Por: Nicol Yuliana López
A casi un siglo de la Masacre de las Bananeras, la literatura sigue siendo una de
las formas más poderosas de narrar lo que la historia oficial aún discute. En la
Feria del Libro 2026, el conversatorio “Cien años de Álvaro Cepeda Zamudio y 98
de la masacre de las bananeras” propuso una reflexión que va más allá de la
conmemoración: entender cómo la ficción ha sido clave para revelar, cuestionar y
mantener viva una de las tragedias más complejas del país.
El panel estuvo conformado por voces de la academia, la literatura; el escritor y
académico Ariel Castillo Mier; el profesor de la Universidad Nacional y columnista
de El Espectador Rodrigo Uprimny Yepes; la fundadora y editora de la editorial
independiente Himpar Editores, Ana Cecilia Calle y el comunicador social, gestor
cultural y escritor Guido Leonardo Tamayo Sánchez. Desde sus distintos
enfoques, el diálogo permitió cruzar miradas históricas y literarias sobre la obra de
Cepeda y el contexto de la masacre.
El espacio abordó no solo el contexto histórico de la masacre ocurrida en
diciembre de 1928, sino también las tensiones sociales y políticas que la hicieron
posible.

Según los panelistas, este episodio no puede entenderse de forma
aislada, sino como parte de un periodo de profundas transformaciones en
Colombia durante los años 20, crecimiento económico, consolidación del café
como producto de exportación, expansión ferroviaria y el surgimiento de una clase
obrera que empezó a exigir derechos en un sistema político que no estaba
preparado para responder.
En ese contexto, la represión fue la única respuesta. La masacre de trabajadores
bananeros, vinculados a la United Fruit Company, en Ciénaga Magdalena
Colombia no fue un hecho único, pero sí uno de los más graves.

Las condiciones laborales precarias llevaron a una huelga en la que los trabajadores exigían
derechos básicos: una hora de descanso, aumento del 50% en los salarios,
acceso a duchas, , seguro laboral y el fin del sistema de pago con “bouchers” o
vales. Este último mecanismo los obligaba a comprar únicamente en tiendas de la
compañía, perpetuando un ciclo de endeudamiento.
Frente a estas demandas, el gobierno de Miguel Abadía Méndez optó por una respuesta militar. Sin embargo, uno de los puntos más críticos del conversatorio fue la impunidad, mientras
durante años se debatió el número de víctimas, los responsables directos no
enfrentaron consecuencias inmediatas.

La discusión también puso sobre la mesa una dimensión menos visible: la forma
en que estos hechos han sido narrados. Allí aparece la figura de Gabriel García
Márquez, quien inmortalizó la masacre en su obra, pero también la de Cepeda
Zamudio, especialmente con su novela La casa grande. A diferencia del enfoque
histórico, Cepeda no buscó reconstruir los hechos con exactitud, sino explorar sus
contradicciones humanas a través de la ficción, alterando fechas, lugares y
estructuras narrativas.
Los panelistas destacaron cómo La casa grande rompe con las formas
tradicionales de contar: múltiples voces, saltos temporales, personajes sin nombre
y una estructura fragmentada que refleja el caos emocional y social de la tragedia.
Más que una crónica, la obra se convierte en una triada del miedo, la culpa y el
silencio que han marcado a generaciones. En ese sentido, se subrayó que la
literatura permite ir más allá de los datos: logra captar aquello que la historia no
siempre puede explicar.

Otro de los puntos de debate fue lo que la novela omite. Mientras que en otras
narraciones aparece el papel de Estados Unidos y su influencia en el conflicto, en
la obra de Cepeda este elemento es prácticamente ausente.
Esta decisión abre preguntas sobre las formas de representación y sobre qué se elige contar o callar,
y justo en este caso al narrar un hecho histórico, especialmente en un país donde
la memoria ha sido constantemente cuestionada.
El conversatorio cerró con una invitación clara: releer a Cepeda Zamudio no solo
como un homenaje en su centenario, sino como una necesidad para entender el
presente. Porque, como coincidieron los participantes, las tensiones que dieron
origen a la masacre: desigualdad, represión, conflicto social siguen vigentes. Y en
ese diálogo entre literatura e historia, la memoria encuentra una forma de resistir
al olvido.








