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Arquitectura y ciudadanía: transformando la existencia humana

Antonio Manrique resalta la importancia de trabajar con la infancia y con la juventud, no con un fin profesional, sino como el camino para la integración de los jóvenes, niños y niñas en la comunidad, para que sean sujetos activos plenos de derechos y deberes.

Por: María Angélica Gómez Alemán

Antonio Manrique Gutiérrez es arquitecto y exprofesor universitario.  Fundó y dirigió de 1996 a 2012  el proyecto Diseñando: Arquitectura para la Infancia y Juventud de la Universidad de los Andes. A lo largo de su trayectoria ha trabajado en barrios como Juan XXIII de Bogotá y Cazuca en la ciudad de Soacha. Antonio Manrique resalta la importancia de trabajar con la infancia y con la juventud, no con un fin profesional, sino como el camino para la integración de los jóvenes, niños y niñas en la comunidad, para que sean sujetos activos plenos de derechos y deberes. Además, Antonio representó a Colombia ante la Unión Internacional de Arquitectos, y logró sistematizar sus talleres y cursos de arquitectura para la infancia en el continente. 

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Angélica Gómez (AG) ¿Qué valor tiene pensar y hacer arquitectura para el desarrollo humano? 

Antonio Manrique (AM). Esta misma pregunta me la hice cuando decidí dedicarme a la enseñanza de la arquitectura, e incluso se volvió parte de mi proyecto de investigación como profesor en la Universidad de los Andes. 

Ahora bien, cada día es más claro que los entornos donde habitamos son determinantes de lo que somos. Hablo de los entornos arquitectónicos y de los naturales, afectivos, familiares y laborales, espacios que en general influyen fuertemente en la construcción de los seres humanos como personas y como ciudadanos. 

Cuando en una ciudad los espacios, bien sean públicos o privados, están apropiadamente diseñados para que se consoliden procesos sociales, esto contribuye a nuestro desarrollo y por tanto, a la construcción de ciudadanía, que nos permite participar en la toma de decisiones. En este sentido, se puede decir que  la arquitectura tiene un carácter político, no en términos de  partidos, sino en el entendimiento que la polis es el lugar donde se construye la civilización y el mejoramiento de la calidad de la vida humana. 

AG. Teniendo en cuenta que la arquitectura tiene un carácter humanístico ¿Cómo contribuye a la construcción de sociedad?

AM. A la pregunta de si la arquitectura es un arte o una ciencia, me gusta responder que es un poco de ambas, pero fundamentalmente,  que es algo esencialmente humano. Lo característico de nosotros lo seres humanos tiene que ver con el habitar el mundo como un acto consiente, deliberado; un acto en el que reconocemos al mundo, como mundo natural y sobre esto vamos sobreponiendo el aspecto cultural. 

En la construcción de sociedad se juega todo lo que somos, es decir, si queremos tener un mundo más justo, un mundo donde la belleza se haga presente como un asunto físico, y con mayor equidad y justicia, y por eso es importante pensar en una conciencia de la arquitectura. 

El proyecto en el que he trabajado, resalta la importancia que las personas participemos en la construcción de mejores ciudades, y ¡ojo! No hablo de una participación como personas profesionales de la arquitectura, sino como ciudadanos que pretenden mejores sistemas de movilidad, mejores parques, mejores bibliotecas, mejores espacios públicos y colegios públicos. 

Podemos construir un mundo más humano y más respetuoso de  la naturaleza; porque hemos llegado al punto en que la arquitectura se ha vuelto cómplice de muchos de los desastres naturales que vivimos hoy en día, por eso, me gustaría resaltar la palabra humanismo, porque una arquitectura más humanística y genuinamente ética siempre respetará a la naturaleza, a las personas y a la historia. 

AG. ¿Cómo se consolidan los hábitos de convivencia en el mundo a través de la arquitectura? 

AM. Cuando hablamos de una arquitectura de la convivencia, me gusta conectar la palabra habitar con el desarrollo de hábitos o costumbres; la forma como vivimos y habitamos genera costumbres diarias y cotidianas de carácter personal y urbano. Antes de la pandemia muchas personas tomaban Transmilenio para ir a sus lugares de trabajo o de estudio, y todo esto se vuelve una rutina. Nosotros desarrollamos hábitos y costumbres que son producto de estímulos, nosotros reaccionamos a estos estímulos; por ejemplo, cuando hace frío nos ponemos una chaqueta y si estamos en nuestra casa cerramos la ventana para que no entre tanto viento. 

