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Sangre, sudor y lágrimas: un infierno sin fin

El miedo y la desesperación de solo pensar en someterse al retorno de un talibán agresivo y opresor, genera que numerosos ciudadanos afganos huyan. Nadie quiere vivir bajo un régimen que termina apoderándose de nuestras vidas.

Por: Valentina Domínguez, Valeria Sosa y Julieth López

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El día que lo cambiaría todo fue el 15 de agosto. Ya no sería ese día cualquiera en el que me levantaba y comenzaba mi rutina diaria como siempre. No. La paz que se respiraba dejó de existir tan rápido como pudo. Ahora lo único que observas alrededor es alboroto por doquier, desesperación y miedo. Ese temor que pensé que no volvería a sentir, pero que así como una pesadilla que al principio pensaste que jamás volvería a aparecer y luego no puedes dejar de soñar, puede volver con más vigor que nunca. Sin embargo, en este caso, no te afecta solo a ti sino a todos los que amas y a los que no. Es como un infierno sin fin.

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Los que te gobiernan hoy, diferentes a los de ayer, tratan de convencer a los tuyos de que su régimen teocrático es el ideal y será menos brutal que el precedente. Pero es tarde. Sus palabras ya no suavizan ni amortiguan el estallido de terror que se ha apoderado de las calles; sólo sus armas lo han escondido, y todo porque no queremos morir en manos del mismo diablo.

La confianza de todos los que allí habitan está perdida. No obstante, aún así tratan de buscarla a gritos y lamentos en sectores aledaños. Pero, cuando saben que es imposible que salven a todos, prefieren dejar sus esperanzas en aquellas criaturas que apenas comienzan a vivir; para que puedan tener un futuro sin martirio y con lo que ellos ya no pueden tener: derecho a la justicia, dignidad y más importante aún, a la vida.

Pensar en cómo era Afganistán antes de los talibanes es desalentador y deprimente; ya que, no me refiero a meses sino a años en los que no se regían reglas extremistas. Eras libre. Había seguridad en las calles, mujeres en la universidad sin tener la obligación de usar Burka o esconder en totalidad su cuerpo, sin matrimonio forzado o infantil y con la libertad de escoger qué querían para su vida. -Todo.

Todo lo que soñé y por lo que trabajé. Mi dignidad, mi orgullo, incluso mi existencia como mujer. Mi vida. Todo está en peligro-, comenta la hija de mi gran amiga Afshin, estudiante universitaria de Kabul. -Quemé todos mis papeles y documentos universitarios. Quemé todas mis notas de logros y certificados. Lo hice en nuestro balcón. Tengo muchos libros maravillosos que estaba leyendo. Los he escondido todos. Desactivé mis cuentas de redes sociales. Me dijeron que era demasiado peligroso tener publicaciones ahí o incluso estar en ellas. Al parecer, los talibanes revisan las publicaciones y nos encuentran a través de estas.

Quién sabe cuánto tiempo les tomará venir y registrar casa por casa y llevarse a las niñas, probablemente para violarlas. Puede que me suicide cuando vengan a mi casa. He estado hablando con mis amigas y esto es lo que todas estamos planeando hacer. La muerte es mejor que ser tomada por ellos- Acompañada de una lágrima que recorría por su delicado rostro, las palabras de aquella joven, entonadas a través de su melódica voz, transmitían, como una triste canción, nostalgia y dolor. Y este apenas es solo un pequeño ejemplo de todo lo que cambiaría de ahora en adelante.

El miedo y la desesperación de solo pensar en someterse al retorno de un talibán agresivo y opresor, genera que numerosos ciudadanos afganos huyan de nuestro país. Mí país. Nadie quiere vivir bajo un régimen que termina apoderándose de nuestras vidas y, por ello, huir es la mejor decisión. Decisión que trae consigo pesadumbre, pero, al fin y al cabo, necesaria.

Entre peleas, aglomeraciones y sentimientos encontrados, la gente busca proteger a sus familias y salir del nuevo poder del que no se terminan de fiar. Miles de personas se han concentrado en el aeropuerto de la capital para tomar un vuelo y escapar. ¡Son muchas! Ni siquiera cabemos todos. Hay gente por doquier en la pista de aterrizaje que, con desesperación, reclama un espacio en el avión para poder huir cuanto antes. Pero no hay. Aquella angustia carcome el raciocinio de algunos, haciendo creer que la mejor solución está en subirse a las ruedas del avión. Aunque sea una decisión de vida o muerte. Al despegar, comienza la lluvia humana. Una lluvia que hace crecer el sentimiento de estar en el fin del mundo.

Mientras en Afganistán permanece la agonía, los países cercanos se convierten en espectadores de aquella tragedia. -Mi querido Irán siempre ayuda a los países pobres y débiles. Pero no interfiere en los asuntos de esos países, ya que sólo tiene un impacto estratégico regional en Afganistán, porque los enemigos de Irán, incluidos Israel y Estados Unidos, buscan capturar países alrededor de este para poder atacarlo desde todos los lados. En mi propio nombre, y por lo que he escuchado de los afganos, es que sí, somos miserables y nuestro país es así. Todo es culpa de Israel y Estados Unidos por destruir a los talibanes, disparar a las niñas frente a nuestros ojos y matarlas-, comenta Amir Abbas, iraní.

No obstante, no todo está perdido. Los talibanes tienen políticas violentas y extremistas que rigen a las mujeres, sin embargo, estas aún no han sido probadas ante el mundo y las organizaciones internacionales. -Todavía no está claro qué piensan los talibanes y qué daño quieren hacer a su pueblo. Pasará mucho tiempo para que sus políticas sean claras- asegura Amir.

La polarización a lo largo de nuestra historia ha hecho que cada trágico y violento suceso se acumule con los que se van generando a medida que pasan los años. Pero, así como un huracán que al principio arrasa con todo; luego desaparece y lo único que deja es tranquilidad. Eso es en lo que la sociedad afgana mantiene la esperanza. En que aquel presente episodio atroz termine y traiga consigo la paz que se buscó desde un principio.

Fuente: Deutsche Welle (DW)

La información perteneciente al desarrollo y contenido de esta  crónica fue recopilada vía Instagram -y luego WhatsApp-, por medio de Amir Abbas, un iraní que actualmente trabaja para una empresa petroquímica. A través de él pudimos conseguir el testimonio de una estudiante universitaria de Kabul que fue publicado en un Diario Digital de Noticias, con el cual pudimos extraer la información sin que esto nos involucrara directamente con ella. Por otro lado, por efectos de su seguridad, la estudiante quiso mantener su nombre anónimo.

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