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[Crónica] Por la cuarenta y cinco en veintidós: Recorriendo la Ruta del Sol Parte II

Villeta es la puerta de entrada de Cundinamarca para los viajeros que vienen y van hacía del Magdalena medio.

Lunes 18 de diciembre Bogotá D.C.

Había trabajado 16 horas diarias por una semana para poder viajar. La cita era a las 10:00 pm en la vivienda de Andrés. Marcaban las 9:00 pm cuando cerré el negocio. Monté la bici y en un santiamén llegué a casa. Un morral con granola, leche de soya, pan integral, fruta y algo de ropa. A 5 minutos de la cita el corazón palpitaba más fuerte.

Andrés, un viejo conocido de la universidad, desde primer semestre habíamos compartido clase, amistades y la pasión por el equipo capitalino, Millonarios. Sus dotes académicos y disciplina no eran de mi admiración como sí lo eran su humor y sociabilidad. Luego de algunos meses de amistad extraviada por horarios y trabajo, nos reencontramos a final de año en la universidad. Allí me comentó su plan de pasar navidad y año nuevo fuera de Bogotá, tal vez en el Parque Tayrona.

  • ¿Y cuánta plata se gasta en ese viaje? Le pregunté
  • Cuatrocientos mil ida y vuelta más lo que se quiera gastar allá. ¿Va a ir o qué Dieguito?
  • Me gustaría mucho, pero no sé si me den permiso en el trabajo y ahora estoy corto de plata. Pero voy a pedir permiso. -Le respondí –
  • ¡Eso, me avisa cualquier cosa! – Exclamó Andrés.
- Patrocinado -

Nuestra última conversación frente a frente 2 meses antes.

En su residencia, Andrés parecía no tener ningún afán. No había terminado de llenar su morral gigante, jugaba con los perros, hablaba con su hermano y ralentizaba sus movimientos. Todo listo, la despedida de su familia era lo último. Besos y abrazos de corta duración confirmaban que no era su primera aventura.

Cerca de las 11:00 pm salimos a la yerta noche bogotana transitada por helados chiflones. Lentamente caminamos por las ahuecadas y solitarias calles mientras se fumaba un cigarrillo y hablábamos de nuestras vidas. Nos dirigimos a la avenida principal donde, reunidos con Jhon, amigo de Andrés que estudia psicología en nuestra misma universidad, tomamos un bus hacia la terminal. Andrés me presentó a John, de pocas palabras, nos tomamos una foto y empezamos a hablar de Millonarios, campeón del torneo de fútbol profesional colombiano, de los moños de bareta que habían conseguido y otras banalidades.

La terminal de transportes contrastaba con el desocupado bus. Atestado de viajeros de todas partes de Colombia y del mundo que arropados dormían sobre sillas, maletas y hasta en el piso. Otros discutían y se quejaban por la falta de buses y rutas. Algo habitual en las épocas festivas donde, según el promedio de su Informe de Gestión de 2016 moviliza a más de 40.000 viajeros por día.

Definitivamente, El Salitre no es una de las mejores terminales terrestres de Colombia. Esto es justificado por el informe de la Superintendencia de Puertos y Transporte en 2018. En este, presenta incumplimientos normativos y servicios ineficientes, además de su infraestructura caduca, poco estética que data de los años 80s.

Luego de merodear varios minutos por la terminal, a la distancia, un hombre nos ve y se nos acerca rápidamente:

  • ¿Muchachos para dónde van?
  • Para Villeta, ¿A cómo? – preguntó Andrés.
  • 30 cada uno, ya va de salida-
  • Ya venimos- le dije.

No había más buses. Volvimos. -Tenemos 60 por los 3- Dijo Andrés. -Hágale pues. Así, pasada la media noche, nos embarcamos en una buseta pequeña hacia Villeta, municipio a dos horas de Bogotá. Un viaje corto en el que por la emoción no dormí y me limité a cerrar los ojos. Jhon tampoco lo hizo, estaba a mi lado, miraba por la ventana y su celular.

Villeta

En un parpadeo ya estábamos en Villeta. A las dos de la mañana no se escuchaba un alma. No conocíamos, así que abordamos un taxi. Andrés. – Buenos días, vecino, necesitamos armar dos carpas para amanecer, ¿Por acá dónde se puede? – Taxista. -Por la carrilera, allá es plano, yo los llevo- en el camino, por una calle sin pavimentar, charlaban una
mujer joven y un hombre. -Esta juventud de ahora- dijo el conductor, ¡Esa niña es una dealer y ya la han cogido varias veces!

