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La sombra que se asoma a la ventana

Por: Juanita Guzmán

Eran las tres de la mañana del miércoles seis de diciembre del año 2000. Juan de nuevo había sentido esa presencia que consumía el ambiente; allí estaban otra vez esas voces de burla que acompañaban la sombra que permanecía detrás de la ventana y que lo obligaba esconderse debajo de las cobijas: sabía que habían llegado intrusos a su casa, pero, ¿Quiénes eran?

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Esa pregunta lo persiguió de día y de noche, no sabía de dónde venían, ni qué querían; de lo que estaba seguro era que no siempre iban los mismos grupos de uniformados: unos tenían ropa negra junto con una pañoleta, otros ropa militar con botas de caucho, y los últimos vestían igual, pero con botas de amarrar. Sus padres cambiaban de humor con la presencia de esa visita, lo único que escuchaban de ellos era “éche’pa dentro”, orden que su hermano y él obedecían como jugando a las escondidas. Juan con tan solo cuatro años de edad sentía que, si no se escondía debajo de la cama de sus papás, el coco o el loco se lo llevarían. Por eso le daba miedo la sombra detrás de la ventana, porque siempre se presentaba cuando esas personas llegaban.

La familia de Juan estaba conformada por su hermano mayor Tomás, su madre Ana y su padre José. Vivían en la Inspección de la Botica ubicada en Quipile Cundinamarca, municipio a tres horas de Bogotá, que fue impactado por el conflicto armado desde el 6 de agosto de 1995, día cuando la guerrilla se tomó el municipio por primera vez. El saldo fueron dos muertos, y la destrucción del palacio de justicia, de la alcaldía y del mercado.

Ese día doña Ana y don José se disponían a salir junto con sus dos hijos hacia el municipio de Quipile, cuando encontraron a un grupo del batallón 42 alojado en la parte de atrás de la finca: de inmediato sintieron que algo estaba pasando, pues el comportamiento de los soldados era inusual. Juan recordó aquellos días cuando su hermano y él se escaparon del escondite y fueron a hablarles a los extraños, porque se asombraron del fierro que llevaban en el hombro y quería saber si pesaba mucho; mientras los soldados les contaban les regalaban panelitas que llevaban en sus maletas, les pareció que eran sujetos agradables, hasta que su mamá interrumpió la conversación gritándoles “eche pa’dentro”

José le susurraba cosas al oído a Ana que de repente entró al cuarto de sus hijos: les dijo que salieran en silencio, que irían a la casa del pueblo. Con incertidumbre hicieron caso. Mientras salían, a lo lejos de la finca se escuchaban los gritos de las personas extrañas que permanecían en el cobertizo construido en la parte trasera de la finca. Parecía que no había rastro de esos sujetos buena onda que les regalaban dulces a cambio de historias.

Llegaron a la casa del pueblo; Ana se reunió con la vecina para contarle lo que había sucedido en la finca, mientras que Juan y el hijo menor de doña Elvira empezaron a jugar al frente de la casa. De repente pasó un muchacho en una cicla gritando: ¡hoy va a llover! Las dos señoras se miraron fijamente y de inmediato entendieron el mensaje: de un jalón cada una entró a los niños a sus respectivas casas.

A las seis de la tarde de ese largo día las luces de Quipile se apagaron por cuarta vez en cinco años, las llantas de los carros se escuchaban pasar por las calles, las balas se tomaron el pueblo, y después de una hora la bomba en el Banco a Agrario despertó el miedo y la zozobra de todos los habitantes del municipio: nadie sabía que estaba pasando.

Había empezado la cuarta toma guerrillera, ordenada por El Bloque 42, cuyo objetivo era robar el Banco Agrario. Este operativo se realizó de 6 de la tarde a 9 de la noche, dejando cuatro heridos, un desfalco de 85 millones de pesos y la iglesia destruida, lo que convirtió a Cundinamarca como el tercer departamento con más ataques armados después de cauca y Antioquia en los años 90. Siendo Quipile el municipio con más tomas guerrilleras en la zona.

Juan estaba escondido debajo de la cama como acostumbraba, sentía miedo pues era la primera vez que experimentaba el ruido de las metralletas disparando de un lado al otro. Su hermano lo miraba y con voz tierna le decía que se calmara que pronto todo pasaría. Su madre los abrazó y luego de unos minutos los tiros dejaron de sonar. Esperaron unas cuantas horas y los panfletos de amenazas y reclutamiento empezaron a llegar a las puertas de las casas de la Inspección La Botica.

Todo seguían en silencio, la cara de Ana después de leer la carta cambió, estaba nerviosa. Juan la abrazó, mientras que Tomás se acercaba a la ventana para ver lo que estaba pasando. En ese instante Ana dio un grito para que Tomás se alejara de allí, pero el muchacho no se quitaba. Minutos después ella escuchó gritos provenientes de la casa de su comadre Elvira, y luego de unos segundos sonaron cuatro tiros que la dejaron sin la capacidad para mover cualquier parte de su cuerpo. Las lágrimas le escurrían, sus hijos la llamaban, la gritaban, pero ella no atendía.

Luego de ese suceso intentaron dormir, pero la sombra de la ventana volvió a parecer… tres golpes violentos en la puerta despertaron el trance que pasaba doña Ana. Ella tomó a sus hijos y los escondió en un closet antes de abrir la puerta. Tomás miró a su hermanito y le dijo que fueran a jugar a las escondidas, y que por esa razón no podían hacer ningún ruido. De la sala provenían gritos e insultos en contra de don José a quien acusaban de colaborarles a los paramilitares con posada y alimentos. Doña Ana les juró que eso no era así, y luego de una bofetada y de provocar destrozos en su casa, le gritaron que si no quería un destino como el de su marido y del hijo de doña Elvira, era mejor que apoyaran su causa.

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