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Un hombre que le hace un homenaje a Boyacá

Por: Lizeth Dayana Velandia Gomez

“El método para ser feliz; la música”, así se titularía la película de Jaime Castro, un campesino apasionado y autor de la vida.

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Sentado en la sala de su casa, rodeado de retratos y menciones de honor de su trayectoria musical, está un hombre de contextura gruesa, piel trigueña, cabello oscuro, manos gruesas que sostienen los instrumentos que a sus 53 años ha aprendido a interpretar: guitarra, requinto y guacharaca. Su sonrisa pícara de amabilidad, contrasta con su gruesa nariz y con sus pequeños ojos azules flanqueados por arrugas, demostración de los años y las experiencias que lo acompañan. Está vestido de “cachaco”: zapatos de gala, pantalón oscuro y camisa manga larga.

“Mi vocación es la música y lo entendí tiempo después de irme a Bogotá”. Imitaba cantantes

de música ranchera, afinaba su voz en el tiempo libre, inspirado en Luis Alberto Posada, Los Rayos de México y El Charrito Negro. se dio cuenta que existía un talento que debía fortalecer, desde entonces inició su autoformación musical, aprendiendo a través de pistas las composiciones de cada melodía y haciéndola propia. Fue amenizando eventos de

inauguración para establecimientos populares como panaderías y asaderos.

Un día, su talento le dio una oportunidad: un colega se comunicó con él para ofrecerle cantar en una ceremonia del día de la madre a las afueras de Bogotá: “No ensayé ni un segundo”. Se trataba de un mano a mano con otro cantante que tenía cierta trayectoria musical. Con el respaldo de una orquesta, Jaime interpretó “Este es tu castigo” de Luis 

Alberto Posada. Se ganó los elogios del público que aplaudía y le gritaba al hombre de chaqueta de cuero café, pantalón de paño y con look de la época.

“No sé quién tenía más miedo, si yo, al ver tanta gente, o los músicos por no conocer mi tono de voz”.

“Fue un éxito, gané el duelo, la gente aplaudió mi talento y días después me siguieron llamando para acompañar a la agrupación en eventos, esa experiencia fue toda una aventura”.

Entre risas y gestos recuerda que ese día aprendió que hay que disimular las emociones, porque el estado de ánimo se transmite y no se puede entrar con inseguridad ante el público. Tomando una taza de café vuelve al pasado. Recuerda el primer día cuando sintió que su propósito era componer y hacer vibrar el viento con su voz. En su tierra natal y luego de llegar de la escuela, escuchaba a través de Radio Furatena, el requinto de “La cucharita del maestro Jorge Velosa: “Comencé a cantarla, sin saber que me la sabía”. desde ese día se dio cuenta que por sus venas corría sangre musical.

Con los años comprendió que las experiencias de la vida se convierten en inspiración; la muerte de un colega en la cabeza de un álbum de 14 canciones (Se fue la vida), en homenaje a Pedro Beltrán en 2007, su compañero de grupo, su amigo de vida con quien en 1988 fundó el grupo musical LOS FILIPICHINES, que en términos bogotanos significa “Elegancia y cachaquería”: amenizaban eventos familiares, fiestas de pueblo e inauguraciones de barrio con música carranguera, y participaban en contiendas musicales donde siempre fueron declarados fuera de concurso, según por tratarse de un cuarteto de músicos muy jóvenes, que interpretaban un género musical no competitivo (Abel Cordero,

José Garzón, Pedro Beltrán y Jaime castro). “La inspiración de esa canción nació en su funeral mientras le hacían calle de honor de camino al cementerio: se me hizo un nudo en la garganta y se me llenó el corazón, al paso de los días me di cuenta que con su muerte quedó llorando un instrumento, que el dolor de su partida sería el recuerdo que haría homenaje a su memoria, aunque decidí dejarla en general, para que se identificara con el público”.

Desde sus inicios se ha dedicado a componer desde la experiencia, a representar la vida campesina, cantándoles a su pueblo, a sus costumbres, a la relación con la naturaleza y los animales, temas que le apasionan y que le han permitido lanzar al mercado más de 100 canciones de su autoría, logrando que la gente se vincule con lo que cuenta en ellas con temas como: Camino de herradura, La MG, Canto a Boyacá, Inesita, Avispas y Abejones, el merengue campesino, entre otras, que componen su largo trayecto de cantautor, que suenan en la radio y que no faltan en sus conciertos.

