Efecto dominó en Iguaque

Las llamas no solo consumen árboles y matorrales; borran décadas de historia natural y dejan cicatrices que tardarán generaciones en sanar. La tragedia ambiental de un ecosistema clave para la biodiversidad y la regulación del agua en la región.

Por: Nataly Galeano

Las noticias pasan rápido y las cifras se acumulan en pantallas y boletines oficiales. Sin embargo, detrás de los titulares sobre hectáreas arrasadas hay una realidad mucho más silenciosa y devastadora. Un bosque de páramo no se quema y se olvida a la semana siguiente.

La escena se repite como un ciclo tenebroso; un terreno seco, una chispa, el fuego que avanza sin tregua y, después, el silencio de los organismos de socorro evaluando los daños. Pero lo que queda atrás no es solo suelo negro; es la angustia de un ecosistema alterado que sostiene la vida de toda una región.

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El Santuario de Flora y Fauna Iguaque, ubicado en Boyacá, se extiende por territorios de Villa de Leyva, Chíquiza y Arcabuco, cuyos ecosistemas de alta montaña han sido escenario de incendios.

Según un diagnóstico de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas publicado en 2024, varios incendios ocurridos entre 1992 y 2023 afectaron un acumulado de más de 3.373 hectáreas, es decir, cerca del 49% de la extensión total del santuario. El estudio señala que el 99% de las afectaciones registradas se concentró en el sector sur y suroccidental de la jurisdicción de Villa de Leyva.

A esta afectación histórica se suma el incendio de 2026. Según el Ministerio de Ambiente, el balance preliminar del episodio reportó 1517 hectáreas afectadas en el territorio, de las cuales 1083 corresponden al Santuario.

Élber Arturo Gómez Caro, ingeniero ambiental con más de 30 años de experiencia en el sector público y privado, afirma que la recurrencia de estos incendios representa una verdadera catástrofe ecológica.

“De las hectáreas afectadas, una gran parte pertenecía estrictamente al núcleo del área protegida. El fuego arrasa por igual con todo a su paso; destruye tanto la delicada vegetación del páramo seco, un ecosistema sumamente escaso en el país como la fauna que allí habita”.

Profundizando en esta herida ambiental, el ecologista y defensor de los ecosistemas alto andinos Raúl Enrique Segura advierte que la dimensión del desastre trasciende con creces las cifras oficiales:

“Cuando hablamos de los incendios en el Santuario de Flora y Fauna Iguaque, caer en el error de medir el daño únicamente en términos de hectáreas quemadas es invisibilizar el verdadero colapso sistémico que estamos sufriendo”.

Y añade: “Aquí no se trata solo de árboles que caen o de un paisaje que se vuelve ceniza; estamos hablando de la destrucción sistemática del corazón hídrico y de la memoria biológica de la región.”

El frágil equilibrio que el fuego destruye en segundos

Hablar de Iguaque es hablar de agua. Este macizo montañoso actúa como una gigantesca esponja natural que regula y abastece los ciclos hídricos de municipios vecinos como: Villa de Leyva, Chíquiza, Arcabuco, Sáchica, Santa Sofía y Gachantivá.

Cuando el fuego devasta el territorio, no solo destruye el paisaje, sino que fractura la capacidad física del suelo para retener humedad y regular las corrientes.

El símbolo por excelencia de este equilibrio es el frailejón. Su crecimiento es tan lento y su función reguladora tan vital que perderlo significa condenar a las fuentes hídricas a una escasez prolongada.

Gómez utiliza una comparación para explicar la dificultad de recuperar un ecosistema después de un incendio: “Es como cuando una persona pierde el cabello; muy difícilmente, con todas las cosas que tenemos, le vuelve a salir porque ya están atrofiadas algunas cosas. Así mismo es un ecosistema natural”.

A esto se suma la pérdida silenciosa de fauna nativa. Especies como el oso andino, el venado soche, armadillos y comadrejas pueden verse afectadas por la destrucción o alteración de sus hábitats, la pérdida de refugios y alimento, y el desplazamiento hacia otras zonas.

Los pocos animales que logran ser rescatados por entidades como Corpoboyacá y los organismos de socorro enfrentan un proceso titánico y complejo para poder retornar a un hábitat que ya no existe.

La mano humana detrás del desastre: entre la ignorancia y la negligencia

Centrarse únicamente en los factores climáticos es ignorar que las actividades humanas pueden originar incendios y favorecer su propagación.

Aunque las altas temperaturas, la baja humedad y los vientos pueden crear condiciones propicias para que el fuego se extienda, el ser humano también ha favorecido este desastre. Con todo, la causa debe establecerse en cada caso mediante las investigaciones correspondientes.  

