Desde la manipulación del poder, donde pocos son beneficiados y donde se utilizan herramientas para beneficio personal, la justicia aparece como una quimera traslúcida, como una representación incansable de ficción para la mayoría. Esta falta de coherencia social es todavía más oscura cuando un sistema que supuestamente está hecho para ejercer justicia funciona como arma para señalar inocentes.
Esta constante injusticia que lleva décadas en un país profundamente desigual como Colombia, causa que estas maneras corruptas de poder se encarnen en un sistema desigual que muchos gobiernos defienden, y que otros no han sido capaces de reestructurar.

De los miles de casos de falsos positivos judiciales y policiales que abundan en el sistema judicial corrupto de Colombia, está el de Alexander Obregón, víctima de este flagelo, acusado injustamente, que pasó años en prisión por un crimen que no cometió. Durante su reclusión, la poesía fue su forma de resistencia. Tras recuperar la libertad, regresa a una sociedad que aún lo señala, decidido a demostrar su inocencia y a descubrir quiénes están detrás de su condena.
Desde los ojos del director colombiano Henry E. Rincón, el documental El perfecto culpable recorre la vida de Alexander en medio de sus dificultades, y de sus procesos mentales llenos de angustia y zozobra, mostrando de primera mano el infierno dentro de una falsa libertad manejada entre sombras.

El documental destaca la continuidad de Rincón, que recorre con Alexander sus rutas sin rumbo fijo, que muestra cómo un ser humano se asfixia en una selva de concreto, con el miedo latente de la búsqueda de la verdad, un viacrucis que no debería ser, porque se enfrenta a la fórmula del crimen, ya sea estatal o de bandas organizadas que oprimen con violencia psicológica y física.
El perfecto culpable, además de una denuncia y un grito a esta justicia que al parecer siempre camina coja, es una muestra de cómo la violencia sistemática dentro del aparato corrupto de justicia colombiano es una herramienta de poder de quienes tienen acceso a él, porque desafortunadamente son las peores personas quienes promueven y se benefician de acciones como estas.

Alexander es una muestra de los cientos de casos de seres humanos destruidos en su interior, en su vida, en su familia, hasta quedar convertidos en seres sin un no futuro, que apenas sobreviven a las desventajas de no querer pertenecer a esa normatividad hostil y corrupta que tantos colombianos ven como el único camino, que adaptan a una cultura ventajosa, de la que hacen parte desde la persona más humilde que cuida una esquina hasta el alto funcionario público que sus subalternos califican de íntegro, que puede ser el más desarmado frente a quien quiera encararlo.
Henry E. Rincon impacta sin caer en el drama deliberado ni la exagerada victimización, mostrando una realidad que no necesita ser intervenida ni inventada para convencer, ya que la realidad misma es lo suficientemente desalmada en un mundo sin justicia, donde la libertad se compra y el juicio se impone, aunque queda la valentía de quien quiere luchar por su razón, y el arte, una vez más, está presente como vehículo conductor para mostrarles a otros ojos que esta lucha sigue. Juzguen ustedes.








