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Lo oscuro de vivir en el campo

Por: Natalia Pardo Téllez

Yalian Andrey Pardo Téllez, nombre que no le agrada mucho, y del que solo permite su uso completo con su familia, relata su vida y trayectoria en este mundo con luchas constantes. Andrey, como prefiere que lo llamen, empieza con algunos recuerdos no tan felices de su infancia, algunos que quisiera no recordar, como la ocasión en el que fue presa fácil de una serpiente del tamaño similar a una anaconda o coloquialmente llamado en el campo, un güibo, o la vez en la que su hermana la mayor lo hizo vestir de mujer y salir a la calle desfilando una pasarela teniendo tan solo siete años de edad, con tan mala suerte que su público estaba compuesto de sus mejores amigos y su primer amor “Katherinne”; por esta razón, trata de mencionar cuidadosamente cada memoria, porque en la mayor parte de su historia, suceden diversos acontecimientos que no pocos disfrutan recordar.

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Algunos de estos sucesos le ocurrieron a muy corta edad, cuando ni siquiera había vivido su primera desilusión amorosa, su primer hueso roto o al menos cumplir la mayoría de edad, en la que en este país, se es considerado apto para votar. Estos eventos forjaron en él, su carácter fuerte, a veces frío y reservado.

<<Yalian es buen hijo, buen esposo, un hombre dedicado a su familia y su trabajo, responsable y una persona a la que le gusta el estudio… Tal vez parezca cliché, pero la persona que es hoy, es merecedora de estas cualidades>> dice su madre.

Andrey, nació el 15 de febrero de 1989 en el corregimiento de Sardinata, perteneciente a la jurisdicción del municipio de Mapiripán – Meta, zona marcada por la violencia; por esta razón su madre Sofía Téllez tuvo que desplazarse a Villavicencio, ciudad en la que quedó oficialmente registrado, como su lugar de nacimiento. A sus 7 años, su familia se mudó a la finca Cedral en el corregimiento Melúa Medio del municipio Puerto López- Meta, en el que su papá trabajaba como cuidador de esta finca, y Andrey lo ayudaba en las labores de campo, montaba en animales de carga, le daba de comer a las gallinas, sembraba maíz y a su vez ahuyentaba a los micos que venían en busca de una merienda. Aun con toda esta carga que le ejercía vivir en el campo, todos los días caminaba durante 30 minutos por trocha, llevando de la mano a su aún más joven hermano, tratando de llegar a una especie de internado en el que recibían la poca educación que las duras condiciones geográficas y sociales, les permitían recibir.

Tras la constante violencia doméstica causada por su padre a su propia esposa e hijos, su madre, decide regresar con todos ellos (4 pequeños) a Villavicencio. En esta ciudad, Andrey conoce los videojuegos, y crea una obsesión con estos, hasta el punto de no asistir a clases junto a su mejor amigo apodado por el mismo Andrey, “19”, e ir a las tiendas que tenían las máquinas Arcade que en esos años estaban en furor. Aquel curioso apodo, surgió como burla de la desdicha de su amigo, pues este, se había mutilado un dedo por introducir la mano a una lavadora en función, y, debido a esta característica en particular, se hace merecedor de aquel cómico sobrenombre.

SUS PRIMERAS RESPONSABILIDADES

A Andrey Pardo, las grandes responsabilidades que trae consigo la vida y crecer, lo persiguen desde pequeño, pues aun a sus siete, cuando su madre se encontraba trabajando fuera de casa, debía junto a su hermana mayor hacerse cargo de sus dos hermanos pequeños, los preparaba para el colegio, se cercioraba que terminaran su comida, los llevaba al colegio y posteriormente los recogía.

