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Entre el cielo y el infierno de mi ser

Por: Joselin Luna Franco

Siempre que salía a pasear, andaba caris bajo, un poco melancólico, como si alguien le susurrara al oído lo que tenía que hacer, o de lo que estaba bien para él. La cara de Juan Miguel cambiaba cada vez que sentía un jalón en su brazo, agarrando la correa se sostenía de su cuerpo, sin perder el equilibrio, pues su mejor compañía le decía con aquellos empujones que no estaba solo. Poseidón se llamaba su mascota, un perro medianamente alto, con pelos blancos que se enroscaban cada vez más cuando crecían, siempre estaba buscando su mano para conseguir que lo consintiera.

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Por aquella época su padre, un corredor de seguros, había ya conseguido grandes logros económicos y mantenía perfectamente a su familia, dándole un estatus y posición en la alta sociedad. Pero como todo en Colombia no es oro, esto se fue al barranco cuando su padre realizó malas inversiones dejándolos mal, tanto así que su madre le tocó postularse a varias propuestas de trabajo, Juan Miguel cambió de colegio, el golpe fue muy duro para él, aunque no se diera cuenta, no lo asimilaba, su edad no le daba el suficiente criterio para verlo de esa forma.

La retoma escolar se presentó en el año 2007, fue el colegio Nuevo Campestre, allí comenzaron sus duras pruebas, ya que no se podía adaptar tanto a las clases como a la vida social con sus compañeros. Giancarlo era uno de sus compañeros de clase, cuando lo conoció le pareció una persona irritante, y en muchas ocasiones callada. En medio de esto, en los momentos de descanso Juan Miguel se aislaba totalmente, y allí su compañero de clases lo confrontó de cierta manera jocosa, tanto así que las risas no se hacían esperar, el solo hecho que le dijera – ¡La clase estuvo buenísima! – Él respondía con una leve risa diciendo – Lo bueno de la clase no fue Ana, sino la cara del profesor cuando pensó que Ana estaba embarazada – Sin otro motivo que los hiciera compartir un hecho, su conversación se alargó, así como su amistad.


En medio de esta época de estudio, en aquel colegio, sus padres vieron cambios en su hijo, cambios negativos que los llevó a pregúntale directamente a él, pero sus respuestas, más que excusas, eran vacías. La llamada del colegio no se hizo esperar, el director llamó a sus padres para informales sobre la condición académica negativa de Juan Miguel en poco tiempo. Uno de los detonantes para sus padres fue que, al momento de estar en casa, se encerraba en su cuarto, y se escuchaban voces distantes de su hijo, como si conciliara una conversación consigo mismo. Desde ese momento se dieron cuenta que su hijo requería de un psicólogo para ver su estado emocional.

A los pocos días la visita al psicólogo se dio sin tanto retardo, su asistencia durante dos sesiones fueron importantes. El médico al finalizar ese segundo análisis decide hablar con sus padres al mismo tiempo que con Juan Miguel, en donde sus palabras un poco suaves y cortas, detonaban la problemática presentada –Su hijo tiene un trastorno obsesivo compulsivo- Estas palabras fueron un dolor del alma al corazón para la familia Mendoza, pues no se esperaban algo parecido, solo creían que todo saldría bien. Juan Miguel, en medio de no entender mucho al médico, preguntaba sin tartamudear, necesitaba saber más de lo que desconocía y no podía ver, su consiente veras, pero su corazón lo llevaba al infierno, como esas voces llegaban a su mente cada vez que no quería vivir más, o cuando veía alguna figura religiosa. Sus demonios lo manipulaban y no sentía la forma de controlarlo, la culpa la tenía todos los que lo rodeaban, así era su mente y su ser en aquel momento.

La programación para ser internado no se hizo esperar, el médico realizó la orden de manera inmediata, y al finalizar el cuestionario de su paciente, le indicó de manera tranquila si estaba dispuesto a irse al siguiente día para ser internado, o si prefería pasar unos días con sus padres, a lo cual él respondió mirando a sus padres y recordando que son lo único que tiene en vida, pero también su mente le decía que no quería estar en un lugar lleno de locos. Pasado el fin de semana, llegó el día de internarse en la clínica de La Paz, al sur de Bogotá, un lugar algo escondido. Al llegar aquel lugar, el día se escureció, si tanto preámbulo, su mente estaba inquieta y molesta, sus demonios culpaban a todo lo que podía ver.


