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Ligia, hija de la guerra

Más de 50 años de masacres, atentados, desplazamientos y violaciones llenan las páginas de nuestra historia colombiana. Las letras que complementan esta historia parecen estar escritas con la sangre de mujeres, hombres, niños y niñas víctimas del conflicto.

Por: Sara Sánchez y Christian Suárez

Una de estas víctimas es Ligia, la mayor de cuatro hermanos, que junto a sus padres vivían en una pequeña finca rodeada por hermosas acacias, saucos y yarumos; ubicada en la Macarena, Meta. A su corta edad de 12 años, la paz y serenidad que reposaban en aquella pequeña se desvanecieron. Eran las 12:15 a.m. cuando se escuchó un estruendo en el corral de las gallinas que arrolló con la usual calma que caracteriza a estas zonas rurales. Su padre al escuchar aquel ruido, salió corriendo fuera de la casa y luego de varios minutos de silencio, se escuchó un disparo. Ligia junto con sus tres hermanitos salieron de forma apresurada para el cuarto de su madre, todos se acurrucaron en una esquina mientras escuchaban como algunos sujetos irrumpieron en su hogar y rompían en su transitar los platos, los vasos, los muebles y  la paz de su hogar, es decir, con todo lo que fueron encontrando a su paso.

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La puerta de la habitación rechinó y se abrió sin más e ingresaron cerca de 10 hombres todos uniformados y armados; justo en ese momento hubo un silencio sepulcral. Los tipos rompieron aquel sosiego dando la orden de que salieran de la casa. Acto seguido apuntaron a su madre a la cabeza y le dijeron: “Si no desapareces con esos mocosos te pelamos también”,  a Ligia la agarraron de su largo y rizado cabello, después la encerraron en el baño.

Luego de 6 largas horas, abrieron la puerta del baño, el sol impactó directamente sobre su rostro encandilando sus ojos, y luego de unos segundos pudo divisar frente a ella a uno de los más jóvenes de aquel grupo, le dijo: “nos vamos, no se preocupe que si usted se va con nosotros ellos van a ayudar a su familia”, la agarró del brazo y la levantó. Cruzaron caminando tres ríos, cadenas de montañas que mostraban paisajes armoniosos y serenos para luego atravesar las llanuras tan verdes e infinitas del departamento del Meta.

Después de este largo e intrincado viaje, Ligia llegó junto a los guerrilleros a un campamento colmado de espesa vegetación inmerso en el piedemonte llanero. Su primera sorpresa fue ver a tantos niños y niñas que eran más o menos de su edad en aquel lugar tan inhóspito trabajando y llevando en la espalda fusiles. Rápido, fue puesta en aviso sobre las labores que debía llevar a cabo en aquel lugar como ayudar a cocinar, lavar la ropa de las tropas y la organización del cuartel junto a las demás niñas.

Durante los dos primeros meses los guerrilleros cumplieron con su palabra; llevaron unos mercados a la familia de la niña, a partir del tercero las supuestas ayudas se pusieron fuera de circulación. Ahora, en medio de un entorno desconocido y precario, Ligia pensaba en irse pero se dio cuenta que era imposible pues estaba siendo vigilada en todo momento, como si tuviera mil ojos encima, además, el terreno era agreste y desconocido, tenía certeza  de los peligros que le podían esperar; lo que ella no sabía es que los trances estaban allí merodeando tras las ramas de ese sinfín de espesa manigua. Una noche de luna nueva, acompañada del bochorno y la humedad característicos de esa región, un soldado se abalanzó sobre ella rasgando su delgado pantalón de sudadera, su inocencia y de paso la humanidad de esta pequeña de 12 años. Al día siguiente, cuando aún no aclaraba el día y tras ser violentada por aquel palurdo, recibió el aviso de que no había tiempo para el desahogo o la tristeza; tuvo que alistar sus ropas y prepararse para una interminable caminata entre la cuajada vegetación y bajo la inclemente lluvia, dado que los líderes ordenaron el inmediato desplazamiento de toda la escuadra a un nuevo punto para despistar a los enemigos que los asediaban.

