Cultivo de flores en la Sabana de Bogotá.
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Por Sonia Torres

Dos meses antes del 14 de febrero, fecha en que se celebra San Valentín, es común escuchar perifoneo en los municipios aledaños a la sabana de Bogotá, o ver letreros pegados en los postes convocando a las personas para que se presenten a trabajar. El anuncio es llamativo porque no requieren de experiencia y con solo presentar la cédula de ciudadanía y la hoja de vida admiten a hombres y mujeres sin límite de edad. De esta manera son muchos los que se presentan, pero pocos los que soportan las largas jornadas laborales. Extrañamente son más las mujeres las que resisten el exceso de trabajo en los cultivos de flores y zona de poscosecha y eso lo demuestran las estadísticas, pues el 65% son mujeres de las cuales el 64% son madres cabeza de hogar.


Flor, Rosa, Azucena, Margarita y muchas mujeres saben que llegó su oportunidad de trabajo para cuadrarse económicamente después de la temporada escolar, pues tienen que seguir asumiendo los gastos de sus hijos que por esta época solamente las van a ver en las noches, y eso si el sueño no llega primero que sus madres. Esta es la historia de una de ellas.

Inicia el itinerario
Sandra es una mujer de 36 años, madre de 2 hijos y abuela de una bella niña de dos años. Al hacer cuentas, no es difícil deducir que fue madre a temprana edad y que su hijo mayor también. Por falta de oportunidad económica y educativa, su única opción es irse de operaria de flores en la temporada de San Valentín, y si le va bien, quedarse hasta la celebración del día de la madre. La gata, como es conocida entre sus familiares y amigos por el color verde de sus ojos, preferiría estar en un trabajo que demande menos tiempo para poder estar con sus hijos, pero en “flores” tiene la seguridad de llevar alimento a su casa al ganar un salario mínimo o algo más por hacer horas extras, que seguramente será así gracias a la temporada.


Son las 3:30 am, hora en que Sandra se levanta para preparar el almuerzo y dejar lista la lonchera y el uniforme de su hija de 10 años. Con la convicción de que “al que madruga Dios lo ayuda”, Sandra decide iniciar sus labores con la mejor actitud. Su motivación: los 828 mil pesos que llegan al final del mes y la posibilidad de brindarle una buena educación a su hija para que no repita la historia de su mamá y su hermano mayor. Ella quiere que su entorno familiar no se vuelva un circulo vicioso en donde su única opción sea ser operaria de flores en algún cultivo de la sabana de Bogotá de los 24 municipios que la conforman. Y es que en Cundinamarca se encuentra el 73% del total de la industria floricultora del país.


Alista su propia lonchera. Como aún faltan días para recibir el sueldo mensual, la opción de alimentación es arroz con huevo y salchicha, lo más rápido para preparar, otras veces el dinero alcanza para cocinar pasta con carne molida pero pocas veces para comprar verduras y frutas, la dieta saludable que todo nutricionista recomienda. Como es lunes, lleva su overol limpio y planchado y procura mantenerlo así hasta el final de la semana, día en que nuevamente lo puede llevar a su casa para lavarlo.


Antes de salir, Sandra se abriga con guantes, bufanda, gorro de lana y una chaqueta que la protege de las fuertes heladas que llegan al punto de no permitir ver la mano a una distancia de 60 cm. Ya son las 4:45 am, debe caminar 5 cuadras hasta el punto en donde la recoge el bus frío y destartalado que la llevará a su destino. Es de las últimas que se sube a la ruta, por ello se da cuenta que sus compañeras aprovechan las sillas poco cómodas para dormir unos minutos más antes de iniciar su jornal.


La carretera es algo empedrada y solitaria por la hora, la luna aún ilumina el camino por donde transitan varios buses que llevan a los operarios a sus lugares de trabajo. Después de 40 minuto de recorrido, Sandra llega a su destino. A las 5.40 am alrededor de 600 personas han descendido de las rutas y se dirigen a los cambiadores para ponerse el overol, las botas, los guantes, la cofia, y los tapabocas.


Los vestidores o “vestiers”, como son conocidos en la jerga colombiana, son cuartos de 2 metros cuadrados en donde se ubican 3 líneas de casilleros que son usados por las operarias para guardar sus cosas personales. En ese mismo sitio se cambian de ropa y zapatos alrededor de 20 mujeres en contrareloj, y no es porque lleguen tarde a la bodega donde están los puestos de trabajo, sino porque la combinación del mal olor de pies y axilas hace que la estadía en ese lugar dure el menor tiempo posible. Sandra lleva su overol limpio, pero no todas lo hacen, algunas hasta lo olvidaron el viernes pasado en el casillero y permaneció allí acumulado de sudor el fin de semana.
Son las 6:00 am y Sandra ya está lista para iniciar labores. Mientras tanto se observan varios cultivos de rosa y clavel cubiertos por hules o plásticos gruesos y dentro se encuentran hogueras encendidas para que la rosa mantenga su temperatura y no se queme por la holeada de frío que hace en la sabana de Bogotá.