En ese momento ingresa al internado, su primera noche la pasa en el baño, los médicos lo dejan solo después de revisar su historial médico, allí encuentra un alambre con el que comienza a tratar de cortarse las venas, o su piel, como desesperado de estar encerrado en ese cuerpo vacío de vida. Los médicos a los pocos minutos se percatan de la situación, y lo llevan a un hospital, donde es ingresado en la UCI. Al siguiente día despierta, encuentra todo diferente, como si algo hubiera sucedido sin que él recordase bien, la enfermera le comenta lo sucedido y él se entristece por no haber cumplido el objetivo, pues no quería pasar una vergüenza ante nadie.

Duro poco tiempo internado, pero tiene recuerdos frescos, como haber estado al lado de una persona custodiada por la Policía, de compartir la habitación con un chico que perdió su memoria, y cada noche se despertaba a gritar y preguntar quién era o en dónde estaba. La historia de una anciana que al irse le regala una caja roja con una cruz de San Agustin, este regalo era porque ella mencionaba que se parecía a su hijo, el cual había fallecido hace muchos años y por el que perdió todo estribor de su vida.


Regresando a su vida normal, y tomando estrictamente los medicamentos del médico, los cuales eran para volver más loco a un loco, como lo decían sus padres, volvió al colegio, allí se encontró con Giancarlo, a quien le contó todo. Su amigo lo acompañó desde ese entonces para arriba y para bajo, lo invitó a ir a la iglesia católica a un movimiento llamada “Camino Neocatecumenal”, en donde realizó las catequesis por un mes y medio, acompañado siempre de su amigo.

Estando en comunidad, como le llamaban las personas que pertenecen a este, comenzó a tener confrontaciones con su ser, con su espíritu de manera fuerte. Recuerdo que en una eucaristía, en medio de la alabanza a Cristo, Juan Miguel se inquietó, se levantó de su puesto ante las 500 personas que asistían comúnmente a estas misas los días sábados, y se dispuso a irse, susurrándole al oído a Giancarlo –Tengo voces que no me dejan ahora- Se trató de retirar, pero tratando de pasar por la asamblea se sentó en el borde de un escalón, se acurrucó entre sus piernas y comenzó a temblar. Giancarlo me dijo –Juan Miguel tiene un ataque, vamos a ayudarle- En ese momento, sin pensarlo, lo asistimos. Al sentarnos junto a él, sentíamos furia en su cuerpo, estaba tensionado totalmente, sus puños enfurecidos estaban agazapados entre sí, susurraba palabras extrañas, comenzamos a frotar su espalda y hablarle al oído de manera tranquila y cariños –Juan Miguel, hermano… estamos aquí contigo, somos tus hermanos, no te dejaremos solo- En ese momento en un arranque de furia trató de levantarse, tumbándonos al lado de él, nos sorprendió y nos asustó, pero aun así volvimos a él, sin pensarlo, le hablábamos nuevamente y tratamos de llevarlo a otro sitio donde la gente no escuchara o lo viera. En un momento de calma lo trasladamos, se dejaba guiar, pero sus ojos estaban perturbados, no se veía una mirada clara, sino pérdida, como si estuviera en sueño profundo con las pupilas al máximo.

Llegamos a un lugar tranquilo, lo abrazamos y le hicimos sentir que aun estábamos allí, que le queríamos como grandes hermanos en la Fe, que Dios tenía el poder de ayudarle y sacarlo de su crisis. Al poco tiempo dejó su rigidez en el cuerpo, volvió en sí, y nos miraba como si estuviera extrañado de estar allí junto a nosotros.


Después de un año de haber estado internado en la clínica seguía recibiendo la visita del psicólogo como control para su enfermedad, los médicos se sorprendían de sus resultados, el avance era increíble, Juan Miguel sonreía de manera celeste, tranquila y feliz, pues en su corazón y su razón sabía que había hecho bien haber dejado los medicamentos y confiar en Dios plenamente. Sus amigos, su comunidad, donde eran más de 50 hermanos, entre los que estaban jóvenes, adultos, ancianos y de diferentes índoles sociales, lo ayudaron a salir adelante. Su hermano de comunidad Santiago, era uno de los que siempre estuvo allí para apoyarlo en cada momento que se sentía solo, lo invitaba a cuanto plan saliera con sus amigos. Juan Miguel encontró en el cielo de su ser, una razón para combatir contra sus demonios.

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