Andrés susurró -Esa es la que necesitamos…

Llegamos a la carrilera del tren rodeada de árboles, pasto y maleza. Al otro lado casas y una cancha de futbol 5. – Aquí no- les dije. -Por la mañana la gente se levanta y somos lo primero que ven, nos joden- Caminamos hacia el fondo, ya no había casas. Un pequeño cañón con una línea de agua (quebrada Cune) nos separaba de un extenso y desnivelado potrero. Al costado, un grueso y oxidado riel ferroviario hacía de puente. Cruzamos. De reojo, examinamos hondonadas y bajo los árboles del riachuelo. Allí tampoco.

Nos devolvimos balanceándonos por el raíl. A pocos pasos, un hotel de 3 pisos (Donde Olivo) nos recordaba la comodidad que no tendríamos ese resto de madrugada. Subimos por una angosta calle entre el hotel y la quebrada. A menos de una cuadra vimos nuestro lugar, al lado de la calle, una pequeña planicie de césped recién cortado. Al frente, una pequeña y larga barricada de mohosos y viejos muros encerraba frondosas palmas. Un mausoleo que sobresalía explicaba todo.

Una vez maletas descargadas, Andrés y Jhon, como si de un ritual se tratara, antes que cualquier cosa, iniciaron lo que sería una molestia para mi durante todo el viaje. Más que una molestia, una preocupación. La pérdida de reacción y el adormecimiento de los sentidos era poco favorable en situaciones de riesgo objetivo.

  • Andrés- ¡Peguémoslo!……… ¿Trajo cueros? –

En el argot de los consumidores, pegarlo es juntar y triturar una pequeña porción de marihuana para armar un cigarrillo de esta. Los cueros: la envoltura. Así se fumaron cada uno su primer bareto de no sé cuántos, al final perdí la cuenta. Armamos las carpas. Con tierra y piedras como colchón nos tendimos en el suelo, eran las tres de la mañana.

Un incómodo sonido me despertó. Después un perro ladró. El ruido continuó. Alguien golpeaba algo o chocaba sus palmas. Luego empezó a hacer ruidos con su voz. Jhon, en la otra carpa, no se movía. Desperté a Andrés que con los labios tostados apenas podía balbucear. El ruido continuó. De repente Andrés se levantó, abrió la carpa y salió. Intercambió unas palabras con el sujeto y luego de unos minutos volvió adentro.

  • ¿Quién era? – pregunté.
  • Un man ahí que preguntaba quiénes éramos, qué hacemos aquí, que nos fuéramos Andrés se recostó sobre la maleta. Empezamos a conversar y a planear lo que haríamos ese día:
  • Desayunar
  • Dar una vuelta por el pueblo, conocerlo.
  • Ir a bañarnos al río
  • Almorzar
  • Salir a la carretera a ver en qué remolque nos podíamos montar.

Desarmamos carpas y empacamos. La idea era fumarse otro para empezar el día, pero la falta de agua se los impidió, apenas tenían saliva para hablar. Nos dirigimos hacia el parque principal de Villeta.

Tranquilo y amable municipio que con 456 años es la Capital de la provincia de Gualivá, una de las 15 que conforman el departamento de Cundinamarca. A Villeta también se le conoce como la Ciudad Dulce de Colombia. Esto, gracias a que hasta hace pocos años la panela era su principal base económica, hoy en día lo es el turismo. Este municipio también es conocido por sus Festivales: Reinado Nacional de la Panela, y el Festival Departamental de Bandas sinfónicas.

Subimos por una empinada calle desde la que se avistaba un pináculo beige, el de la Parroquia Arcángel San Miguel, patrono del municipio. Fundada en el año 1552 con el arribo de las órdenes religiosas de Dominicos, Capuchinos y Franciscanos. Estos, llegaron a catequizar las tribus indígenas Panches y Chapaimas, temidos por su canibalismo y ritos de adoración al Demonio, según la parroquia.

Avanzamos por la calle 4°. En torno a ella varias tiendas colgaban de sus paredes y dinteles largos paquetes de panelitas de coco, blanqueados, colaciones y cocadas. Sobre las mesas, panela en bloques, atados, pequeños cuadros, mielmesabes y las innovadoras vermeladas: mermeladas hechas de vegetales y endulzadas con panela.

