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En medio de la vida y la muerte

Por: Esthefanny Villamil Peña

Despertar todos los días con una venda en el rostro ha sido una de las situaciones más difíciles y complejas que he tenido que vivir, no poder ver mi rostro en un espejo, hallarme con la incertidumbre de saber ¿cómo es ahora mi aspecto? ¿qué sensaciones les puedo causar?

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Día y noche me la pasaba pensando en este tipo de cosas, vivir restringida ante las indicaciones que la doctora le dio a mi esposo “¡qué NO se mire en el espejo, guárdelos todos por unos cuantos meses, si no lo hace, la paciente puede estar entrando en un estado de depresión!”, la verdad tengo pocos recuerdos de lo que sucedió, pero algo de lo que si estoy segura es que soy un milagro y que Dios me dio la oportunidad de seguir junto a las personas que más quiero.

Recuerdo que ese día salí como de costumbre a trabajar, pero se me hizo tarde, al salir de casa me fijé en lo oscuro y opaco que estaba el cielo, el recorrido que realizaba todos los días era caminar de mi casa hasta el paradero; uno normalmente se demora cinco minutos, la verdad no es mucho pero en ocasiones esos minuticos cuestan porque ya casi iba llegando y arrancó el bus, así que me tocó esperar un poco más. 

La buseta que yo tomaba decía en el letrero “ Av. la Esperanza, y Fontibón”, tardaba una hora y media en llegar, pero la ventaja era que este autobús me dejaba al frente de la casa de la señora Teresa (la mujer para la que trabajaba); ella era una persona ya de edad; siempre trabajaba los fines de semana como su enfermera privada, la rutina consistía en bañarla siempre antes de desayunar, nunca se sentaba en la mesa sin antes estar arreglada.

 A la señora Teresa no le gustaba que su esposo la viera desarreglada, era una mujer muy decente, de clase alta; ella vivía en un apartamento ubicado en el último piso del edificio; al entrar uno se encontraba directamente con la sala y el comedor, frente a éstos la cocina, al lado izquierdo el baño de invitados y seguido los tres cuartos que componían el apartamento, el principal quedaba al fondo.

Retomando la historia de ese día, al llegar a mi trabajo me encontré con Carlos, uno de los  hijos de la señora Teresa, él me informó que su madre había salido hacía aproximadamente una hora, que ella se encontraba con sus otros dos hermanos y que él ya iba de camino para allá, me dijo que no me preocupara por no estar temprano, que me podía tomar el día libre y que nos veíamos el siguiente fin de semana.

Acaté sus órdenes y me dirigí hacia la acera que estaba al frente, ese día el bus que me llevaba directamente a la casa estaba tardando más de lo normal, así que decidí coger el primero que me dejara en la 19, tardé media hora en llegar hasta aquí y cuando estaba esperando el otro autobús que me dejaba en el barrio, se detuvo una moto frente a mí, en cuanto pude ver su rostro me di cuenta que era un amigo con el que estudie.

Javier me preguntó que si me dirigía al trabajo, pero le conté lo que me había ocurrido; me preguntó si lo podía acompañar a Silvania a cobrar un dinero. Este lugar quedaba fuera de Bogotá, y no me llamaba la atención, tenía mucha pereza así que le dije que no, que el lugar era muy lejos; pero él siguió insistiendo y al final decidí acompañarlo.

Para que nosotros pudiéramos ir a Silvania teníamos que transitar por la salida de Soacha, estaba congestionada y había mucho trancón; cuando estábamos por la vía Alto de Rosas, sentí demasiado frío y todo se nubló de una manera impresionante; lo siguiente que recuerdo es irnos por un barranco, fueron segundos de mucha confusión para mí, todo se salió de control; se presentó un momento en el que me vi tirada en el suelo “como en las películas”, estaba muy confundida.

¿Cómo era posible que me pudiera ver?, tenía un pie doblado, como en forma de 4, un brazo sobre mi pecho y el otro estirado en el suelo, me encontraba boca arriba, y de repente volví a estar en mi cuerpo, me senté, pero en ese momento sentí como si un baldado de agua caliente callera sobre mí, la  gran diferencia de esto es que no era agua sino mi sangre, en ese instante se desprendió la piel de mi frente, calló ante mis ojos y volví a caer inconsciente.

