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Lo tóxico de las redes sociales

Por María Paula Sandoval Zea 

Durante un año difícil de Pandemia, Daniela Alejandra Sandoval de 23 años, profesional de negocios internacionales, amante de los perros y de la buena comida, había pasado por un año cambiante, diferente y particular en su vida. Su salud mental se vio afectada durante el tiempo que ella llama “encierro”. Durante buena parte de este periodo estuvo sola en su casa, sin ningún tipo de acercamiento humano, y lo más cercano a un ser viviente era su perrita ‘Belle’. Las redes sociales fueron una escapatoria a su trágica realidad, las veía como una forma de comunicación con sus amigos y familiares, y como forma de entretenimiento.

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Mañanas  

Se levantaba entre 8:00 y 8:30 de la mañana. Lo primero que hacía era ver Tik Tok en su celular. Luego pasaba a Instagram para ver cuerpos hermosos y outfits para vestir, y así, de red en red duraba más de 2 horas en su cama sin hacer nada más. Observaba cuerpos lindos, mujeres y hombres perfectos, opiniones de toda índole, canciones, comportamientos de los demás, acercamiento virtual, fotos, videos, historias, entre otras. A las 10 de la mañana bajaba a la cocina a hacer su desayuno tradicional, huevos revueltos, salchicha con un poco de pimienta, arepa con queso y un tinto bien cargado “así como los de mi mamá”, decía. A las 10:30, mientras comía volvía a ver sus redes y publicaba una historia con el mensaje de: “Lo mismo de siempre”, acompañado de un emoji.

Ingresaba a reuniones y constantemente revisaba sus redes sociales, publicaba imágenes de sus actividades, hacía videollamadas con sus amigos y luego de culminar su día se acostaba en su cama a ver su celular hasta quedarse dormida con el celular al lado de su cabeza. Cualquier notificación y cualquier alerta de su móvil la obligaba levantarse de inmediato, incluso estando casi dormida respondía: esta situación había dejado de ser una especie de escapatoria de su realidad para convertirse en una obsesión. 

Una obsesión más 

Esta no era la primera vez que Daniela se obsesionaba con algo. A sus 17 años había sido diagnosticada con trastorno de ansiedad, y a sus 12 años se había percatado que muchas cosas no eran del todo normales: a veces tenía preocupaciones y miedos intensos sin entender las razones, siendo tan solo una niña. 

 Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los trastornos mentales representan el 16% de la carga mundial de enfermedades y lesiones en las personas entre 10 y 19 años, y se estima que entre el 10% y 20% de los adolescentes experimentan trastornos mentales, y Daniela está entre ese 20% de personas. 

Luego de ser diagnosticada empezó a asistir a terapia para manejar su ansiedad, hasta que llegó la pandemia, justo cuando su monstruo se hizo más grande que antes. Lo que no esperaba era que se convirtiera en una obsesión, pues no lograba realizar ninguna actividad sin su celular, significado de FOMO en inglés, Fear of Missing Out, que traduce “miedo a perderse algo”, una nueva forma de ansiedad surgida por la popularización de los teléfonos celulares y de las redes sociales, que se expresa como la necesidad compulsiva de estar conectados. 

Justamente lo que vivía Daniela durante la cuarentena era “FOMO”, y de allí su necesidad de estar conectada a todo momento, sin darse cuenta del problema que se le venía encima, y de su inconsciencia respecto de todo lo que se estaba perdiendo por estar pegada a ese aparato. Su hermana María Paula se percató de lo que estaba ocurriendo, y al ver esta situación le propuso una apuesta, consistente en cuál de las dos sería capaz de pasar un día entero sin agarrar sus celulares, y quien lo lograra ganaría algo que le perteneciera a la perdedora.  Daniela aceptó convencida que el reto sería fácil de lograr. Pasadas unas horas le dijo a su hermana: “jueputa, ya perdí, necesito verlo”. En celular en la vida de Daniela se había convertido en una necesidad tan esencial como el agua, el alimento y el aire. 

“En ese momento de mi vida me ganaban la ansiedad, la tristeza, mi propia mente. El hecho de pensar que en un día podrían ocurrir muchas cosas en redes sociales y que yo no estaría ahí para verlas en el momento justo me angustiaba”. Su hermana siguió insistiendo durante muchos días para mantener la apuesta, aunque Daniela no se sentía en la capacidad de soltar su celular ni tan siquiera por una hora. 