Metros después de la Estación de Policía entramos a una plazoleta de comidas. Los menús, muy similares a los de la cercana Bogotá, ofrecían caldo de costilla, changua, chocolate con pan, jugo de naranja, arepas, calentado etc. Allí, bajo un árbol, desayunamos. Jhon y Andrés pidieron: Caldo de costilla, arepa, huevos, arroz con pan y jugo. Vegano de nacimiento, comí lo que traía; leche de almendra, granola, y pan. Jhon y Andrés me observaban admirados.

  • ¿No va a comer más Dieguito? –
  • Tome, al menos cómase la arepita- dijo muy amablemente Andrés.

Sin saber qué hacer nos dirigimos al parque principal de Villeta, la Molienda. Nombre que se le da al proceso de producción panelera (extracción del zumo de la caña, cocción, bateo y moldeado). Los árboles de pomarrosa con sus frutos a medio madurar fueron lo último de mi desayuno. Nos sentamos bajo la enorme Ceiba tan vieja como Villeta. Bajo su sombra, protegía a los más longevos villetanos así como a los símbolos de escultura pública que identifican al municipio.

  • Vendamos algo acá en el parque – dijo Jhon.

Tenían manillas e incienso. Elementos que usualmente utilizan los barristas para retacar, pedir dinero. Me negué. Me parecía que eso era rebajarse demasiado. Tenía dinero para lo que necesitaba. Después de dos intentos se desanimaron. A media mañana, con el sol sobre la espalda, decidimos ir al río. Preguntamos dónde quedaba. Hay dos lugares, nos dijeron: El salto de los micos a la derecha y la bocatoma a la izquierda. Escogimos la Bocatoma.

Caminamos un par de cuadras y tomamos un Jeep Willys, vehículo especial para carreteras destapadas, usado en la segunda guerra mundial y en la mayoría de las zonas rurales de Colombia. Repleto con mercados, maletas, una pipeta de gas, bultos y 4 personas pendidas, arrancó.

20 minutos por entre caminos y vegetación nos condujeron a la Bocatoma. Reserva hídrica del municipio y uno de los principales atractivos turísticos de Villeta. Sumergida en medio de frondosos árboles, guaduales, pastizales y cultivos fluye apaciblemente el agua del Río Villeta a través de la cascada de cemento.

El jeep nos dejó en una rústica casa tienda, contigua a un viejo riel de tren que en algún momento del siglo XIX hizo parte de la antigua Ruta ferroviaria del Sol, en desuso hace varias décadas. Compramos un six pack de cerveza, algo de comer y nos encaminamos por la vieja corredera.

Con un poco de vértigo cruzamos un precipicio con el riel como puente y el río bajo nosotros. Sobre la vía, dos carrozas artesanales incrustadas sobre la carrilera. Medio de transporte improvisado, 100% colombiano que moviliza los turistas hasta Villeta.

Llegamos a un guadual desde el que se divisaba el sitio. Una larga cascada artificial con no más de 2 metros de alto, un muro desde el cual saltar, amplios espacios para nadar, niños, mujeres, adultos y una amplia ribera que ascendía. Dejando atrás a la gente nos alejamos hacia arriba. Descansamos bajo un pequeño bosque en el que nos acomodamos. Andrés sacó un moño de hierba que lentamente trituró en el grinder (herramienta plástica o de metal usada para dividir el cannabis compacto en pequeños fragmentos). Luego, dos cueros medianos con los que pacientemente envolvió la yerba

Después de un par de cervezas y dos porros, los niveles de tetrahidrocannabinol thc, principal constituyente psicoactivo del cannabis, en sus cuerpos aumentó notablemente, quedaron pasmados. Minutos después entramos al río durante un par de horas, algo de juego, fotos y un rápido regreso a Villeta.

Con el propósito de no gastar de más, caminamos hacia la plaza de mercado en busca de comida. Una calle encarpada con mesas y sillas en su mayoría de plástico. Los olores a fritanga, pescado, frutas en descomposición y fluidos corporales hacían dudar el apetito. Aun así, los precios nos excedían. Tras caminar en círculos encontramos un sitio con una jarra de jugo de mango sobre una pequeña meza, allí nos sentamos. Almorzamos por

$7000 cada uno, el viaje era largo y no sabíamos cuándo ni dónde sería la próxima comida.

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