera frugiperda).
Este gusano es dañino únicamente en su etapa de larva, pero tiene la capacidad de reproducirse y dejar sus huevos en la planta. Es más, según lo explica la investigadora Neske “en el estadio larval el insecto muda varias veces (6-8 estadios) como consecuencia de cambios hormonales, lo cual produce variación en el tamaño, comportamiento y morfología”, y allí es donde actúa el insecticida haciendo que las larvas nazcan con malformaciones que impidan su reproducción.

Gusano cogollero (Spodoptera frugiperda) Imagen: Cambiagro
Teniendo en cuenta este foco de investigación se responde a una de las exigencias más fuertes que se tiene a nivel mundial, con respecto a la crisis ambiental que significan estos químicos en la tierra, puesto que tal como lo menciona Neske, el estudio se encuentra en la etapa de análisis histológico, que consiste en “estudiar el intestino medio larval, es decir, la estructura histológica más importante vinculada a la interacción de los insectos con su medio ambiente.
Este estudio lo realizamos a fin de conocer las alteraciones que se producen en las larvas por la ingesta de las acetogeninas de annonáceas y poder establecer el mecanismo de acción insecticida de las mismas”.
Según las cifras que registran el material químico que es vertido sobre estos cultivos particularmente, “la plantación de soya y maíz son dos de los cultivos que mayor uso de plaguicidas altamente peligrosos (PAP) tienen a nivel mundial, siendo que el 51 por ciento y el 49 por ciento de todos los pesticidas utilizados en estos cultivos respectivamente, corresponden a pesticidas tóxicos”.
Cumplir con la demanda, sin impactar el ambiente
El estudio realizado en los espacios de la Universidad de Tucumán espera dar como resultado la fórmula para producir un insecticida orgánico, que hasta la fecha ha tenido una alta efectividad en relación con los productos comerciales; el resultado fue superior al 80 por ciento, en relación con el 100 por ciento de efectividad de un insecticida sintético, pero además, según argumenta Neske, “nuestros resultados mostraron que las acetogeninas de chirimoya producen mortalidad del gusano entre un 80 y 100 por ciento a muy bajas concentraciones. Se encuentran entre las sustancias más potentes probadas en nuestro laboratorio”.
El proceso que da como resultado este líquido consiste en triturar las moléculas de acetogeninas presentes en las semillas de Chirimoya y posteriormente combinarlas con un extracto de alcohol y agua.
Al cabo de este proceso, se filtran las acetoninas que están en el líquido, se evapora el alcohol y el agua y, de este modo, se obtiene una resina. Esta fórmula obtenida puede usarse en diferentes medios como agua, detergentes o aceites.
La implementación de bioplaguicidas (sustancias básicas derivadas de materiales orgánicos como animales, plantas, bacterias y ciertos minerales específicos), en la agricultura convencional, responde a una alternativa viable, responsable y sostenible que cumple con la demanda de sostenibilidad de los agricultores y consumidores, sin generar residuos tóxicos sobre el ambiente, ni desarrollar resistencia en las plagas, puesto que su fórmula está diseñada para afectar únicamente a un tipo de plaga y organismos estrechamente relacionados.
Según el análisis de mercado de biopesticidas realizado por Mordor Intelligence, empresa de consultoría e investigación en esta categoría, el tamaño del mercado se estima en 6,06 mil millones de dólares en 2024, y se espera que alcance los 10,26 mil millones de dólares en 2029, creciendo a una tasa compuesta anual del 11,11 por ciento durante el período previsto (2024-2029), pero además, se asegura que su impacto ha permitido que aumente significativamente la mortalidad de insectos dañinos y disminuido su número de descendencia, en cultivos grandes como el arroz, el trigo, el maíz, la soja, el sorgo y la cebada.
En razón a ello, la chirimoya emerge como una fuente valiosa y multifacética, cuya riqueza va más allá de su valor nutricional y gastronómico. Al reconocer y promover el uso de la fruta en este contexto, no solo se aprovecha su potencial como insecticida, sino que también se fomenta la investigación científica y se impulsa el desarrollo de tecnologías amigables con el medio ambiente.
Los estudios sobre la sustancia protectora extraída de la semilla revelan un panorama prometedor para la agricultura y la preservación ecológica. De acuerdo con Neske, la elaboración de extractos acuosos representa un primer paso hacia métodos de aplicación más simples y respetuosos con el medio ambiente.
La posibilidad de desarrollar formulaciones solubles en agua, sin el uso de etanol, revela el compromiso con la sostenibilidad y la innovación, una iniciativa que se ha venido gestando en los laboratorios de la Universidad Nacional de Tucumán desde finales del año pasado.
Sin embargo, más allá de los beneficios potenciales de la chirimoya como insecticida, es imperativo reflexionar sobre el impacto devastador de los plaguicidas en los ecosistemas. El declive alarmante de especies emblemáticas, como la mariposa Xerces azul, que se mencionan anteriormente, son solo una muestra de un problema mucho más amplio.
La exposición a plaguicidas amenaza la existencia de numerosas especies de insectos, aves y mamíferos, contaminando el agua, el suelo y el aire y comprometiendo su estabilidad. La preservación de polinizadores como las abejas, esenciales para la producción de alimentos, y la protección de la biodiversidad, son aspectos críticos para garantizar la seguridad alimentaria y la salud del planeta.
Por ello, es urgente replantear las prácticas agrícolas y adoptar enfoques más sostenibles y respetuosos con el medio ambiente. Los bioplaguicidas, derivados de materias primas naturales, representan una alternativa viable, focalizando la acción en el problema específico y minimizando los impactos colaterales.
Al optar por soluciones amigables con el entorno, no solo se salvaguardan especies como la mariposa Xerces azul, sino que también se garantiza un futuro próspero y sostenible para las próximas generaciones.
Para mas información de Rizoma https://www.uniminutoradio.com.co/rizoma/









