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Sobrevivientes

Por: Jorge Fidel González Díaz

Estos son los sucesos vividos por dos personas el 13 de noviembre de 1985, día cuando desapareció el municipio de Armero a causa de la erupción del Volcán Nevado del Ruiz, donde apenas una décima parte de sus habitantes sobrevivió a la tragedia, porque más de 20 mil murieron aquella noche.

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Eloy Fernando castro (estudiante de colegio)

Ese día era soleado, yo vivía con mis dos padres y con tres de mis cuatro hermanos. Ya en la tarde empezó a caer ceniza en grandes cantidades, pero no le dimos importancia. Entonces salí con mi padre y con el esposo de mi tía a hacer unas vueltas y nos quedamos un rato en una tienda llamada El Mercadito donde nos tomamos unas cervezas.

Cuando regresamos a la casa me dispuse a ver un programa llamado Profesión Peligro; entonces mi mamá me comentó que no le gustaba porque dañaban los carros. Después nos acostamos y la perra de la casa, gran danés, empezó a ladrar, al igual que todos los perros del pueblo, tal vez presintiendo lo que sucedería. De repente escuché un ruido: saqué la mano por fuera de la casa y sentí que caía tierra o ceniza muy compacta; cerré la puerta de la casa y todos nos subimos al techo de un carro. En la primera ola la casa quedó cubierta por el lodo; mi mamá tenía a mi hermana menor que era bebé. Cuando el lodo llegó a donde estábamos nos arrastró: mi papá llamó a mi mamá porque no la veíamos, pero ella no respondió.

Íbamos flotando mí papá, mis dos hermanos y yo. De repente paramos en un techo, vimos que venía la otra ola que nos arrastró nuevamente: desde ese momento no vi a mi padre y a uno de mis hermanos. Me subí en una camioneta, mi hermano gritaba, pero después no lo vi más. había carros alumbrando y vi que venía un armario en el que me encaramé, que después quedó aprisionado contra una casa. Luego vino una tercera ola, muy enorme, que me sacó de allí: la gente gritaba pidiendo ayuda y perdón a Dios.


El lodo era muy espeso, pero me acosté en él; cuando llegó la última oleada ya no aguantaba más: respiré, hice un último intento, salí y cogí hacia abajo a 100 o 130 kilómetros por hora. Una señora que gritaba me agarró la mano, pero se me resbaló. Subí a un árbol, y lejos escuchaba el volcán que toteaba como voladores; yo quedé en una vegetación, y escuché un avión bimotor, y lo supe porque mi papá era piloto. Había gente que se quejaba y que me preguntaba por mis papás: yo los tranquilizaba, pues nosotros éramos conocidos en el pueblo porque mi abuelo fue dueño de Rápido Tolima.

Cerca de mí quedó un amigo y compañero de quinto de primaria; yo estaba solo con la camisa del pijama con la que me hice unos calzoncillos. Esperé a que me rescataran, ya había bajado el nivel del lodo, se veían unas tejas por las que bajé, pues estaba en un árbol. La gente se metía al lodo para calentarse porque hacía mucho frío. Ese día murió mucha gente, y como me estaba quedando dormido me subí de nuevo al árbol.

Esta tragedia sucedió el miércoles y hasta el viernes bajé del árbol. Mi amigo me prestó unos zapatos, caminamos hacia donde una señora que trabajaba en la alcaldía; por ahí pasaba un arroyo con lodo; cogimos una viga que se hundió, luego nos encontramos cervezas y gaseosas: mi amigo se tomó las gaseosas y yo las cervezas. Mi amigo salió a buscar un helicóptero, ya eran como 4:30 o 5:00, y él no volvió. La cerveza me hizo orinar y me activó el organismo. Me fui a buscar ayuda; llegué a un claro donde un piloto me hizo señas para que fuera a la mitad del claro, Vi otro helicóptero que realizó una maniobra; me recibió un hijo de una señora que tenía una boutique en el pueblo. Le pedí que rescatara a la señora que trabajaba en la alcaldía, y para hacerlo tuvieron que excavar un surco porque estaba enterrada; no descansé hasta que la sacaron. Me llevaron a Lérida Tolima donde la Cruz Roja y la Defensa Civil me pusieron inyecciones y me entregaron un pantalón blanco y una camisa azul. Ellos me preguntaron por mi familia. Allá me encontré con un amigo de mi familia que me llevó a Venadillo Tolima donde permanecí, hasta que el domingo el esposo de una tía me recogió y me llevó a su casa donde me recuperé de mis heridas físicas. Siempre esperé encontrar a mi familia: dos años después supe que mi hermanito murió por septicemia.

Sandra Osma (estudiante de noveno semestre de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad del Tolima.


Yo estudiaba en una granja perteneciente a la universidad, ubicada más o menos a cuatro kilómetros de Armero. El día de la tragedia preparamos silo (alimento para ganado). Ese día hacía mucho calor, nosotros los estudiantes no estábamos advertidos sobre lo que podía suceder, tampoco sentimos algo fuera de lo común. Al día siguiente teníamos que levantarnos temprano para ir a una práctica a Girardot. Esa noche comimos y a eso de las ocho me acosté, solo estábamos dos compañeras de veterinaria porque el resto había viajado a Ibagué para ahorrarse un tramo de viaje de la práctica del día siguiente.

