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El sendero de la inocencia, el camino del amor, el destino del corazón – primera parte

Por: Natalia Pardo Téllez

¿Recuerdan la historia del dorado? Ese mítico lugar donde las personas vivían en paz y su riqueza más allá de posesiones se hallaban en el corazón de la gente, la tranquilidad de la vida y la hermosa naturaleza que proveía sus dones sin pedir nada a cambio. Ese lugar no es irreal, ese lugar se encontraba en Puerto Alvira, en el departamento del Meta, justo en la frontera que separa los llanos del Amazonas. 

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Ese lugar, en medio de la selva, no vio nacer a la protagonista de esta historia, pero si vio sus primeros pasos, su primer raspón de rodillas al recorrer los campos que se adornaban con el sonido de grillos y sapos coleadores. Vio su ingreso a la academia, y proyectaba una vida tranquila con los beneficios del campo y lejos de los afanes y sin sabores de la ciudad.

El plan de Natalia, en realidad no era suyo, apenas con 7 años su opinión no era propia, o simplemente era descartada por su madre, quien veía en ella, su hija menor, el cúmulo del amor y el regalo de la vida para cuidar y proteger.

Así lo hacía con su trabajo diario en dos negocios que con sacrificio constante había logrado construir, una licorera y un café. En medio de un pueblito tan pintoresco, toda la gente se conocía y todos se colaboraban entre sí, a tal punto, que cuando se les anunció que el ejército invadiría el pueblo, el pánico generalizado no desligó los sentimientos de unión entre ellos, e iniciaron un éxodo masivo. 

La guerrilla, que por entonces era la fuerza dominante en ese sector de la geográfica colombiana, había avisado de la llegada del Ejército y por consiguiente un enfrentamiento en pleno casco urbano, la orden la emitió uno de los máximos dirigentes de las FARC, el comandante Víctor Julio Suarez, alias “EL mono jojoy” y, como su mano derecha para el control de esa zona, el comandante del frente 44 Jhon Eder.  La instrucción fue clara, “El domingo quién esté en el pueblo se le dará plomo”.

Las personas sin saber qué hacer, tomaron rumbos inciertos, unos sin entender aun la gravedad del tema, o simplemente con demasiadas razones para quedarse, como una hija de apenas 7 años y toda una vida construida en ese terreno, se quedaron hasta el último momento esperando que sus plegarias surtieran efecto. 

Sin embargo, la providencia no atendió a su llamado, al igual que los sordos oídos del Estado, quienes nunca prestaron atención certera cuando se solicitó el apoyo por las amenazas de incursiones paramilitares.  Siendo las cinco de la tarde del día de plazo, las personas desesperadas sin tomar posesiones para llevar y, con las lágrimas más en el corazón que en el rostro, emprendieron la odisea de su huida, intentando salvar no solo su vida, sino el futuro de sus hijos. 

La señora Blanca, quien tomo de la mano a Natalia con tanta fuerza y tanta presura que sin intención la lastimó, salió con los dos pesos que pudo tomar del frasco de galletas en donde guardaba su dinero, Natalia, cuyo cuerpo frágil y delicado no pudo resistir el embate del jalón de su madre, llevaba tan sólo como atuendo un vestido digno de una inocente niña. 

El vestido se acompañaba de unas sandalias que nunca olvidaría en su vida, azul rey y de una rara marca brasilera, traídas desde la frontera en el Amazonas, sus “Havaianas” hacían juego con su vestido, pero no eran diseñadas para correr o siquiera caminar apresuradamente. Su primera tristeza se dio cuando al intentar atravesar un riachuelo de nombre “Caño Jabón” una de ellas tomó rumbo incierto, separándolas de forma inesperada. 

Esto le pesaría aún más, cuando, a mitad del camino en medio de las muchas personas que habían partido a última hora, se planease el sacrificar un pollo para tener alimento para el camino, pues justo en ese momento  la hermana de ella -una chica de quince años cuya identidad es considerada en algunos lugares del mundo como adulta-, no quería abandonar su vida, y encontraba en el desplazamiento forzado que vivían, el bache más grande.

En el momento, ella, en un ataque de rabia sacudió la olla en donde se hervía el agua para cocinar el pollo y esta cayó sobre uno de los pies de Natalia, provocándole heridas severas que se agravarían con el desmesurado calor que prometía el incesante trayecto, y no tenía fin a la vista. 

La señora Blanca, enojada, preocupada y en su desesperación le reprendió fuertemente y, optó por cubrir la herida con una calceta. Sin embargo, esto empeoraría lo sucedido, pues después de muchas horas de trayecto a pie y a veces en un caballo prestado, con el dolor de la piel quemada y el desespero de una niña de tan corta edad, que no entendía aún lo sucedido a su alrededor, debieron detenerse para atender la herida. 
Enlace para continuar con la segunda parte: https://www.uniminutoradio.com.co/el-sendero-de-la-inocencia-el-camino-del-amor-el-destino-del-corazon-segunda-parte/

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