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La tuna se convierte en aliada frente a la sequía en Bolivia

Comunidades rurales, centros de investigación y autoridades locales en Bolivia están apostando por la tuna forrajera como una opción productiva frente a los impactos climáticos.

Por Rocío Corrales

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Un hombre alto con un sombrero largo que le cubre el rostro lleva una decena de pencas de tuna (Opuntia ficus-indica) en una carretilla, las coloca en una tabla y empieza a cortarlas en pequeños trozos. Al terminar, las lleva a un corral de cabras, las cuales las devoran de inmediato.

Las pencas de tuna forrajera carecen de espinas y se están convirtiendo en una alternativa de alimento para el ganado durante las épocas de sequía en comunidades rurales semiáridas y con sequías prolongadas.

El municipio de Pasorapa está a ocho horas de viaje de la ciudad de Cochabamba, Bolivia. El intenso calor, la falta de lluvia, las heladas y la desertificación de los suelos golpean a esta comunidad debido a los impactos climáticos, que llevan más de dos décadas afectando al municipio, con afectación directa en la ganadería, la agricultura y la calidad de vida de sus habitantes.

“El mayor problema en Pasorapa es el agua, que se viene arrastrando desde hace varios años. Tenemos serios problemas con el agua para el consumo humano, para el consumo del ganado y para el riego. Cada año, nuestro municipio se declara en desastre natural por el tema de la sequía”, asegura el alcalde, Ismael Ríos.

En Pasorapa no hay lluvias. Los cultivos se secan y el ganado carece de alimento. Cada año mueren, en promedio, de 200 a 400 cabezas de ganado, que representan la principal actividad económica de la comunidad.

Por ello, 27 comunidades rurales, centros de investigación y autoridades locales están apostando por implementar la tuna forrajera como alimento para el ganado en municipios del Cono Sur de Cochabamba.

La Gobernación de Cochabamba, en coordinación con el Centro de Investigación en Forrajes “La Violeta” de la Universidad Mayor de San Simón (CIF-UMSS), establecieron un convenio interinstitucional para implementar este plan de productividad de la tuna forrajera como opción alimentaria en tiempos de sequía.

Ilustración de María Alejandra Salvatierra

Sequías y crisis climática

Actualmente, la mitad de los 336 municipios de Bolivia sufren de sequía desde el 2022, lo que “afectará la seguridad y soberanía alimentaria”, según declaraciones del vicecanciller Freddy Mamani en los Diálogos regionales del agua en América Latina.

Alrededor de 168 municipios padecen por la sequía extendida, lo que significa que 5.559 comunidades y 647.015 familias se encuentran gravemente perjudicadas.

“La producción agrícola está severamente afectada y, por consiguiente, afectará la seguridad y soberanía alimentaria”, advirtió la autoridad.

Las principales regiones productoras del país se encuentran en estado de emergencia debido a la sequía prolongada, mientras que las represas y los lagos disminuyen sus niveles de agua gradualmente.

El Monitor de Sequías de Bolivia es una plataforma para el monitoreo y la divulgación de las condiciones de sequía en el territorio boliviano. Según sus reportes, el déficit de lluvias y la desertificación de los suelos, que aqueja al país, comenzó en 2019 y continúa a la fecha, poniendo en jaque tanto a productores locales como a la soberanía alimentaria.

Muestras de tuna en Centro de Investigación en Forrajes (CIF) “La Violeta”.

Tesoro escondido bajo las espinas

Son jugosas, carnosas, sabrosas y ofrecen a los productores un alimento saludable; así son las diversas variedades de tunas producidas en diferentes regiones del país y, además, son plantas resistentes a la sequía. El cultivo de tuna se desarrolla en cualquier condición climática sin importar la calidad del agua y el suelo.

Comunidades como Aiquile y Yamparáez prevén el cultivo en parcelas que serán utilizadas para la producción de alimento familiar, sustento para el ganado y para la generación de ingresos económicos.

“La tuna nos salva, no necesita agua, le dejas así nomás y luego las recoges (…) Donde sea, produce nomás”, explica tímidamente Aurelia, agricultora del valle alto de Cochabamba.

Su alta tolerancia al calor y su bajo consumo de agua es capaz de proporcionar combustible y alimento en lugares donde, hasta ahora, no ha sido posible producir de forma sostenible.

Aurelia cosecha las tunas al menos dos veces por año; ni siquiera tiene que regarlas, le parece un alimento noble que “no necesita mucho trabajo en la tierra”.

Al igual que esta comunidad rural, ubicada 142 km al este de la ciudad de Cochabamba, la producción de tuna es en realidad un cultivo secundario para las y los productores. El principal ingreso para las familias agricultoras proviene de actividades externas como la ganadería o la agricultura.

Jaime Ferrufino es otro productor que cuenta con parcelas de tuna en la Comunidad Méndez Mamata, en el municipio de Tarata del departamento de Cochabamba. Él asegura que el cultivo de tuna puede ser una alternativa para la gestión del cambio climático, lo que propicia una mejor situación socioeconómica para productores y productoras.

De acuerdo con los relatos de las familias agricultoras, la tuna no demanda muchos cuidados y se adapta a cualquier clima y suelo; por tanto, es ideal para la diversificación productiva, económica y la gestión de la variabilidad y el cambio climático en comunidades que solo disponen de agua en época de lluvias y carecen de riego permanente.