La arquitectura es una segunda piel, que se manifestó desde las primeras construcciones, y cuando digo construcciones, pienso incluso en la ropa. Cuando el hombre hace treinta, cuarenta o cincuenta mil años comenzó a cazar y a protegerse con pieles de animales, desde ahí  estaban surgiendo formas de arquitectura, y si esto lo complementamos con la manera cómo construían las comunidades antiguas sus  hábitats para protegerse del peligro, se puede decir entonces, que estaban pensando en la manera de mejorar la forma de vivir, de habitar y de ser; lo cual ha sido importantísimo a lo largo de la historia. 

Ahora, si a todos estos aspectos les sumamos el factor de la convivencia, que se entiende como la posibilidad de vivir en paz, de ejercer deberes y derechos, la posibilidad de que exista el respeto; en este sentido, la arquitectura marca unos límites, pone una puerta abierta o cerrada, que te permite el ingreso o te lo niega, y esto mismo pasa con la ciudad. Los límites marcan unas normas, en el transporte público, en los parques o en la movilidad, y a partir de aquí entendemos que la construcción de un mejor habitar, es esencial en la construcción de la convivencia. 

AG. ¿Qué interpretación se le da a la estética desde la visión arquitectónica? 

AM. Este es un tema fundamental: me encanta insistir en que la arquitectura resalta la capacidad lógica que tenemos los seres humanos, es un acto de la inteligencia, y en este sentido, por ejemplo cuando un arquitecto construye o planifica una casa o apartamento, está pensando en que esté iluminado, ventilado, bien construido, con buenos materiales y que su diseño tenga una distribución apropiada; esto forma parte del aspecto técnico, que nos explica lo que hay detrás de hacer y construir arquitectura. Está también otra dimensión, que en este caso sería lo estético, pero, ¿qué es eso de lo estético? Esta pregunta es bastante filosófica, porque la belleza no se limita solo a la apariencia externa o formal de las cosas, y esto es algo que los grandes pensadores filosóficos se han cuestionado a lo largo de la historia. 

Cuando conectamos la estética con la ética, lo bello puede ser pensar en un mundo más justo y equilibrado. La belleza o lo estético responden a lo que sentimos, a nuestras pasiones,  a todo este mundo sensorial de los colores y sabores que forman parte de lo que nos gusta. No obstante; no se debe pensar en la estética como un asunto personal y subjetivo, porque existen las culturas, y cada cultura define qué le parece bonito, qué música los representa, qué literatura, etc.   

Entonces, diría que la arquitectura está profundamente arraigada en lo humano, porque es la pregunta de quiénes somos y también es la pregunta por la técnica, es decir lo que hacemos los seres humanos, y ese hacer implica que esté presente la dimensión lógica y estética, que como ya lo había mencionado, conectados con la ética pueden contribuir a un mejor desarrollo de la sociedad. 

AG. ¿Cuál es la importancia de enseñarles arquitectura a los niños, niñas y jóvenes? 

AM. Es importante porque la arquitectura es una metáfora de la vida; uno se forma de la misma manera como se construye una edificación, en razón a que requieren bases sólidas, límites que pretenden mejorar nuestro habitar en la tierra. La arquitectura no es solo un tema de arquitectos, y sí estamos de acuerdo en que el mundo lo construimos generación tras generación, este ejemplo es una síntesis de todo lo que existe. La arquitectura, con base en la ciencia, el arte y la cultura, desarrolla un lenguaje y unas herramientas que permiten el mejoramiento del ser humano. Se entiende que trabajar con la infancia y con la juventud, a cerca de la conciencia arquitectónica, genera aportes significativos. Cuando un niño o joven entiende su entorno, el ordenamiento del espacio y su habitar, puede tener una vida plena de sentido, donde aprende a superar las dificultades a las que nos enfrentamos como ciudadanos. En ese sentido, la arquitectura ayuda a los niños y jóvenes a integrarse en la sociedad y ser ciudadanos que participan de manera activa y consiente en la toma de decisiones.   

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