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La historia de un ciclista que va por la ruta de la vida

Camilo respiraba hondo, no sabía si sus labios temblaban de frío o si eran los nervios. Podía ver a Nairo a unos metros de él, siempre lo admiró desde niño y ahora competir en su circuito era todo un logro.

Por: Jhonatan Santiago Torres Castellanos

Sin duda, Camilo me ha ayudado bastante a comprender el refrán cliché que dice: “No se puede juzgar a un libro por su portada” y bueno, no es que juzgue realmente, pero si usted entra a la farmacia y él le atiende diciéndole “Siga, mi vecino. Buenas tardes” con una sonrisa casi noble, casi llana, casi modesta y totalmente humilde, usted puede darse cuenta de inmediato que demuestra esa característica impregnada a los gestos y a las palabras, totalmente culta del campo.

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Le puede transportar a las inmensas veredas esmeralda en Moniquirá con sus palabras de botas y machete. Esas veredas vetustas en donde las personas lo reciben a uno en su casa con la única condición de que se tome un guarapo bien frio y que le cuente cómo va la vida “primo”. Detrás del mostrador, de las dos cajitas de medicamentos que está ofreciendo a una señora con la que parece se lleva muy bien y detrás de su bata blanca, se esconde un tímido muchacho del campo.

Usted puede verlo ahí de pie, pero él siempre lo verá primero a usted, dejando rápidamente su asiento frente al computador donde registra los medicamentos, y puede ser una persona algo patosa, algo inocente, pero dispara nobleza en todas las direcciones. Un joven alto, delgadísimo en verdad, siempre llevando camisas regulares debajo de la bata.

Aquella señora que se despedía sonriendo detrás del cubre bocas nunca se imaginaria que el joven de tan solo 19 años soñaba con convertirse en una de las leyendas colombianas del ciclismo, que los delgados brazos que le entregaban el sobre de naproxeno no se comparaban en nada con la potencia y la fuerza de unas piernas devastadoras, hechas de puro esfuerzo, trabajo, recuerdos, dolor y dedicación. Vaya, supongo que no puedo volver a ver a nadie igual, todos guardamos cierto mundo aparte de lo que podemos aparentar a primera instancia, en este caso, Camilo es un personaje de historias desde la punta de los pies en los pedales de su rutera hasta lo más profundo de su noble corazón.

Café, raspones y quebradas

«Que vaina ver a Camilo con su panadera de lado a lado, esa vaina pesaba un buen tonel, sinceramente no sabía cómo le hacía para ir desde Casa Vieja hasta Tres Esquinas en eso» dijo Álvaro, Padre de Camilo, frotándose la barbilla con el puño y jugando con una servilleta en forma de flecha en el comedor.

Álvaro le había traído la bicicleta panadera a Camilo para su décimo cumpleaños, se la había regalado sin pensar en que no tenía tiempo para enseñarle porque en esos días tenía que ayudarle al suegro. “Estaba la bendita broca jodiendo los cafetales y ni por el dianchiro podía dejar que dañaran el cultivo. Berraca plaga. Para suerte de Camilo, que jugaba con una volqueta de plástico y una figura de acción de Superman (el de la película del 78) su hermano mayor Brayan era una máquina de hacer cosas, sabia de todo el verriondo y se ofreció a enseñarle, así pues, Camilo fue aprendiendo rapidísimo y no volvió a tocar la volqueta nunca más”.

Esa bicicleta fue el mejor regalo para el niño que ahora se iba con su hermano (Que se había valido una del tío Horacio), de aquí para allá haciendo recados a cualquiera de los primos que estuviera por ahí. Las quebradas eran lo favorito de Camilo, cuando terminaba de ayudarle a su papá los fines de semana, agarraba la panadera y hasta la “Honda” se iba, regresando la mayoría de las veces con las piernas moreteadas y los codos llenos de raspones. Berraco. Camilo se volvió uno de a poquito con su bicicleta, y bueno, le dio durísimo no poder llevársela para Bogotá cuando se fue del campo de una vez por todas. Tremendo, tremendo.

Las cosas de Dios

«Fue difícil. Aun sigo sin saber qué pensar de eso, no lo entiendo. Siempre he dicho que Dios hace las cosas a su manera, pero de verdad que no comprendo porque me lo quitó así» Virginia hablaba apagada, me di cuenta de que, al igual que su esposo ella, jugaba con las servilletas y llevaba los ojos a los manteles rojos de la mesa, buscando recuerdos o quizá buscando aquellas respuestas que era evidente que se hacía.

A Camilito le resultó difícil venir a Bogotá, de todos modos, tenía sus amiguitos en la finca y la familia obviamente, hacia muchas cosas allá. Dios mío. Camilo se adaptó rápidamente a pesar de todo, conoció a sus otros primos de la ciudad y se llevaron bien. Empezó a estudiar en un colegio cercano, le iba bien, lo normal. Nunca repitió un año. Además, él siguió montando bicicleta acompañado de su hermano siempre, quien estaba a punto de terminar el colegio cuando ocurrió el accidente.

Brayan era juicioso, nunca demostró rebeldía y bueno, ojalá la hubiera demostrado aquella mañana. Camilo estaba durmiendo todavía aquel domingo, su hermano ya se había levantado a traer lo que su madre Virginia le había pedido, todo anotado en una hoja de papel rota y escritas las cosas del desayuno con un esfero azul. Dios mío, no regresó. Camilo se despertó y no vio a sus padres en la casa, les preguntó a sus tíos, que también vivían en la casa, y temblando le respondieron que había pasado algo pero que todo saldría bien, que no se preocupara.

