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[Opinión] El Horror en los Tiempos del Corona

De repente, si García Márquez viviera pudiera estar pensando en una nueva novela, quizás una secuela de «El Amor en los Tiempos del Cólera», y tal vez estaría pensando en titularla «El Horror en los Tiempos del Corona».

Por: Aura Isabel Mora

De repente, si García Márquez viviera pudiera estar pensando en una nueva novela, quizás una secuela de «El Amor en los Tiempos del Cólera», y tal vez estaría pensando en titularla «El Horror en los Tiempos del Corona».

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Hace pocos meses, empezamos a oír noticias del tal Coronavirus en China, lo primero que se nos vino a la mente fue… No, no fue mucho lo que se nos vino a la mente; y es que ¿cómo?, en ese entonces no sabíamos nada del tal Coronavirus. No fue sino hasta cuando se empezó a hablar de la posibilidad de una pandemia que empezamos a pensar en el asunto, la verdad es que se empezó a pensar de lo más despreocupadamente, recordamos al H1N1 y dijimos “será igual, no pasará a mayores”, “China está muy lejos, imposible o difícilmente llegará hasta acá”.

Pero, la situación empezó a agravarse un poco, y empezamos con teorías de la conspiración “ese es un virus creado por los Estados Unidos como arma en la guerra biológica contra China”, “ese virus lo hizo China como arma biológica en la guerra comercial contra Occidente” (no faltando quien se burlara o pusiera en duda la calidad del virus por ser “Made in China”), “ese virus lo hicieron las farmacéuticas para después vendernos la vacuna y la medicina”, “ese virus lo hicieron los dueños del Orden Mundial para forzar a la sociedad a aislarse en sus casa e impedir que salgamos a marchar y a protestar”. Y, seguramente, muchas de estas hipótesis tengan razón.

Cuando la situación empeoró y se empezó a hablar de un inconmensurable número de muertos en China, de la hermética cuarentena en Wuhan, de la propagación real a otros países y de la inminencia de la pandemia, el pánico hizo su entrada protagónica en las tablas. Las escenas que veíamos en televisión y redes sociales de médicos con trajes de astronautas y de limpieza de calles y sitios públicos con agua a alta presión y hasta con radiaciones, quién sabe de qué tipo, nos dejaron pensando un horror más para vivir en estos tiempos de una Colombia rota.

Las recomendaciones de la OMS, las gestiones de los gobiernos y, obviamente, la cantidad de información (no siempre muy fiable, pero sí muy disímil) de las redes sociales hicieron que nos preguntáramos ¿¡qué clase de virus es ese!? Mientras sentíamos, que estelarizábamos una de esas películas de terror o de ciencia ficción de bajo presupuesto en las que una maligna e inatajable niebla mata a discreción a todo aquel que la respire o una de esas series pos-apocalípticas de zombis en las que se lucha para que los muertos vivientes no nos conviertan en uno de ellos.

La pandemia del Covid19, por lo menos en Colombia, ha generado hechos que más que anecdóticos son muy dicientes. El primero de ellos fue el hecho ocurrido en Neiva, la capital del Departamento del Huila, donde los vecinos de dos personas que resultaron positivos en el examen del Coronavirus atacaron y apedrearon su casa. Lo que demuestra, más que evidente ignorancia e intolerancia, es la forma de ver la vida del colombiano promedio, como las predilecciones de este modus vivendi: el exterminio de todo lo que crean que les puede hacer daño como única solución al problema; el uso de la violencia, sin importar la brutalidad o barbarie con la que se ejerza; y ver a su par, coterráneo, vecino o prójimo que deviene en diferente, como el enemigo que puede hacerle daño y que por lo tanto se debe exterminar.

El siguiente fue “el choque de trenes” entre los gobiernos locales y el nacional, respecto de las medidas para el control de la pandemia en el país. En Colombia, quienes se adelantaron en las actuaciones fueron los gobiernos locales y regionales, ante la pasmosa y reprochable displicencia del Gobierno Nacional para la gestión de medidas preventivas.

