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La realidad transgénero: Discriminación e indiferencia, una pandemia más letal que el Covid-19

Esta crónica es solamente una historia, un caso, una mujer, un ser humano que murió en la calle, en condiciones nefastas, pasó sus últimos minutos viviendo la indiferencia, la discriminación y siendo víctima de los juicios de valor.

Por: Laura Alexandra Fajardo Roa y Laura Isabel Escuraina Hernández

Una mujer perseverante y optimista ante las dificultades a las que a diario se enfrentaba, así le recuerdan. Su nombre se volvió sinónimo de lucha, lo que en vida fue Alejandra Monocuco, hoy es inspiración para quienes en pleno siglo XXI, libran una batalla en contra de la discriminación de género y los estigmas sociales acerca del VIH y las diferentes enfermedades de transmisión sexual de la que son víctimas frecuentes los miembros de la comunidad LGBTI.

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Tristeza, angustia, miedo, dolor, pero sobre todo rabia, fue lo que sintieron el pasado viernes 29 de mayo los habitantes del barrio Santa Fe, tras la muerte de Alejandra Monocuco. Una mujer transgénero de 39 años de edad, víctima del conflicto armado y trabajadora sexual de la zona, la cual, como si todo lo anterior no fuera suficiente, era portadora de VIH; situación de la que tenían conocimiento su familia y personas más cercanas; pero era evidente que esto nunca le había causado ninguna afección que le impidiera llevar su vida con normalidad.

Alrededor de las 12:00 am, Diana, amiga y acompañante de vivienda de hace varios años, se comunicó a la línea de emergencia 123. Alejandra no podía respirar bien. ¡me ahogo! ¡me ahogo! ¡Ayúdenme! Eran las únicas palabras que decía con desesperación. Diana lo único que sentía en ese momento era miedo. Temor de perder a una de las personas que la había acompañado durante casi 10 años de vida, sentía impotencia al no poder hacer algo para salvarla. Cuenta que duraron más de 50 minutos esperando una ambulancia que después de la eterna espera y la angustiosa demora, llegó al sitio con los paramédicos.

“Los chicos empezaron a ponerse todos sus trajes, duraron como 20 minutos y ella suplicando porque ya medio hablaba, el ahogo no la dejaba, que por favor le ayudaran. Llegó el chico, eso empezó a mirar, a tomar la temperatura, le sacó sangre de un dedito. Dijo que no eran síntomas de eso (coronavirus)”, relata Navarro.

Después de la larga espera, Alejandra por fin recibió atención médica. Sin embargo, esto no fue alentador, ella se enfrentaba no solo a la afección respiratoria sino ahora a la discriminación de los paramédicos, quienes dejando de lado el código de ética laboral, realizaron juicios de valor al saber la condición de VIH positivo de la paciente. La actitud que asumieron fue de inmediato negativa, además, como cuenta la testigo, entre más pasaba el tiempo, la situación de Alejandra empeoraba.

En ese momento se habló de una posible “Sobredosis”, diagnóstico dado sin una revisión pertinente, que “eso que presentaba se le iba a bajar”, que se tranquilizaran y no le dieran nada de comer porque se podía ahogar, pero en ese momento ya se estaba ahogando.

 “NO, yo la veo mal, a mí me da mucho miedo, por favor llévela al hospital, ¡Dios mío!” suplicaba Diana al personal de primeros auxilios, pero la única respuesta que recibieron fue que no podía ser trasladada a un Centro Médico porque no tenía síntomas de Covid. Las indicaciones que le dieron, fue que se mantuviera pendiente que “eso se le va a bajar” (refiriéndose a la supuesta sobredosis) Diagnóstico que le costó la vida.

A pesar de verla sin aire y teniendo una bala de oxígeno en la ambulancia, no hicieron nada más por ayudarla y prefirieron irse a una esquina a tomar tinto y fumarse un cigarrillo, mostrando una actitud déspota e inhumana.

Indignación era lo que en ese momento Diana estaba sintiendo al ver que Alejandra se ponía cada vez peor. En su cama, sin atención, sin oxígeno y en una inmensa agonía, Alejandra murió 40 minutos después de que el personal médico se retirara del lugar. Las personas que se encontraban en ese momento procedieron a llamar de nuevo a la línea de emergencia para confirmar la muerte de la víctima. El personal de salud regresó y sobre las 2:40 am se confirmó el lamentable deceso. La Secretaría de Salud, tras encontrar el cuerpo sin signos vitales empezó la investigación para determinar la causa de su muerte y poder certificar su deceso.  Sin embargo, sólo procedieron a tapar a la difunta. Desde las 3:30 am llamaron a todas las líneas de atención para solicitar el levantamiento. A las 9:00 am llegó el Quince a embalarla y solo dijeron que lo tenía que recoger una funeraria. 15 horas después del fallecimiento, hacia las 4:50 pm, se hizo el levantamiento del cadáver de Alejandra.

Pasadas dos semanas de su muerte, Claudia López, alcaldesa de Bogotá y el Secretario de Salud Alejandro Gómez, se pronunciaron frente a la negligencia cometida con la víctima.

“Las condiciones que rodearon la muerte de Alejandra, la mujer transgénero en días pasados, están siendo objeto de investigación por parte de la Secretaría de Salud. Mientras estas investigaciones llegan a buen final, reconocemos públicamente el error que conlleva a hablar de un desistimiento escrito que nunca existió, y pedimos excusas por el dolor y confusiones que esto haya podido generar dentro de su familia y amigos”.  Declaró Alejandro Gómez.

Aunque la disculpa presentada por el Secretario de Salud fue pertinente, estas no fueron palabras que reconfortan a los dolientes de Alejandra. Lo único que esperaban después del lamentable deceso, era justicia y que se juzgue ante la ley a los implicados.

A raíz de estas investigaciones que se presentaron por la negligencia y el gran error cometido en el caso de Alejandra, la red comunitaria trans convocó a una marcha el pasado 3 de julio para exigir justicia y rechazar la violencia contra la población LGBT.

Entre protocolos políticos, disculpas públicas, indignación y dolor por lo ocurrido con Alejandra Monocuco, al final quedan interrogantes en cuanto a la mala praxis por parte del personal paramédico y por cómo se llevó a cabo el protocolo de auxilio y posterior levantamiento del cadáver de esta mujer trans, luchadora, aguerrida y con muchos sueños que junto con el aire que respiraba, poco a poco se fueron esfumando aquel 29 de mayo.

Lo más frustrante es que nada, absolutamente nada, logra calmar el dolor de su familia y amigos, no hay una sola palabra, que atenúe la impotencia de sus seres queridos y de sus compañeras de trabajo, mujeres trans que sin importar la crisis pandémica que atraviesa el país deben salir noche a noche a trabajar, así como lo hacía Alejandra, y eso, es lo grave, que la violencia y discriminación hacia esta comunidad se hacen presentes a diario, siguen siendo invisibles para las autoridades,  solo son una cifra más.

Escribimos estas líneas, haciendo un llamado a la empatía, al respeto por la vida, al amor filial, escribimos en memoria de Alejandra Monocuco, y de aquellas víctimas que a diario libran una batalla con enemigos invisibles pero letales. Escribimos esperando que algún día, las peticiones de la red comunitaria trans sean escuchadas y que casos como el de Alejandra, queden abolidos para siempre, que todos puedan vivir en libertad, acceder a sus derechos y ser vistos con respeto.

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