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Homicidio en el 460 – primera parte

Por: Gabriela Santos Ríos                                                                    

Era el 23 de abril, un día como cualquier otro. Rubiela llegaba a su apartamento desconcertada porque su esposo no había asistido a la cita que tenía con ella a las cuatro de la tarde. El silencio abrumaba el lugar, había desorden por doquier. Era raro que Felipe tuviera el apartamento así, pues era un hombre demasiado ordenado.

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A Rubiela se le hizo raro encontrar una botella de trago en la sala, además empezó a notar que había rastros de sangre por todo el pasillo. Su sexto sentido le avisó que algo andaba mal. Entró a la habitación de Felipe, pues al estar casados más de 20 años ya no compartían cobijas. Lo vio acostado y muerto. Una escena desgarradora que dio como primer indicio un suicidio.

Rubiela sin conocer a nadie más en el conjunto donde vivía, sube a donde la vecina del quinto piso que había sido su amiga desde que se mudó allí, esas escaleras que habían de distancia le parecieron más largas que las de la Torre Colpatria. Timbró con insistencia. Le abrió Graciela, la señora de la casa, quien le ofreció su ayuda para revisar si, por obra y gracia del espíritu santo, Felipe aún tenía signos vitales.

Camila, la hija de Graciela, desconcertada, intentaba ayudar a su mamá, pero lo único que esta le pidió fue que se quedara en casa. Al bajar al apartamento de Felipe, Graciela le ayudó a abrir la puerta a Rubiela porque sus nervios no le permitían tener el pulso necesario para girar la llave. Quince minutos después la hija de Graciela estaba en el apartamento desobedeciendo a su mamá. Cuando Camila llegó, alcanzó a detener a la señora de una caída producida por la angustia y el shock que tenía de ver a su esposo así.

Camila, con esfuerzo, acogió a la señora en brazos y la hizo sentar en la mesa del comedor, acto seguido le ofreció un vaso de agua para el malestar, al servir el líquido se dio cuenta que había mangos de cuchillos sin la hoja de metal tirados por el suelo de la cocina, gracias a su inocencia de niña, no supo que podrían hacer parte de una escena del crimen.

Mientras todo esto pasaba, Graciela entraba a revisar a Felipe. En la habitación albergaba un frío propio de otro mundo, la palidez del cuerpo era como de un muñeco de cera. Sus ojos eran dos esferas negras que opacaron el tono azul celeste de los ojos vivaces de Felipe. Era evidente, estaba muerto.

La llamada a la Policía fue determinante, era evidente que había sucedido algo más en ese lugar, no era común que un señor de 60 años se matara de una manera tan atroz y a su vez haya destruido todo a su paso.

Eran las 3pm cuando Camila llegó a su casa, venía dormida en la ruta como cualquier día, después de bajarse de la ruta y llegar a la portería que marca el inicio del corto trayecto a la puerta de su casa en el quinto piso, empieza a caminar somnolienta, escuchando su tipo de música favorita, el reggaetón. Estando a un metro de la puerta de entrada al bloque donde queda su casa, ve que hay un sujeto desde adentro que no puede abrir la puerta, pese a que tiene las instrucciones justo a la altura de los ojos.

El acto preocupa a Camila, pero no tanto como para dejar de caminar. El sujeto desconocido logra abrir la puerta y al cruzarse cara a cara con Camila, esboza una sonrisa digna de admirar y que no brinda ninguna sospecha de nada. Pasan algunos instantes y cuando Camila ya iba en el tercer piso, oye que el señor con el que se acababa de cruzar se devuelve y su sexto sentido solamente le dice que corra, que llegue rápido a su casa.

Empieza a subir de dos en dos hasta tocar la puerta de su casa con afán y miedo. Camila no vivía solo con la mamá, estaban junto a ella su tía y su abuelita. La mamá, doña Graciela, regaña a Camila por golpear la puerta con euforia y tocar el timbre casi hasta quemarlo.

-Su abuela está dormida Camila, no vuelva a golpear así de esa forma, por favor. Le dijo la mamá a su hija con tono de regaño. El instinto de la niña solo fue empujar a su mamá y asegurarse de que la puerta estuviera bien cerrada, incluso hasta echó seguro por precaución. Su mamá al ver con desconcierto el miedo que traía, le preguntó: ¿Qué pasó, por qué vienes tan asustada? Camila le explicó que alguien sumamente extraño había en el conjunto y que venía tras de ella. Graciela abrió la puerta para ver quién era, pero no había nadie.

Los ánimos se calman y Camila sigue con su cotidianidad. Estaba ya tranquila cuando de repente, oye que timbran con tanto afán como cuando ella llegó. Su miedo revivió pensando que era aquel señor desconocido y salió del baño con su celular listo para llamar a las autoridades.

Al salir se da cuenta que es la esposa del vecino hecha un mar de lágrimas creyendo que su esposo se había suicidado. La tía y la mamá ayudaron a la señora a sentarse y calmarse un poco para ponerse en contacto con sus hijos, que en ese momento estaban, cada uno, en sus trabajos.

