Imagen tomada de colombialegalcorp.com

Por: Lizeth Dayana Guerrero

Todo empezó en un pueblo de Cundinamarca llamado Pasuncha, donde Leonilde Moreno nació y vivió gran parte de su vida; allí tuvo sus mejores momentos, pero hay un día que la marcó, el día que Leo califica como uno de los días más dolorosos de su vida.

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Era el sábado 27 de abril del año 2002. Como de costumbre Leo se encontraba alistando su restaurante para el domingo, el día de la semana más importante para el pueblo, donde, además, todos usan sus mejores prendas para ir a mercar. Mientras su padre, el señor Ariel, encerraba los terneros y arrancaba la yuca para el arduo trabajo del domingo, Leo, junto con su madre, la señora Blanca, se dirigían a lavar el negocio. En ese momento vieron llegar una camioneta verde en la que iban varios hombres armados.

En el instante nada pasó por su cabeza, hasta que los hombres de la camioneta se bajaron y se acercaron para preguntarle por su padre. Entonces Leo se asustó. Veinte minutos después vio cómo esos mismos hombres lo encañonaban para montarlo en la camioneta. Unas cuadras más adelante bajaron a don Ariel del vehículo y empezaron a golpearlo con la cacha del fusil, cuando Leo se percató de lo que sucedía se apresuró a defender a su padre, pero los hombres también la golpearon en medio de insultos. Cuando su madre se enteró del incidente, intentó socorrer a su hija y a su esposo, con la misma suerte de sus familiares.

Con el paso de las horas continuaron torturando al señor Ariel, mientras las dos mujeres eran insultadas. De repente la señora Leo vio en una esquina del pueblo a sus dos pequeñas de 2 y 4 años que, en medio de lágrimas y gritos, presenciaban los vejámenes a los que estaban siendo sometidos. Entre balbuceos decían: “sangre al abuelito”. De repente llegó Janet, prima del padre de la pequeña de 2 años que se llevó a las dos niñas a su casa.

Luego de un rato los hombres montaron de nuevo en el asiento del copiloto de la camioneta al señor Ariel, al tiempo que le apuntaban a la cabeza con una escopeta de dos cañones y bajo el mentón con una de un cañón. Producto del desespero, la señora Leo empezó a rezar: “le pedí al niño Dios que me diera fuerzas para poder rescatar a mi papá, y que mi mamá se desmayara para que dejaran de pegarle a mi papá. Como pude saqué fuerzas para que mi mami no se cayera al piso y mi papi hizo lo mismo para soltarse de esos hombres y ayudar a mi mamá, sin importarle que él estaba en peor estado que nosotras”.

Entre el señor Ariel y la Señora Leo llevaron a la señora Blanca hasta el puesto de salud del pueblo. En el camino se encontraron con un primo que les ayudó a llevarla. Mientras los atendían, los hombres llegaron hasta el puesto de salud, empezaron a golpear la puerta y a insultar a la doctora y a la enfermera que los estaban atendiendo. Vociferantes le gritaron a la familia que les daban veinte días para salir del pueblo. A pesar de ello la familia hizo resistencia durante un mes permaneciendo en su hogar.

“Todos los días vivíamos con el miedo de que llegaran a hacernos algo”. El domingo 26 de mayo apareció uno de esos hombres diciendo que necesitaba al señor Ariel y a la señora Blanca para exigirles que se fueran ese mismo día o que les pondrían una granada en la casa y que los matarían. La señora Leo alistó todo lo necesario para poder vivir en otro lugar, a sabiendas que no podría llevarse la mayoría de sus pertenencias.

El señor Ariel le pidió ayuda a uno de sus vecinos para que los ayudara a salir del pueblo en la madrugada, pero el hombre no llegó. Entonces la señora Leo corrió hacia una finca a pedirle ayuda a otro vecino, quien les advirtió que cuando entraran a la camioneta se escondieran porque no tenía idea de qué podría esperarlos. “Con su inocencia, cuando empezamos a alejarnos del pueblo, mis hijas lloraban y decían que querían regresarse a su casita”.

La familia llegó a Bogotá al barrio Santa Catalina, y allí vivieron durante un mes. Luego se fueron para Patio Bonito; en ese lugar Leo veía a un señor muy parecido al jefe de los hombres que los habían sacado del pueblo, razón por la que vivían con mucho miedo. Hoy, 17 años después, la señora Leo se encuentra establecida en la ciudad de Bogotá superando día a día la horrible experiencia que tuvo en ese lugar. El señor Ariel y la señora Blanca viven de nuevo en su amado pueblo, intentando olvidar aquel trauma del pasado.

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Pueblo chico, infierno grande
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Pueblo chico, infierno grande
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Una historia desgarradora que también se convierte en una fiel muestra de nuestra realidad nacional pero que también nos regala esperanza.
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