Ya en poscosecha
Después de vestir el overol, las trabajadoras se dirigen a 3 puntos importantes donde se realizan diferentes labores para que la flor pueda ser enviada al exterior sin problema: Cosecha, clasificación, poscosecha y cuartos fríos. Sandra específicamente trabaja en poscosecha, lugar donde la empresa de flores requiere más personal por la temporada.


La sala de poscosecha es una bodega húmeda que la componen 5 bandas transportadoras que es donde se colocan los ramos ya terminados. Cada banda está ubicada a 5 metros de distancia una de la otra y tienen un largo de aproximadamente 100 metros. A un costado de las bandas se encuentran las operarias en cubículos compuestos por una mesa de metal donde se ubica una guillotina, un metro pegado, caja con cauchos elásticos, grapadora, cinta y tijeras, todo lo necesario para bonchar, es decir, para armar los ramos. Al otro costado de la mesa se encuentran canecas plásticas para ubicar la producción nacional (producción que no cumple los requisitos para poder ser exportada), botar los residuos después de limpiar las rosas y el carro de corte que las transporta después de pasar por la zona de clasificación donde las dividen por largo del tallo y grado de apertura del botón floral.

Sandra llega a su cubículo y ubica la orden del día que un patinador (persona encargada de distribuir los insumos para la elaboración de los ramos) ya ha dejado, además, debajo de la mesa para bonchar, encuentra los cartones, mayas, empaques y demás materiales para armar los ramos. En las floras lo llaman capuchones.


En el papel que indica la orden del día está especificada la variedad del ramo, el color de la rosa, tamaño de corte, cantidad de rosas por ramo y, lo más importante, el cliente a donde se va a hacer el envío, por lo que se puede definir que la labor de hoy será para exportación.


La meta que debe cumplir Sandra es la elaboración de 25 a 30 ramos por hora con las siguientes especificaciones:

Ramos de rosas de la misma variedad, punto de apertura y tamaño de cabezas iguales.
* Ramos con 25 tallos a dos pisos (13 en el primero y 12 en el segundo).
* El ramo se corta a 30, 40, 50, 60, 70, 80 cm, medidos de punta a punta
* Capuchón: lámina de PVC, limpia y con el diseño propio de cada cliente, asegurada con cinta pegante en cada extremo de la lámina.
*Con banda de caucho a 10cm de la base de los tallos, dando 3 vueltas al caucho.

La cantidad de rosas por ramo varía según el cliente, los más comunes son de 6, 12 y 18 tallos. Sandra esperaba que su labor fuera más sencilla y le tocara hacer bouquets, es decir, empacar ramos que mezclan diferentes flores y follajes. Prácticamente el ramo va listo para ser entregado al consumidor final y aunque la responsabilidad es mayor, al no tener que estar atenta en el tamaño del tallo y el botón, rinde más en el armado.


Lo primero que hace Sandra es la remoción de follaje (pelado de los tallos) para después retirar los primeros pétalos del botón floral a cada flor que se dispone a bonchar. A continuación, inicia con el armado de los ramos colocando las láminas de PVC en forma de caracol (lámina marcada con el logo del cliente, cuya función es facilitar la envoltura de las flores y formar el ramo). Para finalizar el armado, asegura el ramo en la base con un caucho elástico, dándole tres vueltas como indica la orden del día. Sandra ultima los detalles del ramo eliminando el follaje del tallo a 10cm de la base.

Antes de enviar por la banda transportadora su ramo, Sandra ajusta cuidadosamente en el caucho the flower food, un sobre que contiene alimento para las flores y que se incorpora para que el cliente final lo use y duren más las rosas. Ahora sí está listo para que la supervisora de poscosecha pueda recibir el ramo al final de la banda y verifique la longitud indicada en los tallos, que estén parejos y sin rasgadura. Si encuentra alguna anomalía, lo devuelve a la bonchadora para que lo rearme, pero si el ramo está perfecto, lo ubica en una tina con agua y químicos que mantienen la flor hidratada por mínimo 4 horas. Sandra es experta en este tipo de ramos, así que no habrá problema con las devoluciones.


El tiempo pasa rápido y sin percatarse llega la hora del almuerzo. Las operarias salen por grupos desde las 11 am, solamente tienen media hora para degustar el alimento que cocinaron en la madrugada o en la noche anterior. Sandra sale en el grupo de las 12.30 pm, se ubica en un lugar estratégico donde recibe el sol, pues la sala de poscosecha es lo suficientemente fría para que las flores no se dañen por el cambio de temperatura, además todo el tiempo están lavando los pisos para recoger los residuos de las flores y desaparecer toda probabilidad de hongo que dañe las rosas.


