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Caminando de la mano con el olvido

Todos para uno y uno para todos; frase que enlaza la historia de esta familia, que en los momentos difíciles, siempre estarán ayudándose mutuamente.

Por: Andrea Katherine Ardila Pirateque.

Una tarde poco gris del mes de mayo, cuando caía un gran diluvio, la ciudad de Bogotá se estremecía ante el sonido de los  fuertes  truenos y se iluminaba ante los feroces relámpagos que alumbraban todo a su paso, y en medio del caos de la ciudad, María recibió una llamada que sin duda la dejaría marcada, una de sus hijas había sufrido una accidente automovilístico que la había dejado sin memoria. 

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En la madrugada del 19 de mayo del 2009, los techos de las casas bramaban, sus paredes y fachadas lucían completamente empapadas y los vidrios estaban completamente empañados debido al clima helado que era acompañado de fuertes borrascas y lluvias, clima que, por cierto, sentenciaba que algo malo se avecinaba. 

María, como siempre, se levantaba a las cinco de la mañana para despedir a sus hijas quienes salían a trabajar, aunque debido a las fuertes lluvias tomaron un taxi y se fueron, la fría mañana transcurrió con normalidad. María ayudó a vestir a sus dos nietas para  encaminarse hacia  su colegio, anocheció rápidamente y llegó el momento de volver a recoger a sus dos nietas, eran alrededor de las seis de la tarde y a pesar de que las luces envolventes de los  relámpagos  y los sonidos de los truenos habían cesado, la lluvia seguía cayendo cada vez con más fuerza, por lo que en medio del ajetreo y del querer proteger a las dos  chiquillas del torrencial aguacero no escuchó  su celular, que sonaba con desespero una y otra vez repetidamente luego de sonar el buzón de voz. Al llegar las tres a su casa, que por cierto, luego de esperar un carro durante varios minutos, su teléfono fijo  estaba sonando, y Jessica de 13 años, una de las nietas de María, contestó; se le hizo raro, pues era una voz extraña y le exigía con urgencia que le comunicara con un adulto para poder darle una información, por lo que entregó el teléfono a su abuela y fue a cambiarse con su prima, Katherine de  8 años ya que a la salida del colegio, uno que otro charco hizo de la suya y terminaron un tanto empapadas las medias del colegio.

Mientras tanto, María recibía una noticia que la sacó completamente de balance, sus manos temblaban, sus ojos perdían el enfoque debido a lágrimas rebeldes que amenazaban con salir, un nudo en la garganta y sentía que la gravedad a su alrededor había cedido, cuando le comentaron que Angélica, una de sus hijas y madre de Jessica, había sufrido un accidente automovilístico, por lo que necesitaban que alguien fuera al hospital Simón Bolívar donde estaba internada y siendo tratada su hija; al terminar la llamada hubo un lapso donde pensó lo peor, sus manos tiritando y su respiración entrecortada no la ayudaban a pensar con claridad, puesto que aunque no quería ocultarle nada a sus nietas, tenía que aclarar el nudo de pensamientos negativos y calmarse para no alarmar a las chiquillas y que entendieran la situación. 

Eran las diez de la noche, y el padre de Angélica, Juan y su hermana Myriam se encontraban en el hospital, llenando papeles y aclarando un montón de dudas que los carcomía, ¿Qué pasó?, ¿Cómo está?, ¿por qué ella iba en una moto? Mientras que la abuela y sus dos chiquillas, las cuales ya habían sido informadas de lo que había sucedido, esperaban impacientemente la llegada de los susodichos para que con ánimo de tranquilizar el ambiente les contarán a detalle qué había ocurrido.

Horas más tarde llegaron, dos pares de ojos marrones un poco hinchados por el llanto, en la mirada de Juan se podía ver una tristeza pura, miedo y tal vez un ápice de esperanza, mientras que a pesar de las oscuras ojeras con tonalidades moradas y grisáceas que  se podían divisar en la parte inferior de los ojos de Myriam, su actitud era impasible, aparentaba estar calmada, aunque su mirada estaba perdida y no había cruzado más que unas cuantas palabras desde que llegó. Juan relató lo que el enfermero le había dicho, recibieron una llamada por una moto que presuntamente había sido chocada por otro vehículo que se dio a la fuga, y al estar en medio de las lluvias el piso se había puesto más resbaloso por lo que el chico, que, por cierto, era un compañero de oficina de Angélica que se había ofrecido a llevarla, no logró frenar a tiempo ni lograr estabilizar su motocicleta. Aunque fue un gran impacto pudo haber sido peor, aun cuando Angélica corrió con la mala suerte de llevarse la peor parte por un contundente golpe en su cabeza, y por el contrario el chico, aunque no salió ileso, no se llevó más que unas cuantas raspaduras en su piel y uno que otro morado en algunas partes de su cuerpo. 

Una semana  después  y luego de  varios exámenes, la familia volvía  a estar reunida, Angélica fue dada de alta aunque con muchos cuidados en su hogar, y con un pronóstico un poco ambiguo pues podría ser posible que tuviera amnesia temporal o que no volviera a recuperar su  memoria, aunque eso se decidiría  al transcurrir el tiempo, pues  si no tenía el más mínimo recuerdo en un lapso poco más de un par de  días, sería demasiado desalentador; sin importar esto, la familia se regocijó ya que  Angélica  estaba de vuelta, su hija, Jessica, demostró de la mejor manera la madurez que su madre siempre le había enseñado, la cuidó y llenó de amor, la dejaba estar en reposo, pero por supuesto también fue parte  clave  para  que madre pudiera  recuperar su memoria, pues cada día  le contaba anécdotas de cuando se reían juntas, le relató los días que fue a clase a detalle y como era su rutina antes del accidente, incluso  con una sonrisa  de oreja a oreja  y unos  ojos llenos de ilusión, narró alguno que otro de  sus castigos  por  no querer dormir temprano o llegar tarde al colegio, mientras que su abuela María estuvo todo el tiempo a su lado, escuchando cada historia, cuento o incluso hasta para llorar  junto a ella con historias melancólicas, como la de cuando Pingui, su perrito, llegó a sus vidas. 

El resto de la familia se encargaba de estar cerca a pesar de sus obligaciones de trabajo y colegio. María hablaba con su hija Angélica casi todas las noches y cada vez la notaba más despierta, aunque su cuerpo aún estaba magullado por las secuelas del accidente, cada vez adquiría poco más de movilidad y se veía más consciente.

El 27 de mayo del 2009 esta pequeña y fuerte familia se alegró por completo cuando Angélica, hija, madre, hermana y tía, empezó a recordar una que otra situación, su actitud ya no era tan apagada, la alegría también se apoderó de ella pues hablaba mucho más, ya no solo con su hija y su madre, también habló mucho con su sobrina Katherin, su hermana Myriam y su padre Juan que al igual que Jessica le compartieron sus anécdotas e historias. 

Un par de semanas transcurrieron luego de esta increíble y emocionante noticia, lo que se precipitaba sobre esta familia eran unos cuantos controles para verificar que todo estuviera en orden. 7 meses más tarde, en diciembre del 2009 y a punto de empezar un nuevo año, todo era como en los viejos tiempos, aunque todos eran más cuidadosos en las cosas que hacían, disfrutaban cada instante juntos, al día de hoy, en febrero de 2021, la familia sigue unida, y cada vez que recuerdan esa situación la toman como una enseñanza de valorar a las personas, incluso a las que vemos a diario. 

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