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Por: María Alejandra Barragan Trujillo

Era 31 de diciembre del mismo año (2017) los estados anímicos habían mejorado. La tormenta sin fin parece haberse calmado. Sin embargo, las consecuencias de la tensión, de un agravado estrés temporal en esos dos meses, se hicieron ver después.



En enero, mi piel se empezó a tornar áspera, con protuberancias rojas parecidas a las picaduras de un sancudo, donde al parecer, se deleitó con una cantidad accesible de sangre. Las manchas eran evidentes en la frente parecidas a las secuelas que produce un acné. No me preocupé tanto hasta principios de febrero de 2018, cuando el huracán volvió en otra personificación.

Me miraba al espejo, los cachetes blancos y de porcelana empezaron a distorsionarse. Los granos se iban incrementado cada vez que los molestaba, ¿Por qué? El estrés de tenerlos en la piel tan delicada que solía tener. Pensaba “debe ser pasajero, con maquillaje los puedo cubrir”. Empezaba por primera vez la universidad, estaba muy ansiosa pero preocupada de la salud de mi piel.

Esto era nuevo para mí, pero sin pensarlo, arrasó con mi autoestima, con mi salud física y psicológica. Con el tiempo, el acné se fue agravando hasta influir en mí el uso de objetos en la cara, artículos como gorras negras de tela, capotas que me cubrían del sol y de las miradas juzgadoras, gafas de sol oscuras, entre otros. Me miraba al espejo, me miraba y me detallaba inclusive, al punto de olvidar mi reflejo por un tiempo.

La esteticidad es una alabanza para los ojos humanos, un deleite continuo de y para los hombres. Me sentía excluida de aquella estética que muchos buscan, que yo buscaba. La visita al dermatológico era una solución para el problema, solución para el arequipe que emerge al entrujar una torta. Parecía complicado, son tratamientos amigos del tiempo.

A mediados de septiembre, observé mi rostro, el espejo parecía empañado, sucio, residuos de salpicaduras de crema, de agua que emergen de la cabellera al peinarla y detrás, mi cara se encontraba con brotes críticos. Salía a la calle, sentía las miradas penetrantes, tan directas como el impacto de un martillo sobre una puntilla en la pared. Caminaba, caminaba y me obligaba a descender la cabeza, no toleraba la atención de entes externos en una persona con descendencia a depresión, donde hasta la mínima pregunta, gesto o sugerencia, la opacarían poco a poco.

Las relaciones interpersonales eran escasas. Intentaba no tratar con sujetos, no podrían hablarme sin mirar uno de mis granos a punto de estallar como la bomba de Hiroshima. El encierro se agravaba. Aun permanecía con las cortinas princesas cerradas todo el tiempo, no entraba un rayo de luz al cuarto, solo convertía la iluminación de la habitación existente, en un filtro más de Snapchat o Instagram.

Llegaba a mi casa, llegaba sin cruzar palabras con las personas de la universidad, del transporte y de la calle, subía lentamente mis escaleras ladrilladas como el anciano de 90 años con problemas de columna. Abría la puerta y me lanzaba en la cobija de algodón de mi cama, lloraba como aquel sujeto que pierde a un ser querido, desolado.

La depresión empezó a hacer auge. Los sujetos de mi núcleo familiar pensaron que llegaría el punto de hacerme daño físicamente.  Mi madre lloraba desorientada expresando “(…) tengo miedo de llegar a la casa y encontrar a mi hija muerta con unas pastas en la mano”.  No podía vivir con la culpabilidad de provocar dolores ajenos.

31 de diciembre de 2018, donde el colapso y el despertar se hicieron indiscutibles. Me encontraba en el piso frio de mi cuarto, de baldosa blanca, cuando una voz rezagante se hizo escuchar, lloriqueos se intercambiaron y un golpe en mi espada se hicieron esperar. Un arma blanca y desesperación de una madre intervinieron en un renacer.