Crónica de una nariz andante en las calles de Cali

Lo que sube por esa rejilla es espeso, orgánico, sin margen de interpretación. Una mujer aprieta la nariz con dos dedos. Un hombre de corbata desvía la ruta tres metros sin levantar la vista del celular, con la automaticidad de quien lo ha hecho mil veces.

 

Por Rodolfo Bolaños Barrera

Doña Fanny Carabalí lleva cuarenta y dos años vendiendo pandebono en una esquina del barrio San Cayetano, comuna 3. Nunca ha puesto un aviso luminoso. Nunca ha necesitado uno. A las seis y cuarto de la mañana, cuando saca del horno la primera bandeja, el olor viaja solo: cruza la acera, dobla en la esquina, entra por las ventanas de quienes todavía no han decidido si levantarse o no. —Me dijo mi mamá: mija, usted no necesita gritar. Deje que el horno hable por usted. El horno lleva hablando cuatro décadas.

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Antes del pan, sin embargo, la ciudad tiene otro olor. A las cinco y media, cuando el asfalto guarda el frío de la madrugada como un secreto que no va a durar, alguien —una señora de chancletas, un portero con escoba de palma— regó la acera. El agua golpeó el cemento caliente de ayer y produjo ese vapor mineral que los científicos llaman petricor y que cualquier caleño reconocería con los ojos cerrados en cualquier lugar del mundo. Edilberto Mina, cotero del mercado de Alameda —carrera 26 No. 8-37, barrio Alameda, comuna 9— desde hace veintisiete años, lo tiene resuelto: —Uno sabe qué hora es por el olor, llave. A las cinco huele a frío. A las siete huele a comida. A las doce huele a gasolina y sudor. Y a las cinco de la tarde huele a lluvia, así no llueva todavía. La ciudad tiene un reloj olfativo más exacto que muchos relojes de pared.

Lo que viene después del pan y el agua es menos poético pero igual de cierto. En la carrera quinta entre calles 10 y 15, en el corazón del Centro, el alcantarillado amanece destapado. No es novedad: lleva así desde que llovió el martes, y el martes ya es historia. Lo que sube por esa rejilla es espeso, orgánico, sin margen de interpretación. Una mujer aprieta la nariz con dos dedos. Un hombre de corbata desvía la ruta tres metros sin levantar la vista del celular, con la automaticidad de quien lo ha hecho mil veces. —Ese caño lleva así como dos años —dice Hernán, el lustrabotas de la esquina—. Yo ya ni lo huelo, la verdad. Ya me acostumbré. La acostumbrancia es también una forma de retrato. Una ciudad que normaliza el olor de su propio abandono es una ciudad que lleva mucho tiempo pidiéndole a su gente que haga el esfuerzo de no oler.

Más adelante, la buseta vieja escupe su nube negra de diesel al acelerar. Un niño de uniforme tose. El conductor no se inmuta: lleva años respirando eso desde su puesto, que es exactamente donde el humo es más concentrado. En la esquina, el vendedor de minutos apodado el Mono filosofa desde su sillita de plástico: —Eso es lo que le pasa a uno por andar en la calle. Pero qué más hace uno, pues.

En los barrios del Distrito de Aguablanca —ese vasto oriente de la ciudad que abarca las comunas 13, 14, 15 y 21— el aire tiene capas. La primera, a leña: no la leña romántica de las chimeneas europeas, sino la leña urgente de quien cocina desde las cinco porque los hijos necesitan comer antes del colegio. La segunda capa es el sancocho. A las diez, cuando el sol ya aplasta, los restaurantes de comida del Pacífico abren sus ollas y Cali recibe un golpe de caldo de gallina criolla, plátano verde y cilantro cimarrón —ese cilantro montuno y salvaje que cualquier hijo de chocoano o nariñense reconoce de inmediato como casa—. —Eso es lo que somos nosotros acá —dice Magnolia Torres, que lleva diecinueve años cocinando tapado de pescado en un local sin letrero en el barrio El Poblado I, sobre la calle 72P con Carrera 28F, comuna 13—. Nos trajeron sin preguntarnos, pero el olor de la comida sí lo trajimos nosotros solos. Magnolia llegó de Buenaventura en 2002. No por gusto.