Camila, dentro de sí misma, pensaba que esto que había sucedido tenía relación con ese hombre que ella había visto antes de entrar a su casa y que le había causado tanto miedo. Su mamá, en un momentico que tuvieron a solas, le pidió que no fuera a decir nada del sujeto que se encontró ya que podría verse involucrada en un proceso legal. Camila acató la orden e hizo como si nunca hubiera pasado por aquella situación.

Llegaron las autoridades alrededor de las 4:30 pm de ese viernes, preguntaron a Graciela quién era ella y por qué estaba con la señora dentro del apartamento. La mamá empezó a relatar lo acontecido desde el momento en el que Rubiela había tocado la puerta de su casa pidiendo ayuda para ver si su marido aún estaba vivo.   

Rubiela, mientras tanto, estaba petrificada en la misma silla donde Camila la había sentado minutos antes. No podía hablar, cualquier cosa que el policía preguntaba ella solo parpadeaba y lloraba. El patrullero Domínguez no tenía otra opción más que continuar con el procedimiento de reconocimiento de cuerpo con Graciela. Procedieron a seguir al cuarto.

El policía no dejaba de mover la vista, examinó cada cuarto dentro de esa casa y notó algo peculiar que desmentía la posibilidad de un suicidio, en todos los cuartos los closets estaban abiertos y con la ropa descolgada. Sin embargo, al entrar a la escena donde yacía el cuerpo color vela, se dio cuenta que una persona con la flacidez de un ser de 60 años no tendría tal fuerza como para hacerse un corte profundo en el abdomen del lado izquierdo.

Graciela y Domínguez decidieron examinar el cuerpo y su alrededor más a fondo, la señora notó que donde estaba parado el policía se dibujaba perfectamente una silueta en puntitos de sangre que coincidía con la posición del cuerpo de Felipe.

Lo que encuentran en el apartamento

Mientras tanto, llegó el paramédico de la ambulancia que con anterioridad había llamado la Policía, él sí podía examinar el cuerpo del muerto. Empezó por mover el brazo izquierdo que cruzaba el pecho de Felipe. Fue algo impresionante lo que vieron, tenía once puñaladas en el pecho y algunas aún tenían a dentro la hoja del cuchillo.

Después al voltearlo, contaron otras siete puñaladas a la altura del omoplato y también tenía el cuchillo adentro. La sábana del colchón donde yacía Felipe era blanca, pero después del suceso quedó completamente roja.

El paramédico confirmó la hipótesis del policía, había sido un asesinato, ya que la musculatura de Felipe no generaba la fuerza que se necesita para enterrarse un cuchillo a sí mismo, tendría que haberlo hecho una persona joven o de mediana edad. Después de esto, encajaba perfectamente la silueta que doña Graciela había visto justo al frente del cadáver.

El policía Domínguez hace el primer respondiente, un acta en la que queda por escrito cómo estuvo el cuerpo cuando ellos llegaron, quién estaba allí, y si tenía signos o no de tortura o asesinato. Después de esto, le dice a doña Graciela que no se puede ir del apartamento porque ella era quien iba a contar los hechos al CTI de la Fiscalía para poder iniciar el proceso de investigación.

Para entonces, ya iban a ser las 6:30 de la tarde y los agentes del CTI ya empezaban a acordonar el lugar. El coronel le pidió a la señora Rubiela que revisara toda la casa por si llegaban a haber faltantes.

15 minutos después encontró que se le habían robado las joyas a ella, se habían llevado todas las lociones de Felipe, pues las coleccionaba, y toda su ropa. Además, su nieto había dejado allí una organeta que su abuelo le regaló por motivo de su grado de bachiller. El joven había personalizado el estuche del instrumento, así que era inconfundible y que más adelante iba a ser pieza clave en la investigación.

Con todo esto, solo le quedaba aclarar quién le habían arrebatado a su esposo. Los criminalísticos procedieron a hacer el levantamiento del cadáver y notaron que el abuelo tenía una foto ensangrentada de su nieto. Apretada, seguro, por la fuerza que hacía mientras agonizaba. Luego de guardar esta foto como posible evidencia, meten el cuerpo de Felipe dentro de una bolsa negra que posteriormente iba a terminar dentro de una bandeja de medicina legal.

A las 7 pm llegaron quienes Graciela llamaba con un toque cómico los huellitas, pues empezaron a tomar todo tipo de huellas dentro de la casa, en el teléfono, en la cocina, en la alcoba, en el baño, en cualquier parte donde había algún rastro del homicidio. Las evidencias dentro de la casa pasaban de 10, comenzaron por la botella de aguardiente que había en la mitad de la sala, hasta la gota de sangre que había quedado al inicio de la alcoba de Felipe.

Acá podrá continuar con la segunda parte: https://www.uniminutoradio.com.co/homicidio-en-el-460-segunda-parte/

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