“Mi canción favorita es El carbonero, pieza que cuenta mi vida en el campo desde mi niñez: narra las acciones de un campesino que vive de sus manos y del entorno que lo

rodea: el silbido como llamado, el arreo de los bueyes como pasatiempo y caminar a pie descalzo”. El mundo de la música es difícil y su composición no fue aceptada por el público, pero quería que la gente lo escuchara y se identificara con esa vida. Luego creó “Camino de herradura”, que interpreta con versos y su voz se entrecorta “Por un camino de herradura yo crecí desenterrando los caballos de cargar, siendo un buen arriero de alpargatas y bordón, aunque ya no esté papá”.

Fue difícil comenzar sin sus padres y no contar con su apoyo: “Todos los padres sueñan con que sus hijos sigan ese modelo con el que ellos han vivido toda la vida, los trabajos del campo-, pero tiempo después cuando empezaron a ver los frutos, se dieron cuenta qué era lo que me gustaba”. Los señores Castro asistieron a varios conciertos, incluso a la grabación de un programa de televisión, esa vivencia inspiró un hit musical que es el himno en Tinjaca para el día del padre y se titula “Para papá”.

Jaime Castro abandonó a sus padres y a su tierra a los 12 años, con tan solo la primaria, para buscar nuevas oportunidades en Bogotá, un sueño para muchos de los campesinos que viven en extrema pobreza y que ven en su territorio pocas posibilidades de prosperidad: “dejar mi campo y mis gallinas, enfrentarme a vivir solo durante 7 años, donde lo único que sabía hacer era agua caliente, fue difícil, pero con el tiempo aprendí hacer frijoles, arroz y plátano, mi menú diario”. 

Trabajó muchos años en una empresa textil, con turnos de 8 a 12 horas, que dividía entre su vidalaboral y musical; tiempo después fue ayudante de construcción, relato que acompaña con una frase de una de sus canciones, que se titula “Del campo hacia la ciudad”:

Los sueldos que yo he ganado son muchos y nada tengo, todito se me ha quedado

en comida y en arriendos.

Después de experimentar la ciudad, quería volver a Boyacá, suelo de independencia, “de gente grande, trabajadora, llena de costumbres, a la que me debo”, gastronomía que resalta el cocido boyacense, el cabro asado y la arepa dulce, al que le compuso “Canto a Boyacá”. Actualmente le hace un homenaje a los 200 años de independencia, conmemorando la historia de la ruta libertadora, que inicia con el paso de Simón Bolívar por Santa Rosa de Viterbo, que con otros municipios ha mencionado como pioneros de la libertad en sus canciones.

Es a través de estos sucesos que utiliza la música como medio para que la juventud comprenda el pasado de Colombia, objetivo que nació cuando fue convocado a participar en un evento artístico a cargo del Gobierno Nacional, que buscaba fomentar la memoria histórica a través de la pintura y que invitaba a la gente a proponer obras conmemorativas a la independencia, que tuvo lugar el 6 de agosto de 2019 con la participación de 4.500 estudiantes y 680 músicos en un gran ensamble en la ciudad de Tunja 

“Mostrarle a la juventud con imágenes reales, cómo se atenta contra la tierra y el pueblo, enseñar a través de la música, los sacrificios y el sufrimiento de las personas en la guerra, ese es el propósito de hacerle un homenaje al Bicentenario”. Sus obras lo han convertido en ídolo de la música campesina, aclamado por el pueblo en sus presentaciones, con el que comparte minutos antes o después de estar en escena. 

Sus colegas lo acompañan y lo ven como un ejemplo, a quienes les exige para hacer parte del grupo interpretar el requinto. Sus compañeros musicales lo describen como un hombre algo serio a la hora de trabajar: establece largos periodos de ensayo, se concentra en el repertorio a interpretar durante el concierto, evalúa el lugar y el público con el que se va a encontrar. “Como jefe es estricto y rígido, pero como persona humilde y amable”, así lo describe un integrante de su grupo actual

Su vida se ha convertido en un devenir de emociones y experiencias. Mientras acaricia a su perro que descansa sobre sus piernas, recuerda uno de los sustos más grandes que ha vivido: ”Fue en un viaje desde Miraflores a Guaviare: íbamos con el grupo en una avioneta, cuando antes de aterrizar, el aparato empieza hacer círculos sobre los árboles, el vacío era horrible, sentíamos que íbamos a morir, hasta ganas de vomitar nos dieron”.