En la galería Santa Elena (calle 23 No. 30-74, barrio Santa Elena, comuna 10), al mediodía, los olores se apilan como cajas sin orden: la albahaca y el toronjil, la guanábana que se abre sola, el chontaduro con sal. Y después, sin aviso, la sangre y las vísceras de las carnicerías. El turista arruga la cara. El habitante de siempre lo acepta, porque sabe que ese olor es también el olor de lo que va a almorzar. —La carne fresca tiene un olor limpio —explica don Aurelio Potes, carnicero desde los dieciséis años—. Yo soy como un perro, llave: si huele bien, está bien; si no, eso va pa’ la basura. Las bolsas negras apiladas en las esquinas, cuando el camión no pasó —y hay semanas enteras en que el camión no pasa—, reciben el mismo veredicto del sol: un olor a descomposición que no tiene metáfora que lo suavice. —La ciudad que tenemos huele también a eso —dice Yolanda Angulo, líder comunal del barrio Terrón Colorado, en la ladera occidental de la ciudad, comuna 1—. Y mientras no lo digamos, no lo arreglamos.

El río Cali baja del Alto del Buey, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar en los Farallones, con las mejores intenciones. Llega frío, transparente, oliendo a roca y a altura. Donde entra a la zona urbana por el noroccidente, a pasos del Zoológico, uno todavía puede zambullirse sin riesgo: el Dagma lo certifica. Pero la ciudad lo recibe como recibe muchas cosas buenas: sin cuidado. Aguas abajo, los lixiviados que deja la minería ilegal en las faldas de los Farallones le van dando esa coloración rojiza que los vecinos llaman caparrosa. Las conexiones erradas del alcantarillado doméstico de los barrios Santa Rita y Santa Teresita le van sumando carga orgánica. Para cuando pasa por los puentes del centro —el de la Calle 8, el de la Avenida Colombia, los que cruzan el barrio Santa Rosa en la comuna 3— ya huele a lo que le fueron echando sin prisa y sin culpa. Y al final de su recorrido, cuando llega al sector de Floralia, el Canal Acopi descarga sobre él una última afrenta que tiñe el agua de negro antes de que desemboque en el Cauca. Lo que los técnicos llaman índice de contaminación, los vecinos lo llaman simplemente el olor del río. —Antes uno sí podía bañarse aquí —dice don Clodomiro Reyes, setenta y un años—. Cuando yo era pelaíto, el río olía a río. Ahora huele a caño. Don Clodomiro no es nostálgico por oficio. Es testigo. Y los testigos son más útiles que los poetas cuando se trata de medir lo que se perdió.  A pocos kilómetros de donde don Clodomiro recuerda su río, en la Calle 73A con Carrera 2E, el barrio Petecuy I carga con una responsabilidad que no eligió. Allí, entre las comunas 6 y 7, sobre la orilla misma del Cauca, Emcali instaló en 2003 la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales de Cañaveralejo —la PTAR-C—, las 22 hectáreas donde Cali le encarga a la tierra y al agua que limpien lo que sus habitantes ensucian. La planta tiene cubiertas de aluminio sobre sus estructuras, filtros biológicos, sistemas de ventilación a presión negativa: toda la ingeniería del control de olores. No siempre alcanza. El vecino de Petecuy que sale temprano a la tienda sabe cuándo el viento viene del occidente. Sabe cuándo las bombas tornillo están fallando, cuándo los biodigestores están al límite, cuándo la planta está tratando más carga de la que puede. No lo sabe por los informes técnicos de Emcali. Lo sabe por la nariz. Es un olor denso, pesado, que los técnicos clasifican como sulfuro de hidrógeno —ese gas que desprende el lodo anaerobio al descomponerse— y que el habitante de Petecuy simplemente llama el olor de allá. No tiene otra palabra porque no necesita una. Ese olor lleva más de veinte años siendo parte del paisaje. —Uno se acostumbra pero no se acostumbra del todo —dice Javier Castaño, conductor de buseta que vive en Petecuy desde que nació—. Es como vivir al lado de algo que le recuerda a uno todos los días lo que la ciudad desecha. La PTAR-C trata en promedio dos metros cúbicos de agua residual por segundo, la carga orgánica de más de dos millones de caleños. Petecuy, que nadie preguntó, recibe el olor de todos.