Por cosas del destino, su madre se vio en la obligación de separarse de los pequeños, no sin dejar la profunda tristeza que esto le generaba sumado a la angustia de no poder encontrar otra solución para poder darles una mejor calidad de vida. Su viaje la condujo a Puerto Alvira, jurisdicción de Mapiripán (Meta), en búsqueda de nuevas oportunidades, dejando el cuidado de sus hijos en manos de su hermana Rosario Téllez. Andrey, pasó la mayor parte de su adolescencia viviendo en casa de su tía junto a sus 4 primos, y a pesar de no tener a su madre presente, no la pasaba del todo mal; tenía a sus hermanos y veía a su mamá esporádicamente. Tiempo después, las características de la adolescencia hicieron de las suyas, para Andrey la convivencia con sus primos se volvió difícil de mantener y como hombre adulto empezó a tomar sus propias decisiones. A sus quince años, tomó una habitación en arriendo muy cerca a la casa de su tía, no sin antes cerciorarse de llevarse a su hermano menor Leonardo con él, pues contando con el apoyo de su madre, no vio ningún obstáculo al querer
independizarse; y, como en los viejos tiempos, se hizo a cargo de su hermano nuevamente.

Quizá tanta libertad, no fue provechosa para Andrey relata su madre, pues al poder tomar sus propias decisiones, empezó a decidir sobre lo que para él creía conveniente en su vida y lo que no. Esto lo llevó a despreocuparse por su estudio y olvidarse de las responsabilidades que aún lo ligaban con su madre, y para desdicha de ella, su hijo Andrey ese mismo año reprobó el grado 11.

Como castigo por haber reprobado el año, en vacaciones de diciembre, su madre Sofía, decide llevárselo consigo al pueblo en el que ella se encontraba; lo recomendó con su primo “Pacho”, y juntos llegaron a una finca aledaña al pueblo a limpiar la maleza que cubría una parcela que su madre tenía <<Mijo, si el lápiz no le pesaba en el colegio, ahora le va a pesar una pala>>. Allí, Andrey pasó de limpiar un terreno a trabajar como jornalero o como comúnmente lo llaman en ese lugar, “un raspachin” <<Mis manos se me entumecían, me salían ampollas que luego se convertían en callos>>. La labor de “un raspachin” en zona cocalera consistía en raspar o deshojar una mata de coca con las manos, recolectar la mayor parte de estas hojas y cargarlas a un laboratorio para ser procesada, y posteriormente convertirla en “pasta” (base de la cocaína).

Este podría considerarse un castigo muy cruel, pero para Sofía era la mejor lección que le podía dar a su hijo. Y Andrey después de esta experiencia, regresó a Villavicencio en enero y en el 2004, se graduó de bachiller a sus dieciséis años.

DEL SARTÉN A LA CANDELA

Cuando Andrey aún seguía viviendo con su hermano en aquella habitación cerca a la residencia de su tía, los dolores excesivos y salidos de los estándares de su habitual padecimiento por raspar hoja de coca, se hicieron más frecuentes, Andrey no tuvo más remedio que buscar ayuda. La enfermedad que comenzó con dolores generales y entumecimientos, afectó sus piernas y al tercer día el caminar con naturalidad, era ya algo que no podía. Sus dedos se entumecieron y recogieron hacia adentro en una especie de proceso de momificación, digno de un entierro egipcio. La intervención médica por suerte llegó justo en el momento adecuado, pues, según los médicos, el Guillain Barré, nombre de la enfermedad que le atacó, además de ser extremadamente rara, su tasa de recuperación exitosa resultaba en un número aún menor.

Realmente no se sabe que sucedió, los tratamientos además de largos y poco efectivos, no son certeros, pero de alguna forma, Andrey y su fuerza de vida, se sobrepusieron a este tema en tres meses, su madre, creyente por institución familiar y social, atribuye este “milagro” al poder de la oración, los médicos, hablan de casos fortuitos, en esta ocasión a favor del paciente. Lo cierto es que cuando Andrey veía su vida, concluir de manera abrupta y de forma poco convencional,incendio la llama del deseo y superó la crisis, aunque no por completo, pues secuelas que le recuerdan su confinamiento en cuidados intensivos le atacan de cuando en cuando. Y no le dejan de recordar con sus dedos recogidos por lapsos temporales, que él, a sus 18 años de edad, había vivido mucho más que la mayoría de personas en toda una vida, que él, vio la muerte frente a frente y la había esquivado, no sin dejarle esta un recuerdo de por vida con sus calambres sin fecha ni momento y que, según médicos, siendo secuelas del Barré, le acompañarán por siempre.