De repente, empecé a ver a mis hijos en una especie de túnel blanco, Denier, mi hijo mayor, tenía un cuello tortuga blanco, junto a un pantalón del mismo color; y Salome un vestido blanco, recuerdo tanto que me llamaban, me decían “mami ven con nosotros, acompáñanos”, cuando estaba a punto de darles la mano escuche a alguien diciéndome “¡Johanna reaccione, despierte!”, lo primero que hice fue decirle “¿dónde están los niños?”, y Javier me dijo ellos están en la casa, no están acá; y de nuevo caí inconsciente, volví a ver a mis hijos, seguían llamándome, pero ahí estaba Javier moviéndome y tratando de que yo no me durmiera.

Javier marcó al 123 para pedir una ambulancia y que me pudieran trasladar a un hospital; pero se estaban tardando mucho en llegar, así que él decidió pedir más ayuda; unos hombres con una camioneta de platón pararon y me llevaron hasta el centro médico más cercano que había, era el Centro de Salud de Granada.

Al llegar, Javier me entró alzada al hospital y pidió que me atendieran rápidamente; él, en medio de la angustia que sentía por mí, no se dio cuenta que tenía una rodilla rota y que tenía mucha sangre; el diagnóstico que me dieron fue: politraumatismo; traumatismo superficial de tejidos blandos en región frontal y traumatismo lumbar.

Era tan delicado el estado en que me encontraba que decidieron trasladarme al hospital Mario Gaitán Yanguas de Soacha, pero como no se tenían los implementos ni equipos necesarios para realizar las respectivas cirugías, me remitieron al Hospital Universitario de La Samaritana. 

Durante el recorrido que realicé, en mi mente permanecía la idea de que no iba a pasar esta dura y complicada situación; sentía cada vez más débil mi cuerpo, pensé que no iba a resistir; apenas llegué al hospital me enviaron directamente al quirófano; allí me hicieron una serie de procedimientos, iniciaron con una cirugía reconstructiva, luego una de huesos propios de la nariz y, por último, una zetaplastia.

La encargada de hacerme las cirugías fue la doctora Nidia Maritza Trujillo. Cuando desperté, fui más consciente de lo que me estaba ocurriendo, me encontré rodeada de mi esposo y mi mamá; prefirieron no traer a los niños, así que los dejaron al cuidado de mi tía, pregunté “¿qué fue lo que pasó?, ¿por qué estoy acá?, ¿por qué tengo todo el rostro vendado?”

Giovanny, mi esposo, trató de tranquilizarme y lo único que me pudo responder es que tuve un grave accidente; qué me tenía que tranquilizar y que todo iba a estar bien. A eso de las 10:00 pm llegó Javier con un pie enyesado preguntado sobre mi estado, pero mi mamá lo corrió, lo culpaba sobre lo que había pasado y el estado en que me encontraba.

Pasaron dos semanas en las que estuve hospitalizada, rara vez escuchaba algo que estuviera relacionado con Javier, pues mi mamá no le permitía la entrada al lugar en que yo me encontraba, la verdad no la culpo; pues me pongo en los zapatos de ella y pienso que si le pasara algo parecido a mis hijos, actuaria de la misma manera.

Una vez me dieron de alta llegué a mi casa y mis niños me estaban esperando con ansias, me recibieron con un fuerte abrazo, pero para ellos fue un gran impacto verme tan mal; pues fue algo muy complicado de asimilar.

Durante 4 años fui sometida a 6 cirugías, las cuales fueron complejas, quedaron bastantes secuelas; entre ellas, las cicatrices de mi frente; tengo que confesar que en una ocasión no tomé en cuenta una de las recomendaciones que me había dado la Doc. Nidia Trujillo; y era mirarme en el espejo, fue muy impactante ver mi rostro cubierto completamente por puntos.

Éste, iba dividido en tres secciones y todas llevaban la forma de una “Z” supongo que por eso se llama la zetaplastia. Un día le pregunté a la doctora por qué debía tener esta forma, a lo que ella me respondió que de esa manera no me iba a quedar una cicatriz tan larga e iba a ser más sencillo que se reconstruyera el rostro.

Ya han pasado 11 años desde que ocurrió aquel accidente; del cual solo quedan secuelas y recuerdos fuertes e impactantes; aún me cuesta mucho hablar sobre este suceso, porque me lleva a revivir todo lo que me ocurrió y el proceso por el cual tuve que pasar, pero le doy gracias a Dios de que me diera la oportunidad de continuar junto a las personas que más quiero, además, pude ver lo fuerte que soy y, como dijo mi doctora “soy un milagro”.

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