Cuando me acosté los demás estudiantes escuchaban música con las puertas abiertas. Yo tenía lista una mochila con una muda de ropa, un pañuelo, agua y algo de comida como fruta y panela. Una compañera entró y me dijo: “Sandra, algo pasó”; no se acueste todavía, es que afuera está lloviendo raro: en ese momento “pum” se fue la luz. Consternados salimos al patio: no llovía agua sino algo parecido al cemento. Prendimos las linternas y vimos las hojas del patio cubiertas con algo que también parecía cemento. Como teníamos las grabadoras prendidas empezamos a escuchar: “urgente, urgente, extra, extra, el Volcán Nevado del Ruiz hizo erupción”.

Nosotros escuchamos atentos, pero no nos imaginábamos la magnitud de la situación. Quienes estábamos en la granja éramos estudiantes de octavo y noveno semestre de agronomía, y los que quedábamos de noveno semestre de veterinaria sacamos la mochila que teníamos organizada porque pensábamos salir a la carretera; estábamos en un lugar alto y para salir a la carretera era necesario recorrer un camino muy de bajada. Cuando estábamos listos, un profesor de agronomía nos dijo: “muchachos, qué pasó, para dónde van, allá todo está desbaratado, no hay nada, no hay nada”. Él venía en camisa y pantalón. Cuando estábamos hablando con él, escuchamos un ruido ensordecedor, como una avalancha. Había muchos gritos, y se escuchaba como si estuvieran partiendo palos. Nos quedamos quietos en la oscuridad, no sabíamos qué pasaba. En ese instante llegó un viejito, el celador de la granja con el pantalón remangado y con una camisa vuelta nada: lloraba y lloraba, y decía: “mi familia, mis hijos, mi esposa”: Armero había desaparecido.

El profesor nos advirtió que debíamos subir a una parte más alta, donde quedaban las marraneras: empezamos a subir, pero eran como dos cuadras a campo abierto. Como llevábamos linternas veíamos como momias que se nos acercaban: eso parecía una película de terror: salía gente de todos lados, sin ropa, con las manos en sus partes íntimas y todos cubiertos de barro; como había un manicomio en Armero, pensamos que los loquitos se habían salido. La gente nos preguntaba si sabíamos dónde estaba su familia; llegamos a las marraneras: unos nos bajamos a sacar los colchones y a organizar a las personas que llegaban cubiertas de lodo; las bañamos con las mangueras; ellos eran un solo dolor, un solo quejido, un solo llanto, tenían el lodo hasta en la boca, teníamos apenas los medicamentos que había en un botiquín y de comida lo poco que había en la cocina como agua de panela, arroz, pan y papa. Sacamos ropa de la que teníamos en los lókeres: sábanas, toallas y los fuimos organizando. Escuchamos las noticias que decían que el volcán podía volver a erupcionar, hasta que amaneció. La radio decía que una avioneta sobrevolaba la granja de Armero y que no había sobrevivientes: no se ve nadie, eso está vacío”. Nosotros salimos, pero no nos vieron. Yo sentí el olor de la muerte y un frío penetrante. En la cancha de futbol vimos la magnitud de la situación porque estábamos en un sitio altico: la avalancha se había abierto en dos brazos, uno por la derecha y otro por la izquierda, es decir, que pasó por la puerta de la granja y luego se unió.

A la granja continuaba llegando mucha gente y no teníamos suficientes cosas para atenderla; pusimos unos costales en la cancha de fútbol y empezamos a ver pasar helicópteros de Armero Guayabal, pero ninguno nos vio. Pasó un día y casi no dormíamos; permanecíamos sentados con antorchas y con la grabadora prendida toda la noche; hacíamos turnos, pero conciliar el sueño era difícil. Al otro día quemaron llantas en la cancha, y escuchamos al periodista Juan Gozain decir que en la granja de armero no había sobrevivientes, y nosotros ahí. En este segundo día entró un señor de la defensa civil, anotó todos los nombres y salió, no en helicóptero sino con un lazo; nos dijo que debíamos salir, pero nosotros, con botas y de esa forma, no nos sentíamos capaces de hacerlo. Al otro día Juan Gozain dijo nuestros nombres y las familias se enteraron que estábamos vivos, y en la
universidad tenían todo listo para recibirnos.

Al tercer día engancharon un tractor y al tractor le engancharon una zorra, de tal modo que teníamos listos a los heridos montados en la zorra. Hicimos una fila de lado y lado, porque nos tocaba esperar que ese viaje saliera y volviera por otro. Vimos helicópteros que aterrizaron en la cancha que se llevaron los heridos, y nosotros nos subimos a la zorra que nos iba sacando de a diez personas. En la carretera nos subieron a unas volquetas del ejército en dirección a Bogotá, porque hacia Ibagué estaba cerrado. Por donde pasábamos la gente nos daba comida y ruanas, y vimos por televisión que las personas que habíamos atendido en la granja las estaban curando. En el terminal, el bus de la universidad nos estaba esperando; nos llevaron a Ibagué para encontrarnos con nuestras familias.


El encuentro con mi mamá y hermanos fue lo más emotivo: sentí que volví a vivir.

Las palabras de estas personas nos dicen la dimensión de lo que fue esta tragedia y nos hacen valorar la vida y el amor de nuestras familias.

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