<<Recuerdo que cuando estaba en el hospital, aun sin poder tener movilidad en mis manos y dedos, le pedí una hoja y un esfero a la enfermera que estaba de turno, y con esfuerzo y combinado con letras que parecían una especie de jeroglíficos, le escribí una carta a mi mamá por sus cumpleaños>> Relata Andrey

Finalizando su historia, recuerda las ironías de la vida, pero más que de esta, del comportamiento humano y su falta de escrúpulos. Andrey, una vez retomó las fuerzas que le había arrebatado este trágico acontecimiento y al ver que no podía continuar sus estudios que en ese entonces realizaba en el Instituto Politécnico, como Técnico de Electricidad Electrónica y Telecomunicaciones debido a su deficiencia motriz, decide viajar a el Raudal de Mapiripana(Guainía) a tomar un trabajo que le había ofrecido la hermana de su novia de colegio. Cuando se encontraba en esa misma zona, fue obligado a realizar la instalación de servicios de comunicación ilegales por medio de antenas satelitales. Y en medio de este proceso, una guerrillera le vistió como insurgente, con la excusa de probar la talla del uniforme, le dijo claramente “ese es de su talla, ese es para usted, le queda bien”, y de no haberse escapado de aquel incomodo episodio hoy sería uno más en la lista de niños tachados como terroristas por encontrase en un campamento de insurgentes. Hoy, la suma de esas experiencias, reflejan en su andar y en su mirar, la profundidad de alguien que ha recorrido varias vidas, mira a los jóvenes con sus “problemas” diarios, relacionados con salidas a rumba, paseos o simplemente discusiones en redes sociales, y agradeció en silencio, que no viven el infierno epopéyico que le aconteció a él y a los de su edad, en esas apartadas y hermosas tierras, las cuales recuerda por las experiencias, pero a las que no volvería de manera voluntaria.

UNA PENA NUNCA LLEGA SOLA

En esa misma zona, sucedieron desgracias que afectaron a toda la población, la intervención militar llamada “operación sol naciente” en la cual fue abatido el “Negro Acacio” el 1 de septiembre del 2007, se encargó no solo de eliminar a este peligroso insurgente, también, infundió miedo a los integrantes de este grupo armado, quienes se dieron a la fuga durante esta operación; entre ellos un miliciano que recorría las calles de aquel pueblo buscando a Andrey para matarlo, porque, la hijita de sus ojos se había enamorado perdidamente de Andrey. El cruento bombardeo efectuado sobre los subversivos no tuvo discriminación, el cielo de esa tarde del sábado, se iluminó por el fuego de las armas, y las personas en su afán de refugio se desprendieron de la esperanza y se encomendaron a la suerte.

Lo característico de las zonas apartadas del control e intervención gubernamental, es que cuando suceden hechos como los mencionados, su rareza se vuelve leyenda, pues al estado no se le vuelve a ver en esos lares, y los problemas de fondo continúan. De esta manera, cuando el bombardeo sucedió y una vez retirado el ejército, la población quedó a merced nuevamente de los insurgentes.

Hoy en día, el mirar atrás esboza una sonrisa amarga, de esas que llevan sentimientos mezclados, sin embargo, como lo dice él con jocosidad taciturna, “lo importante es estar vivos”, claro que…. mantener el significado literal de esa frase le ha sido difícil, pues no había pasado mucho tiempo cuando apareció en su vida una enfermedad poco común de esas llamadas huérfanas por su origen desconocido o cuando, aquel miliciano lo buscaba por cielo y tierra para matarlo por enamorar a su hija; pues Andrey, se vio relacionado en otra embarazosa situación, en la que el esposo de su cuñada alcoholizado con machete en mano lo increpaba por ser el mediador de citas clandestinas de su esposa con un comandante insurgente. Andrey, quien sin saber de qué dirección proviene el dedo acusador, no tuvo más opción que refugiarse entre amigos y familiares e implorar por credibilidad, ante un hecho que a su corta edad, ni siquiera contemplaba. Su suerte mala o buena, es difícil de clasificar, pues de alguna manera fue “exonerado” de los miramientos, sin embargo, pasó por este proceso una vez más, pues ante una segunda incriminación en el que la vida cuelga de un hilo son pocos los que se salvan, como afirma él.

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