Hacia las cuatro de la tarde, la ciudad baja la guardia. El aguardiente derramado la noche anterior sube con toda su acidez fermentada desde las grietas de la acera. En los callejones mal iluminados que conectan el centro con la Alameda —especialmente los pasajes entre la Carrera 23 y la Carrera 26, sobre las calles 8 y 9— aparece el olor a orina acumulada en los muros, a cartón mojado, a lo que duerme allí porque no tiene otro techo. El caminante que va a pie no puede ignorarlo: el olor llega antes de ver a nadie. —Uno pasa y siente lástima, pues —dice Valentina Castaño, estudiante universitaria que camina esa ruta todos los días—. Pero también siente asco, y uno no sabe si es malo sentir asco. Eso me incomoda más que el olor mismo. Valentina tiene veintidós años y está aprendiendo, como todos, a vivir con las contradicciones que la ciudad no resuelve.

Y entonces llega el aguacero. En Cali el calor y la lluvia se alternan como dos niños traviesos que no avisan: el caleño que no consulta el almanaque Bristol ni revisa el pronóstico —y son la mayoría— aprende a vivir con la incertidumbre de un cielo que decide solo. Pero cuando viene el aguacero de las cinco, si viene, es tan puntual que la señora del mercado ya dobló el toldo, el vendedor de lotería ya guardó los tiquetes, el niño en el parque ya sabe que tiene diez minutos. Cuando la primera gota golpea el pavimento caliente, la ciudad huele distinto. No mejor ni peor: distinto. Es el petricor, que en el barrio Bellavista (comuna 19, al suroccidente) y en el barrio Alfonso López (comuna 14, en el Distrito de Aguablanca) y en cualquier barrio de Cali simplemente se llama cuando va a llover. Por veinte minutos, el pan y el diesel y la fruta y el caño y el aceite viejo y la orina del puente y el cilantro cimarrón se mezclan y después se lavan. Es el momento más democrático del día. —Cuando llueve así, yo salgo al corredor y me quedo mirando —dice doña Fanny, la del pandebono, que a las cinco ya está recogiendo su esquina—. Se siente como si la ciudad dijera: ya fue. Ya fue el día. Mañana volvemos.

Cali huele al pandebono de doña Fanny y al caño de la Carrera 11. Al cilantro cimarrón de Magnolia y a la basura que el camión no recogió. Al río que don Clodomiro recuerda y al río que tenemos ahora, que no son el mismo. Al cartón mojado bajo el puente y a la salsa que sale de una ventana abierta el domingo. El caminante que la recorre a pie —sin el escudo del carro, sin la coartada del trayecto corto— aprende que una ciudad se conoce por sus olores antes que por sus monumentos. Los monumentos se construyen en seis meses. Los olores tardan décadas y son, por eso, más honestos. La nariz no miente. No sabe cómo. Y Cali, entre sus muchos talentos, tampoco ha aprendido a mentirle al olfato. Lo que huele bien, huele bien. Lo que apesta, apesta. Y en ese territorio sin edición donde conviven el pandebono y el caño, el aguacero que lava y el sol que vuelve a calentarlo todo, está la ciudad real. La que todos respiramos.

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| Nota del editor *

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