La autoestima

Algunas de las razones por las cuales sentía la necesidad de no soltar su celular, además de su ansiedad y obsesión, era estar actualizada acerca de la vida de personas del mundo del entretenimiento. Usaba las redes sociales para sentirse bien consigo misma y con su físico, y eso que pensaba que le ayudaría le trajo nuevas inseguridades. Ver cuerpos de modelos, personas que se le antojaban perfectas, contribuyó en el deterioro de su seguridad. Pensar que ella no era así la llevó a experimentar la presión de moldear su figura para parecerse a lo que observaba en redes. 

Un estudio de Royal Society of Public Health de Reino Unido, realizado con 1.500 jóvenes de 11 a 25 años, descubrió que Snapchat e Instagram eran las redes sociales con mayor probabilidad de inspirar sentimientos de ansiedad, para sentirse inadecuado y sin un lugar en la red y en la vida misma. Siete de cada diez personas consultadas por los investigadores dijeron que Instagram los hacía sentirse peor sobre su imagen corporal, justo por lo que pasaba Daniela. Cada hora se cargan alrededor de 10 millones de fotografías nuevas en Facebook, que en no pocas ocasiones sirven para compararse. Este estudio también demostró que las chicas expresaban un mayor deseo para cambiar su apariencia facial, del pelo y de la piel, después de pasar tiempo en Facebook e Instagram.

Los problemas de Daniela no eran solo el encierro, la ansiedad y la obsesión por las redes, pues a ello se sumaron inseguridad, falta de autoestima, la necesidad de sentirse “bonita” y la obsesión de compararse a menudo con lo que veía en redes, hecho que le impedía sentirse libre. Para verse como las mujeres de las redes empezó unos cambios en su rutina: en la mañana apenas ingería un plato de papaya, luego se hacía mascarillas en la cara, hacía ejercicio en su casa dos veces al día durante horas, y entre más cambios experimentaba, menos le gustaba lo que veía en el espejo. 

Luego de 4 meses atrapada en esa situación que le hacía daño físico y que había deteriorado su estado de ánimo, supo que había llegado el momento de parar. 

Terapia

Cuando Daniela se dio cuenta que muchas cosas no estaban bien en su vida, decidió llamar a su psicóloga María Camila Sánchez con quien no había hablado en meses. María Camila afirmó que para entonces “la situación estaba bastante jodida”, aunque vio las ganas de Daniela que no quería seguir en ese ciclo vicioso que no le hacía bien. Empezaron terapias diarias, y durante el resto del día su psicóloga le escribía constantemente para recordarle el objetivo, la mandaba a realizar muchas actividades y le ordenó una lista diaria de comidas. 

Aunque aún muchos establecimientos estaban cerrados, su psicóloga investigaba qué tipo de actividades podría realizar Daniela. Le pidió que fabricara un cenicero de arcilla, y durante el tiempo de la tarea apenas tenía derecho a escuchar música de fondo, sin coger el celular. Antes de iniciar con las actividades habían hecho charlas previas para saber cómo podrían manejar la situación. Un punto a favor de María Camila era que conocía un poco a Daniela. Le pedía que diera paseos con su perrita a diferentes lugares sin sacar su celular, que apenas podía tomar durante una hora y treinta minutos en todo el día. Fue entonces cuando su necesidad de estar constantemente en su celular empezó a reducirse. 

Este cambio no sucedió de un momento a otro, fueron aproximadamente 6 meses de terapias y de actividades distintas. Una obsesión y crisis psicológica que había adquirido en 4 meses, había requerido de casi medio año para recuperarse por completo. Lo logró, tuvo la suerte y el privilegio de tomar terapias, de salir de esta difícil situación. Se estima que 62.000 personas murieron en 2016 como consecuencia de autolesiones. El suicidio puede ser una de las escapatorias para las personas inmersas en situaciones parecidas, que en muchas ocasiones no cuentan con el acompañamiento psicológico necesario. 

Si bien es cierto que Daniela no pasó por una situación para nada fácil, venció sus miedos, obsesiones, ansiedad e inseguridades. Lo logró luego de días y meses difíciles, llorando y sintiéndose miserable. “Las redes sociales pueden ser algo maravilloso, pero adquirir una obsesión con ellas se convierte en un problema”, recuerda Daniela con sus ojos llorosos, y añade: “tengo el privilegio de haber salido de esta situación, pero muchos jóvenes no logran hacerlo y eso duele, que no todos tengamos el tratamiento para tratar enfermedades mentales”. Daniela dejó su ansiedad y obsesión de lado y ahora ve la vida con sus propios ojos, no a través de una pantalla, como antes. 

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