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¿Servicio de atención o mejor atención al servicio?

Por: Julián Fernando León Duarte.

Colombia comenzó el año retratando a la perfección la densa niebla que opaca sus servicios de salud y dependencias correspondientes. En menos de dos semanas se destapó el polémico pero notable, desde hace mucho tiempo, proceder de algunos profesionales de la salud y creadores de medicamentos de uso rutinario. Hablar del servicio de salud del país, al menos para ciudadanos ‘de a pie’ como usted y yo, es entrar directamente en un calvario de carácter operacional y profesional.

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El país quedó estupefacto cuando recientemente los medios transmitieron la noticia de la trágica muerte de dos menores por un equivocado medicamento. El doctor les había recetado a los niños de 10 y 7 años Albendazol, un antiparasitario, pero la expendedora del medicamento le entregó a la madre Tramadol, un tratante de dolores fuertes como los que sienten los pacientes terminales. Una total odisea se vivió después; mientras la familia de los menores reunía esfuerzos económicos para asegurarles un funeral digno, muchos otros conocedores del lamentable hecho criticaron con absoluta razón la despreocupación de la madre al no haber siquiera leído la formula médica y lo que les suministraría a sus hijos. Nefastas consecuencias.

Días previos al anterior eco noticioso y luego de investigaciones científicas efectuadas por la Universidad Industrial de Santander, el Invima constató que dentro de los componentes básicos del famoso Dololed se encontraba el Diclofenaco, un antiinflamatorio no esteroideo totalmente inusitado dentro de lo que debería ser un medicamento 100% natural a base de caléndula. La sospecha nació luego de que varias personas alérgicas al Diclofenaco y la familia de los antinflamatorios reportaran graves efectos secundarios luego de usar Dololed. La Procuraduría pidió la suspensión temporal del ahora engañoso medicamento.

Historia diferente pero útil para la conclusión de esta columna viví hace poco cuando por cuestiones domésticas mi mamá se clavó una aguja en su mano derecha. Un turno de espera exhaustivo en el centro médico correspondiente fue la antesala al encuentro con una profesional que sin mediar palabra sobre qué pasaba o cómo se sentía su paciente, le agarró con despotismo la mano herida y al ver la reacción de la afectada y un hilo colgando sin qué ni por qué de su mano, comprendió lo que pasaba en ese momento. La afectada, mi mamá, es una paciente diabética de tercera edad; la doctora, una joven más preocupada porque su colega le trajera el yogurt light adecuado, por lo que entendí, que por el mal urgente que aquejaba a su nueva paciente.

Tema aparte merece el fenómeno del celador con ínfulas de médico e, incluso, de chamán. ¿Cuántos no han ido de emergencia a su eps o sisben y tienen que pasar primero por el escáner de un vigilante que se extralimita en sus funciones haciendo de inspector médico? ¿Cuántas muertes han ocurrido y tendrán que ocurrir por este tipo de personal, probablemente instruido de afán por algún médico o jefe de piso evasor de su responsabilidad real?

Enumerar sucesos de esta índole puede convertirse en una tarea extenuante, pero es la radiografía clara de una Colombia que pretende construir progreso económico y material, olvidando un verdadero desarrollo a escala humana como lo llamó en su momento Max Neef. Y es que es en el servicio de salud, exactamente, donde se concentran los mayores problemas sociales que acrecientan el malestar social en general. ¿Cómo exigir trabajadores vigorosos, estudiantes enfocados y familias felices, cuando su salud está mal atendida, mal tratada o, en el peor de los casos, nulamente garantizada? Es en este pilar social en lo que deberían centrarse Gobierno Nacional, ministro de salud y demás prestadores del servicio, como primer paso, para construir una verdadera sinergia institucional que saque a la Colombia real del atraso y atentado a la dignidad de sus habitantes.

Pareciese ser que la salud de Colombia está condenada a vivir el calvario de tener, al menos, unos productores de medicamentos tramposos, unos cuantos profesionales con bajos estándares académicos y un sistema con numerosas trabas operacionales. Un claro y contundente consejo al Gobierno de Duque, al Ministerio de Salud, a los gerentes de eps, asesores, doctores y expendedores farmacéuticos deviene de lo expuesto anteriormente: la ciudadanía colombiana merece una comunicación horizontal y una información clara, oportuna y verdaderamente profesional concerniente al espacio de la salud mental y física. Comencemos desde ahí y luego hablamos.

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