Quemas irresponsables de hojarasca, pastos para expandir la frontera agrícola o la irresponsabilidad de turistas que dejan colillas de cigarrillo y fogatas mal apagadas continúan encendiendo la chispa de la destrucción.

A pesar de que normativas como el Decreto 1076 de 2015 prohíben explícitamente las quemas en bosques naturales y páramos, la falta de conciencia ambiental en algunos sectores sigue vulnerando el territorio.

Ante este panorama, la investigación de Diana Elizabeth Sandoval Franco y Luis Alexander Herrera Arias en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas propone soluciones de ingeniería y silvicultura preventiva.

Su estudio plantea el diseño de una zona de amortiguamiento de 1.200 hectáreas en la falda suroccidental del Santuario, la zona más vulnerable, utilizando barreras vegetales.

Mediante el uso de especies resistentes, los autores de la investigación proponen emplear “plantas con alta retención de humedad y baja inflamabilidad” para contribuir a la reducción del fuego. Restar oxígeno al fuego y frenar su avance sin afectar las actividades de las comunidades campesinas.

¿Cuánto cuesta reparar lo que destruimos en horas?

La ilusión de destinar fondos mínimos que luego se evaporan frente al altísimo costo económico de los daños deja al descubierto que creer que un desastre ambiental se soluciona con discursos choca con la realidad de las cifras.

Como lo menciona el ingeniero Arturo: “según estimaciones basadas en valoraciones de costos ambientales del Ideam y de instituciones expertas, recuperar una sola hectárea de páramo puede costar entre 28 y 60 millones de pesos”.

Multiplicar esa cifra por el total de hectáreas arrasadas arroja presupuestos imposibles para municipios que ya enfrentan crisis económicas.

El proceso no es simple, pues implica la preparación manual del suelo, el transporte de insumos y personal técnico por trochas difíciles, la siembra controlada de especies frágiles y un riguroso mantenimiento durante años para evitar que las plantas invasoras ahoguen la regeneración nativa.

En este desafío de recuperación, Segura enfatiza:

“Decir que un ecosistema se recupera por sí solo después de un incendio forestal como el que se presentó el 19 de septiembre con esta magnitud es una falacia peligrosa. Es como pretender que una persona a la que le han amputado extremidades vitales recupere su movilidad sin secuelas.”

“Las primeras lluvias posteriores a un incendio no nutren el terreno; por el contrario, producen una violenta tormenta, en donde se lavan los nutrientes esenciales, se erosionan los suelos hasta dejarlos estériles y se llenan por completo las fuentes hídricas con sedimentos y ceniza.

El papel de la comunidad: los guardianes del territorio

Para Gómez, la protección del santuario requiere la participación coordinada de instituciones y comunidades locales: “Aquí es donde el tejido social se convierte en la primera línea de defensa, las Juntas de Acción Comunal (JAC) y los vigías ambientales desempeñan un papel fundamental como primeros respondientes y guardianes del territorio”.

Organizaciones como el Instituto de Acción Comunal y Capital Social impulsan iniciativas donde la educación ambiental y proyectos alternativos como sistemas de aprovechamiento de aguas lluvias para huertas caseras que buscan integrar al campesinado en la protección activa de sus recursos.

Para las familias campesinas que habitan las faldas del Santuario, la amenaza del fuego no es una noticia distante, sino una angustia cotidiana. Don Hernando Pérez, agricultor y vigía ambiental de la zona rural de Villa de Leyva, relata con preocupación la zozobra con la que viven cada temporada seca:

“Cuando vemos las columnas de humo levantarse hacia el páramo, sabemos que se nos está quemando el agua. Aquí no perdemos solo el monte; perdemos las quebradas que riegan nuestros cultivos de las que dependemos para vivir”.

Y sostiene que las comunidades “somos las primeras en correr con machetes y bombas de espalda porque sabemos que, si el páramo muere, a nosotros nos toca abandonar la tierra”.

Gómez concluye con una advertencia ineludible sobre el futuro: “el medio ambiente reclama lo que el hombre le ha quitado”. La prioridad institucional y social ya no puede limitarse a apagar incendios cuando ya es tarde.

La verdadera urgencia radica en repensar la relación del ser humano con el entorno, frenar la indolencia del turismo irresponsable y entender que cuidar el agua y los páramos no es una opción de contingencia, sino una necesidad de supervivencia que nos queda.

Para mas información de Rizoma https://www.uniminutoradio.com.co/rizoma/

| Nota del editor *

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