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La vida escolar desde los ojos de una persona distinta para la sociedad

Mi salto de fe, así lo llamé al enfrentar la violencia escolar en mi niñez y parte de lo que ha sido mi adolescencia. Al ingresar al colegio, a mis cinco años pasaría por lo que le puede ocurrir a cualquier niño: el llamado acoso escolar.

Por: Nicolás Libardo Baquero Escobar

Odiaba ir al colegio, cada mañana era despertar y pensar en qué tipo de comentarios iba a recibir. Camino a la escuela, recuerdo esos momentos cuando pasaba las cuadras, porque sí, vivía a unas cuadras del colegio. Caminaba sosteniendo la mano de mamá y siempre apurados porque salíamos justo a tiempo para la entrada, pero antes de eso pasábamos por la tienda y el dependiente, le preguntaba a mi mamá: “que querrá el niño hoy para sus onces. Así inicié todos mis días durante más de doce años en este colegio.

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Después de la despedida y la bendición para que tuviera un excelente día, la decisión de entrar era difícil. Un pasillo corto, que para mí era largo y oscuro; sentía un gran frío en mi espalda, jamás pude acostumbrarme. Luego de pasar este pasillo estaba la entrada principal, con un portero al que nunca se le escapaban los buenos días. Después de esa puerta las miradas siempre eran las mismas, aunque las personas no lo supieran, sus miradas me decían todo, las entendía: rostros con gestos de; ¿Qué le pasó en la cara?, ¿Por qué la tiene así? Con el tiempo se volvió costumbre bajar las mismas escaleras, y el camino al salón siempre fue largo. Nunca he podido entender por qué los salones de los pequeños siempre son los más alejados, es una incógnita que hoy en día me sigo cuestionando. La entrada al salón era particular porque teníamos un perchero para colgar las maletas, y la mía era la última. Luego de estos protocolos diarios, las clases se tornaban en lo mismo: el niño de atrás, el extraño que llevaba sus cicatrices marcadas como resultado de un accidente. No prestaba mayor atención en las clases, por eso no puedo decir que en el colegio era aplicado.

Desde los cinco años no tenía gusto por el colegio y mucho menos por aprender, y por el contrario esperaba el momento cuando los profesores daban la orden para salir al descanso, aunque mis primeros años en este colegio los pasé solo, porque claro, nadie iba a estar con el quemado, el abuelo, el monstro, esos eran mis apodos, que por mucho tiempo utilizaron esos niños en reemplazo de mi nombre. Pero claro, cómo puede pensar uno que un niño sea capaz de llamar a alguien así: pues sí, la realidad es que, en esa etapa de mi vida, los niños me llamaban de esta forma. 

Conforme el tiempo pasó me fui adaptando; en un abrir y cerrar de ojos estaba en mi primaria, para ser exactos, en cuarto de primaria. Habían pasado unos años de monotonía cuando todos los días eran iguales, fríos, oscuros y de mucha soledad, o al menos era mi caso cada vez que entraba a ese lugar. Algo por fin cambiaría, que me permitió decir que tendría a mis primeros amigos. Carlos y Andrés eran dos personas muy particulares con quienes tenía algo en común: sufríamos de acoso escolar. Andrés tenía una apariencia distinta en su rostro y Carlos era conocido como el niño solitario. Empezaríamos una amistad los tres, distinta, fuera de los comentarios de la gente, y yo ya no me sentía solo. En las clases ya no resultaba tan difícil el hecho que una persona se hiciera conmigo por que la profesora lo había obligado. Después de conseguir estos amigos algo cambió en mí: los comentarios no me afectaban tanto y las miradas, esas miradas que me hacían sentir inferior comenzaron a darme igual.

En todo colegio hay un grupo particular, los llamados populares, ya porque físicamente son perfectos, o por la simple razón que les interesa llamar la atención. Recuerdo que a muchos de ellos les gustaba jugar al futbol. Yo he sido una persona amante al futbol, pero nunca podía jugar con ellos, jamás me dejaban, pero eso no era preocupación para mí porque contaba con Andrés y Carlos, con quienes al terminar de comernos las onces nos mirábamos entre todos y decíamos: “¿Quién trajo la botella hoy?”. Ese era nuestro balón, con el que nos divertíamos durante el descanso. Ahí, justo en ese momento, entendería que no era diferente, los demás eran diferentes por no querer socializar con nosotros, hasta que un día me dejaron jugar: era mi momento para impresionarlos, no con mi belleza intelectual, sino con lo que consideraba como mi talento futbolístico. Ese día, como lo llamamos coloquialmente en Colombia, la rompí, y pasé de ser el extraño con secuelas en su rostro a ser el extraño que jugaba. Cada partido me lo tomaba tan en serio que mis amigos me decían; parce, usted juega mucho. Llegaba a las clases completamente cansado y goteando del sudor, pero era una gran satisfacción, y a pesar de que había conocido unos buenos amigos, sentía que encajaba en algo que me gustaba hacer como era jugar futbol.

Siempre he considerado que las personas son trasversales en la vida del ser humano: nos pueden marcar para bien o para hacernos daño. Sobre las anécdotas que pasé en este lugar, que más que aprendizajes, me llevé lecciones de vida, y la mejor fue que a todos nos llega el momento. Estas experiencias son la base de lo que hoy en día soy como persona. Carlos y Andrés fueron personas trasversales e importantes para mi desarrollo, aunque puedo decir que nunca encajé en ese colegio, y que años más tarde perdería el año y tendría el valor para decirles a mis papás: basta, este lugar no es sano para mi desarrollo como estudiante. De todas esas personas con las que compartí durante casi ocho años, solo me llevé en mi corazón a dos, personas que me aceptaron tal cual como era. El motivo de mi partida de este lugar fue porque también ellos se habían ido. Tenía claro que no era el lugar donde quería experimentar esos próximos años, los de mi adolescencia, para encontrar un futuro. 

“Las limitaciones físicas o mentales no impiden salir adelante, por mas doloroso que sea, porque a veces son el polo a tierra para progresar como cualquier persona”.

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