Ay, Dios. Los tíos de Camilo cuidaron de él toda esa tarde, ya se habían enterado de que a Brayan lo había atropellado una tractomula mientras iba a comprar el desayuno. Lastimosamente no sobrevivió. El llanto de Virginia inundaba la mente de Camilo cuando regresó en la noche y no durmió. En toda esa madrugada se dedicó a llorar, llorar y orar. Camilo, en su cuarto, parecía inexistente, aislado, durante los días siguientes fue la persona más silenciosa del mundo. Dios mío, estaba solo ahora. ¿Por qué Dios? La madre de Camilo lo abrazaba, supuestamente consolándolo, pero había algo extraño, realmente era ella quien necesitaba consuelo. Las lágrimas hirviendo mojaban el cabello castaño de Camilo.

Las lágrimas volvieron a salir. Esta vez, la servilleta con la que Virginia jugaba le hacía consuelo, le corría el maquillaje de las pestañas y los recuerdos de las mejillas. Dios mío, dijo otra vez entre sollozos.  

La escalada

«Es un pelado muy capaz. Menos mal nos metimos en esto, ha sido genial, con él y el equipo ahora mismo somos todo» Wilmer dijo pocas cosas más aparte de demostrar alegría y ansia, cuando contaba sus experiencias en el equipo y con Camilo acompañaba las palabras con gestos de acción, todo un actor.

Pasaron un par de años, Camilo había dejado de practicar puesto que no se veía capaz de hacerlo sin su hermano. Para él, era un símbolo de respeto el dejar la bicicleta con la que salía correr en honor a su hermano. Ahora se dedicaba a estudiar y trabajar en una farmacia familiar. Soñaba con ser piloto comercial.

Camilo se volvió cercano a un familiar que apenas conocía. Wilmer, de 22 años, era un amante al ciclismo y trabajaba con Camilo en la farmacia. Ambos se divertían. Camilo lo acompañó un par de veces a rodar en las afueras de Bogotá, pero siempre se iba con el papá de Wilmer en una Chevrolet plateaba, sentado en la segunda silla de adelante sintiendo el fresco aire que antaño le acompañaba sobre la bicicleta. Ese era el plan de Wilmer, devolverlo al mundo deportivo que recordaba en secreto.

En una de tantas travesías, Wilmer y su equipo de ciclismo le convencieron de montar, al menos solo hasta las afueras de Bogotá. Camilo comprendió en aquel viaje que el ciclismo era su pasión, que podía forzarse a volver a lo que amaba, que su hermano estaría orgulloso viéndolo pisar los pedales con fuerza a ritmo del cronometro donde estuviera. Entonces Camilo se decidió, empezaría a entrenar empíricamente con el equipo de Wilmer y trabajaría para comprarse la bicicleta de sus sueños, y algún día lograría estar en una competencia verdadera. Lo había logrado, Wilmer y el equipo murmullaban detrás de Camilo, aplaudiendo su intención de revivir el espíritu deportivo del joven. Camilo solo se limitó a reír.

La meta

«¡Si! Creo que yo estaba más feliz que él mismo, verlo ahí, junto a Nairo y con el corazón a mil, estaba muy, muy emocionada» Lluvia lo miraba mientras hablaba, sus ojos brillaban cuando materializaba sus emociones con palabras, la emoción, el amor, la pareja era de ensueño.

Camilo respiraba hondo, no sabía si sus labios temblaban de frio o si eran los nervios. Podía ver a Nairo a unos metros de él, siempre lo admiró desde niño y ahora competir en su circuito era todo un logro. Eran muchas personas, cientos, salían de a parejas o tríos, no sabía, miraba a Lluvia desde lejos y se despidió con una sonrisa. Su novia se la devolvió y le deseó buena suerte moviendo los labios lentamente. La bocina sonó por décimo tercera vez. Encendió el cronometro y pedaleó.

Para Lluvia fueron unos largos días, ella lo esperaba en su casa junto con Álvaro y Virginia, la competencia duraría poco pero no era cerca así que la presión realmente escandalizaba a la joven. Cuando Camilo por fin llegó se sentó sobre las escaleras y empezó a llorar. No le había ido bien pero tampoco mal, la competencia fue durísima, pero hizo lo que quería, logró su objetivo a pesar de las horas y horas pedaleando, Camilo logró llegar a la meta.

Camilo, es como un super héroe, entre semana es un farmacéutico que labora diariamente de manera desapercibida, sencilla y humilde. Pero, en los fines de semana se convertía en su mejor versión, un guerrero sobre dos ruedas que competía por llegar cada vez más lejos y cada vez en menos tiempo. Su equipo estaba orgulloso de él y su historia, su novia le amaba con locura y lo motivaba a pedalear cada vez más fuerte. Sus padres, son las columnas que sostienen sus sueños y, sin duda, su hermano es la vanguardia que defiende desde cualquier lugar las aspiraciones del joven ciclista que sueña en convertirse algún día en una leyenda del ciclismo colombiano. Alzándose sobre su bicicleta, encaminándose a, como él lo llama, la rodada más dura de todas, la ruta de la vida.

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