Ganado caprino comiendo pencas de tuna forrajera.

Resiliencia climática

No hay duda, las zonas secas van a ser más secas debido al cambio climático. De ahí que nuevos cultivos en suelos degradados, el uso eficiente del agua para riego y el adaptar las plantas para que toleren el estrés hídrico, son algunas innovaciones que se consideran para hacerle frente a la crisis climática en Bolivia.

El investigador del Centro de Investigación en Forrajes (CIF) “La Violeta”, Ronald Camacho, explica que el trabajo investigativo de la tuna como estrategia de adaptación al cambio climático empezó en 2014 a partir de las experiencias locales.

“Con su introducción a gran escala, se busca reducir la mortalidad del ganado que es afectado por la falta de agua y forraje”, añade.

La coordinadora del Programa Tuna Forrajera del CIF, Cecilia Isabel Caero Pérez, asegura que cuentan con 460 pencas de tuna sin espinas para distribuirlas en 27 municipios como alternativa de forraje para el ganado.

“Tenemos cinco huertos madre con tuna forrajera de características particulares. Los huertos están implementados de manera tradicional y luego serán difundidos en otros municipios”, agrega Cecilia.

El programa contempla una primera fase, que es la reproducción de tuna forrajera de manera tradicional. La segunda fase contempla la plantación in vitro; es decir, en laboratorios.

Cecilia cree que los beneficios de la reproducción in vitro de la tuna se centran en la masiva distribución de las tunas, garantizando la óptima la sanidad de las plantas.

“Existen zonas deprimidas por los impactos climáticos, donde el ganado muere de sed y por falta de alimento. La tuna es una alternativa siempre verde que podría alimentar al ganado, así como recuperar los suelos y protegerlos contra la erosión”, resalta la experta.

Rehabilitación de ambientes semiáridos degradados

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), hasta un 35% de los suelos agrícolas de Bolivia se encuentran degradados. Además, el 60 % de la población boliviana vive y produce en un entorno de degradación, lo que la expone a una gran vulnerabilidad y a la inseguridad alimentaria.

El informe Ecología del cultivo, manejo y usos del nopal de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Centro Internacional de Investigaciones Agrícolas en Zonas Áridas, apunta que el nopal tunero es un cultivo de múltiples propósitos en tierras áridas y está destinado a volverse más importante conforme el calentamiento global y la desertificación se incrementan a escala global.

“Los bienes y servicios proporcionados por los nopales incluyen control de la erosión del suelo y el agua, regulación del clima a través del secuestro de carbono, conservación de la biodiversidad, hábitat para la vida silvestre y beneficios farmacéuticos e industriales”, resalta el informe.

Por su parte, el estudio Recuperación y valorización de cactáceas, para uso forrajero, como una forma de adaptación al cambio climático para apoyar la producción animal en zonas áridas y semiáridas de Bolivia del Centro de Investigación en Forrajes “La Violeta” de la Universidad Mayor de San Simón, menciona que la tuna prospera en condiciones de poca precipitación, produciendo forraje verde todo el año y aportando una cantidad importante de agua, y resultando en un cultivo poco valorado.

“Es una alternativa que puede constituirse en un recurso importante para la economía rural de las zonas áridas y semiáridas, en general, debido a los altos rendimientos que se pueden obtener en términos de forraje, además de que se puede promover su uso en grandes superficies de terreno que carecen de una precipitación pluvial adecuada para la siembra de otras especies más exigentes de agua y suelo”, concluye el informe.

Además, la aplicación de materia orgánica en la plantación de tuna tiene una respuesta altamente favorable, incidiendo directamente en el rendimiento en forraje, lo cual se está probando en Bolivia.

Alimento sostenible y cultivo de forraje

“Las zonas que tradicionalmente han sido degradadas por el sobrepastoreo o que fueron deforestadas para introducir cultivos extensivos, con el impacto del cambio climático han sido abandonadas y se han convertido en suelos áridos. Sin embargo, pueden ser revitalizadas implementando esta especie que se adapta sin problemas”, explica Víctor Arispe, técnico de la Secretaría Departamental de Desarrollo Productivo de Cochabamba.

Para Arispe, la tuna desarrolla un sistema radicular denso que captura toda la humedad disponible. Este cultivo es apto en suelos de clase tres o cuatro, suelos considerados marginados para otras actividades productivas, pero pueden ofrecer forraje y ser aprovechado económicamente.

“Esta planta puede generar materia seca con menos cantidad de agua disponible”, agrega.

Para producir un kilo disponible de alfalfa se necesitan 1.000 litros de agua. Un kilo de materia seca de trigo o avena requiere 500 litros de agua; en cambio, la tuna forrajera necesita de 150 a 260 litros de agua para generar materia prima.

Arispe sostiene que la tuna es más eficiente para producir materia seca en cuanto a uso de agua y, al mismo tiempo, es un forraje altamente nutritivo y suplementario para el ganado.

“Queremos evitar que se abandone la vocación productiva y la migración fuera de las zonas rurales. Si impedimos la mortandad del ganado durante las sequías, les ofrecemos a las comunidades la oportunidad de fortalecer la agricultura familiar”, concluye el experto.

Fuente: Este artículo fue elaborado con apoyo de LatinClima, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y el Centro Científico Tropical (CCT) por medio de la iniciativa Historias que cuentan cambios.

| Nota del editor *

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