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Laberinto sin salida

La mayoría de personas esperan celebrar su cumpleaños con fiestas y amigos. Pero cuando Erika cumplió 14 años, lo único que la esperaba era ser internada en una unidad de salud mental, tras un intento fallido de quitarse la vida.

Por: Alejandra Doblado, Karol León

15 de septiembre de 2016, 12:00 am, cumpleaños número catorce de Erika. Tras estar cuatro días en el hospital de La Victoria y por orden de la psicóloga, fue trasladada en una ambulancia que atravesaba la ciudad, iba amarrada a la camilla y no tenía idea para donde se dirigía, la vista oscura sólo aumentaba más sus dudas. Al llegar al lugar la obligaron a ponerse una camisa y un pantalón gris. Le quitaron las tres pertenencias a las cuales tanto se aferraba: una cobija que le había dado su mamá antes de morir, una foto de su mamá y un peluche de su tío, sólo le dejaron conservar sus lentes. La confusión la invadía como nunca antes lo había hecho. A su alrededor solo podía ver paredes grises combinando con su atuendo, era un lugar frío. Sin saber siquiera dónde se encontraba, una enfermera le indicó cuál era su cama. Desconcertada arregló las cobijas, se acostó y leyó en su mente el bordado de la funda de su almohada: Unidad de Salud Mental, Remi San Lucas.

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Es 9 de septiembre, 2016. Viernes de “Jean Day” en el colegio donde estudia Erika. Todos parecen tener un gran día, menos ella. La sensación de no encajar era una constante en su día a día. Terminan las clases, su abuela pasa por ella y se dirigen a su cita con la trabajadora social del Bienestar Familiar. Allí las dos adultas consideran la posibilidad de entregar la custodia de la menor a tal entidad. Aquella noticia entristeció a Erika, pero no lo demostró.

Al día siguiente su abuela salió de viaje por dos días, dejándola a ella sola en casa. Durante ese tiempo sólo deseaba dormir, así que se las ingenió para abrir un cajón en el que habían diferentes medicamentos para el insomnio y la ansiedad (los cuales no podía tomar a la ligera o fuera del tiempo indicado por su psiquiatra), y sin pensarlo dos veces decidió ingerirlos. 

– La primera vez que las tomé eran solo para dormir, y la segunda vez fue para dormir y no volver a despertar – dijo.

El cuerpo de Erika reaccionó de manera negativa a tantas pastas sin control. Ahí sintió el arrepentimiento, puesto que pensó que en cualquier momento su corazón se pararía… comenzó a orar y a pedir perdón. Perdón por lo que había hecho.

En la mañana presentaba distintos síntomas y dolores en su cuerpo. Preocupada y angustiada, buscó en Google todos los efectos secundarios, las consecuencias y demás sobre la mezcla de pastas de la noche anterior. Al par de horas llegó su abuela. Erika sentía la frustración pura, pues le había hecho un gran daño a sus riñones, su corazón, a sus nervios. Optó por contarle a su abuela toda su crisis y su súplica para que guardara el secreto de lo que había vivido, solo esperaba solucionar sus problemas junto a ella, sin nadie más. Pese a esto, su abuela se alteró y terminó charlando de toda la situación con sus inquilinos, lo cual enojó a Erika. Terminaron peleando, gritando y ofendiéndose. Ella no podía controlarse, tiró todo a su paso, rompió vidrios, tiró un equipo, rompió porcelanas: en defensa de que su abuela no la tocara.

Después de zafarse del forcejeo, Erika se encerró en el baño a lastimarse con una cuchilla, intentaba cortarse las piernas… la realidad era que estaba cansada de sentir la pérdida de control sobre su cuerpo. Su abuela lo notó, trató de impedirlo, pero discutieron y la joven terminó casi sin ropa y su abuela con las manos lastimadas. Después de unos minutos llegó la policía y una ambulancia, al parecer los vecinos habían intervenido al escuchar los gritos.

  • ¿Segura que no se ha drogado con perico, marihuana, algo…? – Le preguntaban los paramédicos  mientras la subían a una ambulancia.

