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Aguas negras: entre la corrupción y la impunidad

Colombia ha oscilado entre la riqueza, la pobreza, el bienestar y la violencia. A pesar de tener una ubicación estratégica y una economía prometedora, aún refleja profunda desigualdad.

Por: Maximiliano Castaño y Valeria Daza

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En 2018 fue tema nacional el escándalo alrededor del hoy Ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, por los denominados “bonos de agua”. Diferentes analistas, académicos y políticos denunciaron las posibles irregularidades del caso que habría beneficiado a empresas de papel con asiento en Panamá, creadas por el mismo Carrasquilla. El panorama es desolador, 117 municipios están endeudados por las altas tasas de interés y los malos manejos de los recursos – ¿quién responde? – esa pregunta lleva a cuestionar los procesos adelantados por la Superintendencia Financiera y la Contraloría, que debían analizar la inviabilidad de la propuesta.

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Alberto Carrasquilla, logró como Ministro de Hacienda durante el Gobierno Uribe, en 2007, impulsar una modificación constitucional que permitiría el endeudamiento de municipios por altas sumas de dinero, que después serían pagadas con recursos públicos a desmedidas tasas de interés. Hoy Carrasquilla, después de los señalamientos, las denuncias y hasta de un debate de moción de censura, no ha sido imputado por ningún delito. El beneficio personal que recibió el ministro no se ha podido demostrar como ilícito, pero es presumible que se benefició empobreciendo a muchos municipios del país, aunque quiera demostrar lo contrario. También hubo responsabilidad por parte de alcaldes y funcionarios en las regiones que le habrían dado mal manejo a los recursos, que se perdieron por no contar con una vigilancia estricta. El resultado es una cantidad de elefantes blancos sin terminar, municipios endeudados y un ministro que le debe explicaciones al país.

Óscar Alfonso Roa, docente investigador de la Universidad Externado, descubrió que los municipios no endeudados con los “bonos Carrasquilla” presentaron mejores resultados en el cubrimiento de sistemas de acueducto y alcantarillado. De la deuda total que adquirieron los municipios por más de 440 mil millones de pesos, no se sabe a ciencia cierta cómo se invirtieron o en dónde están. Lo que sí es seguro es que las regiones y las periferias de las grandes ciudades, aún sufren las consecuencias de esos malos actos administrativos, que dan para cuestionar el comportamiento de algunos funcionarios con altos cargos en el Estado.

No sólo los municipios endeudados están en crisis; también hay sectores en las grandes urbes que no cuentan con un sistema de acueducto y alcantarillado digno. Pescaíto, al norte de Santa Marta, es un barrio popular cargado de historia y olvido. Nunca tuvo vínculo alguno con los “bonos de agua”. Se encuentra ubicado en un lugar privilegiado de la ciudad en comparación con otras regiones, y aun así, no tiene un sistema de calidad.

Fotografías tomadas por: Valeria Daza Quant.

El emblemático barrio de Santa Marta se inunda con cualquier llovizna. Las casas en su mayoría tienen muros de casi dos metros de altura para prevenir que el agua entre a sus hogares. Cuando esto ocurre los niños salen a jugar, nadan en las calles entre ríos de basura, barro y aguas residuales que se desbordan de la alcantarilla. El fétido olor se apropia del sector e incomoda a los habitantes que, al parecer, ya están acostumbrados.

Ningún Gobierno ha solucionado esta problemática. Mucho se habla de turismo, pero poco se hace por los barrios populares. Este problema representa una amenaza para la salud pública: el agua estancada es la perfecta morada para desarrollar enfermedades como el dengue o el paludismo. La carencia de cultura ciudadana por parte de los colombianos ha sido otro detonante para que el abastecimiento de agua en cada familia esté limitado. El derroche, las basuras y la falta de cuidado con el uso del agua son algunas de las falencias a mejorar. 

La fallida obra de alcantarillado en el icónico barrio de la ciudad más antigua de Colombia, tiene lugar desde hace más de una década. Una construcción que no ha permitido el flujo de agua a través del sistema de tuberías instalado en las calles. Para colmo, la conciencia ambiental parece estar ausente en la mayoría de los habitantes samarios. Es común ver a la gente desechando residuos inorgánicos en las vías, lo más indignante es que lo hacen sin ningún reparo. Incluso, los acudientes de los niños les dicen: “tíralo ahí”, como si de un relleno sanitario se tratase.