Tras arribar al nuevo paradero que ahora estaba más sumido en la selva, empezó a vislumbrar que las tareas iban a aumentar y que las condiciones serían más precarias, ya no se quedaría en los meros oficios de lavar y cocinar para una sarta de desconocidos y abusivos, sino que también tendría que involucrarse en los cultivos de coca, marihuana y amapola; oficios que por supuesto le eran desconocidos. Con el paso de los días le fue cogiendo la práctica al tema de la siembra, el cultivo y la cosecha en jornadas que parecían no acabar, con un dolor incómodo en la planta de los pies y en la parte baja de su espalda, debido a las largas jornadas que permanecía parada. Al mismo tiempo, observó que muchas de las personas y algunos de sus escasos amigos empezaban a enfermarse debido a las circunstancias en las que se hallaban por la escasez de agua potable, de alimentos y medicinas; cuando alguno ya estaba muy crítico y no servía para las labores que demandaba la organización era dado de baja sin ningún tipo de contemplación. Ligia a veces no sabía si era mejor seguir viva en ese infierno terrenal o solo hacerse la enferma y precipitar el final de su corta existencia.

Cada día que pasaba era como descender paulatinamente al averno, en las caminatas por la búsqueda de víveres el cansancio era mayor, como si su corazón quisiera atravesar su pecho y respirar se hacía más difícil. Luego de unas semanas Ligia comenzó a ver cambios en su cuerpo, sus pequeños senos comenzaron a crecer y le dolían un poco.  Después de unos meses las náuseas se apoderaron de su diario vivir y su abdomen aumentaba de tamaño semana tras semana.

Era más que un hecho, Ligia estaba embarazada. Pero, si se enteraban los demás seguramente la mataban junto a su bebé. Todos los días se inventaba la manera de ocultar su barriga atando trapos alrededor de su cuerpo; asimismo, ocultaba estos con una chaqueta camuflada talla XL. En las  noches  no la dejaba dormir el exceso de sudor debajo de sus brazos, en sus pies y en las palmas de las manos, llegó el verano a la selva y ella no soportó una noche más con esa incomodidad, se levantó de manera muy sutil, con una mano en la boca y sus piernas temblorosas. Atravesó la cocina con la ligereza que lo haría un gato con sus delicadas patas, llegó al lavadero y desató un poco los vendajes en su cuerpo para respirar mejor, sujetó su cabello y de forma simultánea sumergió su cabeza en la fría agua que reposaba en el lavadero, por un momento sintió paz y su cabeza se llenó de recuerdos armoniosos de su niñez junto a sus padres y hermanos. Pero como típica historia colombiana la felicidad solo duró un instante, la tomaron de su frondoso pelo y la botaron al piso, frente a ella se encontraba el comandante alias Efren Molina, que notó los vendajes en su cuerpo y dijo: “Las mujeres no vinieron a ser madres en la guerrilla, camine a sacar a ese chino”, empezó a llamar a los demás dirigentes, la llevaron a la parte trasera del campamento, rasgaron su camuflaje y abrieron sus piernas con violencia, presionándola contra la fría tierra e introdujeron unas pinzas muy largas en su vagina, ella sintió que atravesaban su útero y desgarraban su alma, comenzaron a hurgar dentro de su matriz hasta que sintieron al bebé, entre dos de esos desalmados apretaron fuerte los mangos y las mordazas hasta destrozar el feto, sacaron ese aparato y se fueron riendo, mientras que de sus piernas brotó un río de sangre. Así pues, pasó 15 años inmersa en el apogeo y la inhumanidad del conflicto armado interno en Colombia con todo lo que hay tras bambalinas como el reclutamiento a menores, el trabajo forzado, la desmovilización, los asesinatos, las violaciones, entre otras. Ya en 2012 se asomó una luz de esperanza con los Acuerdos de Paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP, dándole una salida a Ligia y a miles de personas que como ella sufrieron en carne propia los desmanes de una pugna que duró más de 50 años. Para ella, esto significó un nuevo comienzo en el que se le respeta su derecho a la vida y a la libertad. Ahora, está terminando su bachillerato como parte de los acuerdos que firmaron el 26 de septiembre de 2016, con el anhelo de montar su propio negocio y reincorporarse exitosamente a la vida civil.

María Ligia Chaverra (Foto: Charlotte Kesl)

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