Ignorando su estado la terminaron de amarrar a la camilla. Lo único que ella podía sentir era rechazo. Llegaron al hospital del barrio La Victoria, su abuela lloraba relatando lo sucedido, mientras los doctores le aconsejaban que la dejara ahí, pues se merecía su castigo según ellos. Un médico ordenó la inmediata hospitalización, le pusieron un cateter, le dieron comida simple y en poca cantidad. Al rato llegó la psicóloga con las preguntas esperadas: cuál era su nombre, por qué razón se encontraba allí, qué día era, en fin; Erika sabía lo que tenía que decir. 15 de septiembre de 2016, 5:00 am, Erika no pudo cerrar sus ojos durante toda la madrugada, sentía la vulnerabilidad y el abandono de encontrarse el día de su cumpleaños en una unidad de salud mental. Pocos minutos después, alguien entró para levantar a todas las niñas del salón, incluyéndola. Las hicieron bañar y vestir, ella terminó acatando las órdenes por lo que veía a las demás hacer lo mismo, suponía que no tenía otra opción.

El lugar era grande, había muchas camas, usaban sudaderas verdes para el día y en las noches usaban sudaderas grises. En dos cuartos organizaban a las niñas, en los otros sólo había camillas. Las muchachas no se relacionaban mucho, al principio fue difícil para Erika socializar con ellas, pero poco a poco las conoció. Había chicas bulímicas, con anorexia, con bipolaridad, con esquizofrenia. Se sabían estos datos en la entrega de turno de los psiquiatras, siempre daban la información sobre los medicamentos que cada una usaba, sus nombres, diagnóstico general, la razón de su estadía y cualquier novedad que surgiera. Los horarios de almuerzo eran el único momento en el que se podían reunir con los hombres y ancianos, algunos sufrían porque no comían, otros comían demasiado, algunos se quitaban la comida entre sí. El ambiente dejaba mucho de qué hablar.

Como era su cumpleaños tuvo la visita de su tía, su abuela, una amiga de la mamá y un primo. Le cantaron el “feliz cumpleaños” y le dieron una torta, aunque para Erika fue horrible, no le quedaba más que aceptarlo.

Un terapeuta ocupacional se encargaba de las actividades dinámicas en el Remi, como bailes, películas, zumba, dibujos y tardes de colorear mandalas. 

  • Tocaba hacerlo, todo era obligatorio. Un día querías bailar y al otro no. Si no querías, te trataban de lo peor y te obligaban a hacerlo. – Aclaró Erika.

Cuando alguna de las chicas entraba en crisis la amarraban, puesto que ello generaba que todas entraran en crisis posteriormente, era muy complicado. Hizo varios amigos y entre todos se protegían cuando empezaron a tomarse “cariño” unos a otros.

Había días de días, en algunos las chicas podían disfrutar de actividades alternas según su gusto, podían elegir jugar Uno o Parqués después de estar en la sala ocupacional, ahí compartían entre ellas y se llevaban bien. En cambio, había días grises, cuando no se les permitía bajar de la cama, hablar con sus compañeras, incluso no dejaban que se miraran. Erika no lo terminaba de entender.

  • Una vez entré en crisis porque sentía que nunca saldría de allí, no nos dejaban acercarnos a las ventanas, todas estaban repletas de rejas y eran muy pequeñas, no se podía ver para afuera. En esa crisis me rasguñé el cuello y me apreté muy duro…

Ella creyó que no se darían cuenta y apenas eran las 11 de la mañana cuando lo notaron; al instante todos se fueron sobre ella: seis enfermeros, dos doctoras, la psicóloga y el psiquiatra. Allí conoció su verdadera fuerza mientras luchaba en vano. Cuando por fin lograron controlarla, la bajaron a unas camillas y la amarraron en cinco puntos: los  pies, las  manos y el torso. Puesto que su estado de alteración y agitación era exagerado, la inyectaron esperando que a los cinco minutos se durmiera, pero no sucedió. Ella se soltó de un brazo y esto ocasionó que el doctor se enojara más, así que la enfermera en jefe ordenó otra dosis inmediata.

