Imagen tomada de lavanguardia.com

Por: María Alejandra Barragan Trujillo

Transcurrían los días, eran más cálidos y productivos. Hasta que, un día en las horas de la tarde, mi cuerpo empezó a comportarse de una manera extraña. Mi cabeza empezó a retumbar, los mareos y las náuseas eran insistentes. El dolor estomacal se hacia mas fuerte, retorcijones que pueden parecerse a la falta de alimentación.



Me rodeaba la angustia, la incertidumbre perpetua, las lágrimas semejantes a la llovizna en un primero de enero; me sentía asustada. Empecé a hilar situaciones, llegué a la deducción de un embarazo. Me veía al espejo, me levantaba la camisa hasta de bajo de los pechos, la ansiedad y temor se apoderaban de mis otros estados anímicos; me tocaba la barriga con preocupación e interrogantes de si sería así, “¿Qué haría? Solo tengo 16 años”.

La zozobra aumentaba, la almohada era testigo, las cobijas tres tigres arropaban las trincheras producidas en mi cabeza las noches siguientes. Mis estados emocionales y mentales empezaron a transgiversar. No comía, mis pensamientos aprensaban solo la angustia.

Dia tras día, solo miraba mi cuerpo en el espejo vertical, de marco café delgado de mi cuarto. El 22 de octubre me dirigí a una farmacia del barrio, no sabía como comunicarme, como controlarme, mi miraba ansiosa, de arriba abajo no tenía control. Sutilmente, con paciencia, esperé a que el último cliente saliera del establecimiento. Proseguí: “¿me vende una prueba de embarazo?”. Mis manos temblaban, mis pensamientos confusos se acumulaban en mi pequeño baño con baldosas blancas pulidas, tal vez, difundiendo optimismo. Tomé la barra plástica y ojeé, “NEGATIVO”.

Los días posteriores me sumergía a la negatividad, mi estado emocional estaba tan arrastrado en el barro, en el excremento como el de una vaca, que no creía los resultados. Empecé una era de estrés crítico, me encerraba en las cuatro paredes de mi cuarto, con las ventanas de un rosado princesa, cerradas. Mis pensamientos no tenían lugar en un mar negro de soledad absoluta, donde el único tema pensante era el “embarazo” psicológico y decisivo. Los días me fueron consumiendo, la felicidad y el humor que me caracterizó se fue fundiendo.

El 24 de diciembre, vísperas de navidad. Cogí el bus san Cristóbal a las 6:30 de la mañana para dirigirme a mi trabajo, trabajaba como vendedora de calzado y sabía que ese día el almacén iba estar muy congestionado. Arreglé los estantes de vidrio, limpiaba con un limpia vidrios y un periódico que retiraban de los zapatos.

Llegó las 9:00 pm y mi ánimo cambiaba constantemente como las llamas de fuego que proceden de la madera de una fogata. Me recogieron a las 9:46 de la noche en camino para celebrar las vísperas en el apartamento de mi tía ubicado a unas tres cuadras de la 163 con novena. Caminaba y aunque estaba acompañada, me sentía destruida, estresada y confundida. La noche era bastante fría y solo poseía en mi tronco una chaqueta negra de Nike.

Al llegar, cruzó la puerta de madera sin seguro alguno, saludo “buenas noches” y me dirijo a subir las escaleras laminadas, brillantes por la luz led blanca del salón. Camino, sigo caminando, mis pisadas golpean el piso laminado madoroso. Llego a una de las habitaciones, rompo en llanto.

Nunca había sentido tal dolor en el pecho como el que soporté en el cuarto oscuro similar a una cueva llena de murciélagos. Las lágrimas y los quejidos salieron como si estos estuvieran acumulados hace una eternidad. No conseguía poder en mis gestos faciales envueltos en líquidos salinos. Me desesperaba. En un momento, llego un familiar cercano, primo cercano, con el crecí y viví la infancia como se muestran en las películas infantiles americanas.

– ¡¿Qué pasa?!- pregunta.                                                                                            – ¡Me siento sofocada! – respondo entre dientes y con la cabeza mirando la cama.                                         

– ¡¿Todavía con eso?! Ya no más- con una cara de impotencia y repugno.