Complejos trascendentales – primera parte

Intentaba no olvidar ningún objeto, ninguna prenda, ningún par de zapatillas ni a mi misma.

Por: María Alejandra Barragan Trujillo

La noche anterior notaba en mi cuerpo signos de desesperación, de ansiedad como cuando vas al doctor por primera vez sin tus padres, donde el camino se te hace eterno y complejo y las paredes color hueso se hacen diminutas a cada paso que das. No conciliaba aquella zozobra de pánico. Mi cuerpo esta emocionado, se encontraba dichoso, la particularidad del movimiento de mis piernas, brazos al pensar que faltaba poco, era indiscutible y evidente.

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La rigurosidad que tenía al alistar la maleta era patente. Intentaba no olvidar ningún objeto, ninguna prenda, ningún par de zapatillas, los objetos personales y de higiene. La maleta concebía un color azul oscuro similar al tono de las profundidades del océano pacifico, donde la luz se transforma; no era muy grande, parecía un morral de uso escolar, pero con ruedas.

Intentaba que todo cupiera, mis sandalias negras con tiras, mis vestidos coloridos y cortos, los converse blancos que se convirtieron en beige por el uso frecuente de los últimos meses. No llevaba mucho, solo lo necesario para deslumbrar un nuevo territorio que me iba a acoger pocos días.

12 de julio, era el día. Era el día, por fin había llegado uno de los momentos más alucinantes y deseados de ese año, así tal cual un niño de 4 años ve a su juguete favorito, esa sonrisa penetrable e ingenua.  El sueño fue inflexible, no conciliaba la fantasía y, además, la cama auxiliar, esa que posee 2 pares de ruedas plásticas negras para su movilidad, para extraerla de bajo de la cama sencilla; era muy pequeña e incómoda.

Sin embargo, no fue problema para elevar mi cuerpo delgado e inquieto a las 4 de la madruga. Desperté a Nicolas, mi primo que ocupaba la cama sencilla y de color marrón similar al de un tronco de quinientos años.

De camino, no alcanzaba el control de mi cuerpo inundado del nerviosismo. Podía ver mis piernas descubiertas de un color blanco como las franjas de las cebras; tomando la apariencia de la piel de gallina, áspera y para nada delicada. Embarcamos, y había olvidado la apariencia de aquel camastrón, su curvatura tan inherente, sus pasillos delgados similar a la cintura de una mujer de 25 años bulímica; sus ventanas parabólicas como resultado de las funciones cuadráticas; jamugas modernas tapizadas y pigmentados de un azul rey.

La energía que emergía de mi masa se adormecía, y solo podía espera a ver el croquis de la isla, ubicaba en el océano Atlántico, a unas 757 millas del distrito capital. No solo estaba exasperada por conocer nuevos territorios sino, sería un sentimiento que me agobiaría por una larga temporada al regresar.

Disfrute mi travesía por la isla caribeña, como aquel espectador en un teatro, estimando la obra de Hamlet. Pude vivir la felicidad pura en cada zancada por las playas, cada pisada en el centro de la isla, en cada actividad turística, en los pasillos del hotel amplios, similares a los de un museo moderno; en cada movimiento de cintura, de cadera, de las piernas provocado por las fuertes frecuencias de la música que no solo receptaban mis oídos pequeños y delicados sino, mi cuerpo delgado, con estatura de 1.55, cadera pequeña; en los diferentes espacios albergados.

Sentí la felicidad y plenitud en su alta expresión. La emoción de un niño al ver a su padre fuera de la escuela, la aceptación de una beca de estudios, un contrato laboral de alto estatus, la reunión de los amigos en una discoteca o en un domicilio hablando y comiendo pizza hawaiana, la impresión al ver por primera vez el mar azulete; todas las mismas emociones acumuladas, presente en el territorio caribeño.

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