En el caso de Bogotá su alcaldesa Claudia López, tranquila pero firme, es quien toma las primeras medidas. Envía el mayor número de personas a realizar teletrabajo, dos días después decreta un Simulacro Vital, en el que se establece un aislamiento durante el fin de semana. Entre tanto, en el caso de otras regiones del país, los gobiernos locales y regionales tomaban medidas de toques de queda para evitar la movilización de las personas. Adelantándose todos ellos al presidente Duque, quien mientras pasaba todo esto se negaba a decretar medidas de cuarentena o que restringieran la movilidad de las personas y al cierre de los aeropuertos. Por el contrario, se atrevió a sacar un decreto mediante el cual se establecía que las gestiones de los gobiernos locales y regionales debían ser “coordinados” con el gobierno nacional, y establecía la imposición de duras sanciones a los que no acataran el decreto. Solamente hasta el sábado 21 marzo, el presidente decreta las medidas que se esperaban de parte de él y del gobierno nacional. 

Otro de los hechos es que, en los primeros días de la emergencia los habitantes de los barrios más populares de la Capital del país eran los más tranquilos ante el peligro del contagio, el primer día de aislamiento se veían en actividades normales, al contrario de los habitantes de los sectores más favorecidos, quizás debido a la lógica que les decía que el virus entró al país en un avión que cubría, obviamente, un vuelo internacional, procedente de Europa, lo que dejaba a los pobres en una posición favorable frente a la posibilidad de contagio por esta causa. Lo cual cambió el sentido de la discriminación en las relaciones socioeconómicas entre las élites y las populares, que se notó en cómo fueron las clases media y alta los que protagonizaron el pánico económico que en hordas de compulsivos desabastecieron mercados, mientras que la clase baja permaneció tranquila y respetuosa de sus rutinas cotidianas.

Otra parte de este hecho, es que en algunas publicaciones en redes sociales de europeos decían que ahora son ellos los discriminados en los aeropuertos de los países a donde fueron de visita. Lo cual, más allá de la supuesta discriminación se constituye paradójicamente como la documentación de la real discriminación que verdaderamente viven y padecen los viajeros y migrantes del Tercer Mundo a Europa y Estados Unidos.

Lo cierto es que la vida cambió, todo cambió. Largas y pesadas filas, más de aterrorizados que de compulsivos compradores que desabastecían supermercados, que veían como se vaciaban sus estantes de víveres y abarrotes, de botellas de alcohol, de jabón y de artículos aseo para el hogar, de tapabocas y, absurda e increíblemente, de papel higiénico, y que mientras veían todo esto. Los dueños se apuraban a incrementar los precios, sentenciando con tiranía las consignas de la ley de la oferta y la demanda. Los niños y jóvenes no van a las escuelas y colegios, tampoco salen a jugar al parque; a los universitarios sus clases se le convirtieron en virtuales, sus profesores tuvieron que empezar a usar herramientas tecnológicas que nunca habían usado; a los trabajadores y empleados se les mandó a sus casas, en algunos casos a hacer teletrabajo, también desde un computador; a los viejos se les prohibió salir a la calle, a las familias se les alargó el tiempo de compartir y la convivencia se les viene como impuesta y obligada. Ante lo que cada uno de los aislados se preguntan si tal convivencia con sus vecinos será de disfrute o de tedio, tedio que en algunos casos hizo del “aplausatón” por los trabajadores del sector salud el más divertido de los planes y programas hogareños, pues, aunque fuera sólo a la ventana se trataba de realizar una actividad extremadamente extraña para estos tiempos: salir.

Más allá del sistema y del modelo que gobiernan y rigen a este mundo, hay otras situaciones que nos presenta la pandemia, como el aclaramiento de algunos ríos contaminados, el avistamiento de animales silvestres en ciudades, y hasta de delfines en las otrora playas turísticas. Tuvimos que darnos cuenta, como dijo en El Espectador William Ospina, que podemos vivir sin aviones pero no sin aire, que los árboles trabajan más por la vida y por el mundo que los gobiernos, que como pensaba Schopenhauer la salud es la felicidad. Si los humanos día y noche enrarecemos la vida, intoxicamos el aire, arrinconamos al resto de los vivientes, alteramos los ritmos de la naturaleza y destruimos su equilibrio, el mundo tiene catástrofes compensatorias y un sistema de silencios forzosos, de quietudes obligatorias, de ejércitos invisibles que trazan líneas rojas, que neutralizan los daños, controlan los excesos, imponen la moderación y equilibran la Tierra.

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