Algunas empresas de flores tienen casino (restaurante para sus empleados) pero donde trabaja Sandra no existe dicho espacio por lo que debe comer frío y volver a su lugar de trabajo a la 1:00 pm. Hasta el momento la meta de Sandra ha sido alcanzada y no ha recibido ninguna devolución por mal armado de los ramos.

Los datos
La tarde trascurre tranquila y sin ningún contratiempo. Sandra continua con su orden del día y gracias a su experiencia en esta labor, consigue hacer 27 ramos por hora, lo que equivale 324 ramos al día, teniendo en cuenta que trabaja 12 horas y se le asigna 1 hora de alimentación distribuidas en media hora en el almuerzo y media hora de onces.


Sandra continúa haciendo ramos, de vez en cuando charla con su compañera de adelante o de atrás, pero la mayor cantidad de tiempo está escuchando música desde su celular y arma los ramos al ritmo de la melodía que suene, por ello prefiere canciones “movidas”, como les llama, para que no le dé sueño y por el contrario le rinda en su labor.


Arco iris, Blue eyes, Café Olé, Canina, Iceberg, Julio Iglesias, La Sevillana, Marbella, Perla Negra, Princesa Charlene de Mónaco, Rugosa, Super Star, Taboo y William Shakespeare son algunos de los nombres o tipos de rosas que se cultivan en Colombia que en total son 1400, todas las conoce Sandra pero la que realmente llama su atención es la rosa multiflora o rosa bebé por ser una rosa silvestre que no ha sido modificada por el hombre pero si han servido de base para obtener las miles de variedades creadas de forma artificial.


El atardecer se asoma y a Sandra aún le quedan 2 horas de trabajo. Mientras tanto, en otra parte de la empresa, se encuentran las personas encargadas de llevar los ramos que Sandra y sus compañeras hacen a un cuarto frío, en su mayoría son hombres los que trabajan en esta zona. Allí las temperaturas oscilan entre 1 y 3ºC. y las flores pueden durar hasta 8 días sumergidas en una solución de agua, hipoclorito y un funguicida.

Cuando se va a hacer el envío de ramos o bouquets, se empacan en tabacos (cajas de cartón corrugado dispuesta para embalar los ramos) y se ayuda a la hidratación con hojas de papel periódico húmedas. El operario debe pegar una etiqueta con un código de barras que identifique la fecha de empaque, despacho y sellos de la empresa, después se llevan al área de carga de camiones, container y furgones, los cuales tienen características específicas de refrigeración para el transporte de la flor.


Mientras que Sandra sigue laborado hasta las 7 u 8 pm, sus ramos van con la cadena de frío necesaria para que lleguen a su destino igual de bellos que cuando los armó. Por ahora van rumbo al aeropuerto para ser enviados a cualquiera de los 50 estados de EE. UU o a las 10 provincias y 3 territorios que conforman Canadá.


La alarma suena indicando que es hora de salir de la sala de poscosecha para los vestieres, cambiarse el overol y partir al bus que la llevará nuevamente a su hogar. El recorrido de regreso es el mismo que en la madrugada, por ello es de las primeras que se baja de la ruta. Son las 9 pm y la hija de Sandra ya duerme, un día más sin verla ni compartir con ella. La tristeza se le refleja en el rostro y sólo añora que termine la temporada para salir con su hija y brindarle calidad de tiempo, por ahora debe pensar en el almuerzo del siguiente día para continuar su rutina.


Detrás de los ramos exóticos colombianos que se regalan para San Valentín, existe una cadena de trabajadores que laboran más de 12 horas, los 7 días de la semana, por un salario mínimo. Y es que, al hacer cuentas, es poco dinero para el esfuerzo que estas madres cabeza de hogar tienen que hacer para que un ramo de rosas alegre a parejas en el día de los enamorados. Un ramillete de 12 rosas en Colombia cuesta alrededor de 82 mil pesos. Sandra hizo en un día 324 ramos, lo que equivale a más de 26 millones de pesos que una sola operaria de flores hace al día. Según la revista Dinero, para el 2017, las ganancias netas en rosas fueron más de 309 millones de dólares, lo que demuestra que a las operarias les corresponde un porcentaje muy bajo.


Sandra seguirá trabajando en lo que sabe hacer y mientras que a miles de kilómetros muchos admiran la perfección de los ramos colombianos, las manos ágiles y creadoras de esa belleza demuestran las marcas de su actividad cotidiana: ásperas, con heridas y cicatrices, poco suaves y delicadas comparadas con la materia prima con que trabaja a diario: Rosas.