Imagen tomada de latercera.com

Por: Valentina Tibaduiza Bermúdez

Sentía angustia sin motivo alguno, sin embargo, siguió buscando con calma, le hace varias llamadas, pero no conseguía respuesta, ese sexto sentido aparece, esa sensación extraña pero aun así no imaginaba nada malo, al fin y al cabo, era una sensación y no le prestaba atención.

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“Volvemos a casa y le digo a mi hija que me acompañe a una tienda que quedaba a tres cuadras de nuestra casa, ubicada en Yopal-Casanare en el barrio La Campiña, entonces decido llamar a mi hermano y después de un rato me contesta la esposa de él, Patricia. Con toda la tranquilidad del mundo la saludo y le pregunto que donde están”. A lo que ella responde:

  • Nos hemos accidentado.

En mi solidaridad por mi hermano le digo:

  1. No se preocupen, dame la ubicación, y ya les mando una patrulla, tránsito y una ambulancia.
  2. Venimos desde Morichal y Aguazul.

Inmediatamente llamo a mis contactos que habíamos conseguido con Juana, ya que ella bailaba para la Policía, la Décima Sexta Brigada de Yopal y fue fácil conseguir a la Policía de tránsito, de carreteras, la ambulancia y enviárselas a mi hermano.  Inmediatamente les devuelvo la llamada y su esposa me dice:

      P.   ¡Los niños!

  1. No entiendo quiénes son los niños. ¿Qué le pasa a mi hermano?
  2. Ya llegó la ambulancia

Patricia sigue insistiendo en los niños, pero yo seguía sin comprender a quienes se refería. Mediante un silencio entre las dos alguien al fondo dice:

          VOZ EN EL FONDO: El joven murió.

A. ¿Qué pasa?

P.   Juan Pablo, Juan Pablo murió.

En ese momento no entendía y de un momento a otro pierdo la noción del tiempo. Mi hija tiene que lidiar conmigo y pedir ayuda, me desmayo y luego empiezo a gritar, es en ese momento cuando mi alma se parte, y mi vida da un giro.

  1. El niño no, el niño no. No puede ser.

Juana a su corta edad empieza a entender lo que estaba sucediendo, llora y me agarra la mano muy fuerte.

“Sin embargo no me hago a la idea de que todo sea cierto, no creo nada de lo que me afirman. En ese momento eran alrededor de las 7, mi esposo se había ido a recoger a Juan a Sogamoso, solo estábamos, mi niña y yo, no teníamos familiares en Yopal, solo Leonardo.

Después de unos minutos empiezo a llamar a mis amigos cercanos para que me llevaran al lugar del accidente, finalmente me contesta José, amigo de la casa, y le pido que me recoja urgente.

Él llega con un amigo el cual yo no conocía, nos subimos corriendo al carro y le pido que conduzca, que arranque, y le digo que salga por la Marginal de la Selva, realmente yo no sabía ni qué hacer, ni a dónde ir, solo sé que gritaba y que con mi niña llorábamos.

Le pido que me lleve hasta el hospital de Aguazul, que queda a 30 minutos de Yopal, ya que asumía que podían estar ahí porque la ambulancia ya debía haberlos recogido y era el centro de salud más cerca del lugar de los hechos.

Finalmente llegamos, y me dicen que efectivamente había ingresado un señor, con su esposa y su hija, motivo: accidente de tránsito por estado de embriaguez y exceso de velocidad, pero me mencionan que nadie más ha ingresado, sin embargo, me dicen que en el lugar del accidente quedó alguien.

Salgo corriendo y veo una radio patrulla y le pregunto a dos policías que si saben dónde fue el accidente, a lo que me responde, que sí, les pido el favor que me guíen para poder llegar al lugar del accidente lo antes posible. Los empezamos a seguir, el camino se me hacía eterno, pero de un momento a otro se esfumaron, se desaparecen”

Empezamos a seguir la carretera ya que no había curvas, era una recta, era un camino oscuro, iban a unos 5 kilómetro por hora, pero no encontraban nada. Después de 20 minutos Astrid logra ver unas luces que titilan, efectivamente eran las del carro, un carro que parecía un acordeón, ella sin pensarlo se baja corriendo.

 Era un lugar solo, con pasto, similar a un potrero. Corre y se lanza por debajo de una cerca de alambre de púas, corre hasta que lo ve ahí, tirado, como cuando se hacia el muerto, pero esta vez no estaban jugando a hacerse los muertos, él había partido.

“Yo quería ir a despertarlo, estaba a unos pasos de llegar a él, solo veía su rodilla, hasta que me cogen por detrás y no me dejan mover”.

  1. Mi muñeco, ven te tapo y te arrullo, yo sé que tienes frío. Vámonos para la casa, ¡Por favooor!

Era la frase que más le repetía. Llegó la media noche y ya habían realizado el levantamiento y confirmaban que quien ya no iba a estar conmigo era mi hijo, ese muchacho de 22 años que tenía sueños y metas.

José con ayuda de su amigo empieza a llamar a su esposo, familiares y amigos de Juan Pablo. Empieza a llegar mucha gente al lugar, también se comunica con la Policía y la Sijin para que realizaran el levantamiento respectivo, porque cuando ellos llegaron él estaba solo. “No había nadie, mi gran hermano lo había dejado botado, el muy cobarde ni siquiera fue capaz de entregármelo o al menos de mandar la policía. A él y a su familia no les pasó nada, raspones, pero hasta ahí, se fue porque era más importante su afán por desintoxicarse”.

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Hasta el infinito y mas allá - tercera parte
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Hasta el infinito y mas allá - tercera parte
Descripción
Una desgarradora historia de cómo una madre vive el viacrucis de la muerte de su hijo y su camino hacia el perdón y la reconciliación con ella misma y sus recuerdos de su hijo en el infinito y más allá.
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