  • En la primera dosis me enterraron la aguja en el muslo a 90 grados, no la sentí, pero la segunda me dolió como nunca antes. Esa experiencia de estar amarrada, que nadie te ayude, estar sola y sentir que todos están en tu contra es horrible, yo solo necesitaba que alguien me abrazara y me dijera que todo iba a estar bien, pero solo sentí que todos atacaban como si fueran inhumanos. -Confesó.

Después de la alta dosis de medicamentos empezó a perder la sensibilidad en sus pies, se le durmieron las piernas, el torso y luego solo podía mover los ojos,  recuerda la sensación de no poder mover nada de su cuerpo como una de las que más odia de todas las experiencias que ha tenido en su corta vida.

A las 11:00 pm despertó. Seguía amarrada y sólo veía a una enfermera a su lado llorando. La mujer sólo le pedía que comiera, pero Erika no tenía hambre. No recordaba su nombre, dónde estaba o quién era, no recordaba ni su pasado, solo tenía ganas de ir al baño, así que le alcanzaron una vasenilla pero no logró utilizarla. Unos minutos después terminó sin querer orinada y todavía amarrada a la camilla

  • Poco a poco fui orientándome de nuevo en una realidad que creía había sido una pesadilla…

Empezaron a medicarla más fuerte. Le daban seis comidas diarias: desayuno, medias nueves, almuerzo, onces, cena y unas galletas con un jugo. Todos allí andaban como zombies por la medicación tan fuerte que recibían. Recuerda muchas experiencias que le dejó ese lugar, sobre todo a una chica que siempre quería golpearla. Por otro lado, las citas con su psiquiatra eran muy sencillas y sólo se limitaba a escribir en su libreta.

  • Había buenos ratos, pero no para de ser una experiencia bastante traumática.

Cuando la familia la visitaba todos solían llorar, menos ella. Solo un día fue especial para ella, cuando su amiga Karol y un viejo amigo llamado Kennet le enviaron un postre para que lo disfrutara, eso la hizo sentir bien, se sentía recordada pese a las circunstancias.

  • Era un animal diagnosticado con depresión, trastorno del comportamiento, ansiedad e insomnio. Un animal con pensamientos suicidas tratando de sobrevivir. En el tiempo que estuve escribí algo para salvarme:

“Me preguntaba ¿Qué era lo que ocurría? Y me dí cuenta que fue culpa mía. Detuve el tiempo. Todo estaba en silencio. Me dí cuenta que estaba sola, que no había nadie a mi alrededor… de quien estaba intentando escapar era de mí misma”.

A punto de cumplir un mes en ese lugar, Erika comenzó a actuar para que todos creyeran que estaba bien, les dijo todo lo que querían oír. Incluso logró engañar al psiquiatra y a la psicóloga luego de mucho esfuerzo.

  • Cuando salí de allá sentí ese aire de libertad. No quise mirar atrás. Me prometí a mí misma que no volvería a un lugar como ese y que tomaría el control de mi mente, pues es lo único que puedo controlar… y aquí estoy.

Erika salió del Remi y por cuenta propia tomó la decisión de no volver a permitirse recaer en depresión, aunque le formularon diferentes medicamentos como antidepresivos y ansiolíticos,  ella se negó a tomarlos. Se prometió salir adelante, mejorar para ella misma, demostrar que sin ayuda de estos lo lograría. También se acercó a la iglesia, cambió su perspectiva y esto le ayudó a moldear su carácter. Afirma que sí hay momentos difíciles, pero que ahora estos son más fáciles de controlar. 

Los problemas de salud mental atacan a más de 300 millones de personas globalmente cada año, entre ellos destacan la depresión y la ansiedad. Las cifras de morbilidad a causa de estos son las segundas más altas en el mundo, puesto que anualmente se suicidan aproximadamente 800 mil personas. Estos son datos que muchas veces no salen a la luz o no se les da la suficiente importancia, por ello es necesario acudir a especialistas en estos temas, quienes pueden asesorar y controlar este tipo de trastornos a tiempo. Erika pudo continuar, si no hubiera sido así, sus familiares se habrían reunido para darle un último “adiós” con trajes negros, pañuelos mojados y ramos de flores blancas.

Tomado de: La Página Web del Remi.

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