Fotografías tomadas por: Valeria Daza Quant.

Probablemente el problema de basuras en la Costa Caribe se sitúa desde la educación en casa y en la escuela. No basta con enseñar matemáticas, lenguaje o ciencias sociales, si se pasa por alto la importancia de cuidar el medio ambiente. Finalmente es el hogar de todos y como sociedad es un deber colectivo preservar los recursos naturales.

La sensación de haber llegado a Pescaíto se siente desde la entrada; pasar bajo los árboles arrulla el alma y envuelve los sentidos en un espiral de libertad incontenible. El desgaste en las fachadas de las casas es fascinante, todas las características de este lugar se complementan. Ni siquiera los 30 grados de temperatura del mediodía son tan cálidos como su gente: las señoras sentadas en el antejardín saludan con una sonrisa, mientras agitan sus abanicos con sus manos gastadas por el tiempo. Todo parece estar tranquilo hasta que se avecina la temporada lluviosa. Es ahí cuando los habitantes sacan las tablas empolvadas y las dejan listas en la sala para tapar la puerta por la tarde, momento en el que normalmente llueve. 

Cuando suena el primer trueno y el cielo se colorea de tonos grisáceos, Denis Córdoba se dirige al cuarto oscuro del patio de su casa y traba la entrada de la puerta hasta la mitad con todo lo que encuentra. El material que utiliza normalmente es la madera, aunque no es tan eficiente porque el agua se filtra por cualquier espacio sin cubrir y con la humedad se desgasta.

Aquí toca poner toallas y trapos en el piso para que el agua no se encharque, me toca levantar todo lo que se pueda mojar. Por aquí hay gente a la que la lluvia le ha dañado las cositas

Afirma Denis Córdoba

A pesar de todos los estragos que causan las inundaciones en Pescaíto, la gente no protesta. Se acostumbraron a vivir entre las aguas negras y la basura arrastrada por la brisa. Para las nuevas generaciones que habitan Pescaíto, esta problemática no tiene ni comienzo ni fin. Todos aseguran que desde que gozan del uso de razón, el barrio se ha inundado.

Todos, excepto Tomás Emilio Fuentes Márquez, un veterano próximo a cumplir 101 años, que durante toda su vida ha experimentado los vaivenes del barrio.

Tomás aclara que Pescaíto se inunda desde que se pavimentaron las calles, un procedimiento mal hecho que además de ser insuficiente, dejó en evidencia el problema de basuras que enfrenta la ciudad de Santa Marta.

Fotografía tomada por: Valeria Daza Quant.

Cuando yo era niño el agua se iba para el mar, desde que hicieron el alcantarillado y enlosaron las calles, se inunda por falta de limpieza”. Cuenta con tono de picardía que, cuando el agua se secaba, en la calle quedaban regadas monedas de oro, cadenas y algunas otras joyas que la gente recogía. Ahora sólo queda un lodazal cubierto con basura. “El ambiente de antes era más fresco, la brisa era tan fuerte que levantaba los vestidos de las mujeres, por suerte uno es caballeroso y evitaba voltear a mirar

Narra Tomás Emilio Fuentes

Pescaíto es uno de tantos lugares en el país sin un servicio de calidad, no está endeudado por los “bonos Carrasquilla”.  Si se hace una pausa y se piensa en los lugares alejados y endeudados, es posible hacerse una imagen más cruda. Según la Contraloría General, en Magdalena hay más de 10 municipios morosos y con presuntas irregularidades. Las cifras son escandalosas. Colombia es una potencia hídrica en manos de potenciales corruptos.

Un servicio de primera necesidad debería ser tema prioritario en los planes de desarrollo. No es ético para un ministro, mucho menos para los alcaldes, ser partícipes de un juego sucio que atrasa comunidades enteras por décadas. Líderes y congregaciones piden celeridad en los casos, que por desgracia, quedan en el silencio, la impunidad y el olvido. 

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