Riendo, recuerda cuando lo recogieron en una camioneta negra para llevarlo al hotel, en Sarabena, Arauca; el conductor iba a una velocidad de 120 a 140 kilómetros por hora, normal según él, hasta que se pasó varios semáforos y un peaje. Se dio cuenta que algo estaba fallando, y efectivamente, el vehículo lo habían sacado sin permiso del dueño: se encontraban prófugos.

Como este recuerda varios, “gajes del oficio”, dirían muchos famosos, pero Jaime Castro no se considera tal. Asegura que es incómodo manejar la fama, pero él aún cuenta con la posibilidad de integrarse y compartir con el público en los conciertos; no niega que ha tenido mayor reconocimiento, que supone tener “mayor respeto y responsabilidad ante el público”.

Luego de periodos de planeación, su sueño de volver al campo se hizo realidad hace dos años, cuando junto con su esposa, María Cárdenas Rojas, manager, encargada de manejar las contrataciones y relaciones públicas de la agrupación “Los Filipichines”, tomaron la decisión de abandonar Bogotá.

Cárdenas es de origen campesino, proveniente de Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, a quien conoció en la juventud en un instituto de Bogotá, cuando ambos validaban el bachillerato: fue amor a primera vista, con ella ha convivido gran parte de su vida. Formaron un hogar compuesto de dos varones y una mujer, que se amplió con la llegada de dos nietas, una de dos años y la menor de 8 meses, todos educados a partir del trabajo y las costumbres del departamento.

La idea de vivir en el campo, transformar su vida citadina y abandonar el caos de la ciudad, era uno de sus anhelos, hasta que finalmente consiguió el terreno para construir una casita. A corto plazo tiene el propósito de reivindicarse con la naturaleza, debido a que cuando niño atentaba contra ella: les arrancaba las hojas a los árboles, mataba torcazas y atentaba contra la fertilidad de la tierra. Cultivos de papa, guatila, caña, así como un gallinero, canchas de tejo fabricadas por sus manos y sus ideales componen el ambiente a campo que allí se respira. Mientras cocina sobre una parrilla entre dos piedras, a la antigua, cuenta que durante dos años vivió solo mientras construía y adecuaba el espacio para

traer a su familia: observa esas rocas, y recuerda las papas y el agua de panela que hervía durante el día, mientras que junto con los obreros subían paredes y transformaban ese lote en un espacio de vida.

Junto a su familia, entre risas y suspenso recuerdan uno de los episodios de temor que tuvieron que afrontar -Mi esposa se enfermó días antes de la fecha que se tenía planeada para el nacimiento de mi hijo menor, Sebastián, para esa época yo estaba en concierto y durante este, empezaron a llegarme mensajes al famoso bíper, anunciando que mi hijo venia en camino, efectivamente Sebastián nació en un taxi, antes de llegar al hospital, yo llegue al siguiente día

A partir de suspiros asegura que su propósito es concentrarse en su familia y en el campo, es construir y aportarle a la madre tierra beneficios que el hombre ha destruido, en invernaderos improvisados resguarda las semillas de los árboles que dispone sembrar alrededor de la finca, con los que busca devolver el agua que hace muchos años circulaba por una quebrada cerca a su casa e iniciar su vejez en un lugar de paz junto con su esposa, hijos, nietos y tres perros (Pinto, blanco de manchas negras, Donky, café que está

quedando ciego por los años y Minga, una chigua gua negra). La sonrisa que acompaña su rostro, se debe a la relación amena con sus hijos, aunque comparten poco debido a las responsabilidades que cada uno adquiere en la cotidianidad de la vida, cuando se encuentran aprovechan para comer juntos, jugar tejo, Jaime es un apasionado al deporte de Boyacá, quien lo practica de una manera concentrada, acentuando su pie izquierdo con seguridad, mientras el derecho hace movimientos de atrás hacia adelante, la espalda corva y el ojo en el círculo del campo, así se asegura de embocinar y celebrar juntando y frotando sus manos con fuerza, anunciando que lo logró, triunfo que acompaña con una cerveza que ameniza el momento.

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