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Mi vida entre tus manos

“Dios para siempre, gracias siempre, hasta siempre” Olga Yaneth Ovalle Urrego (1981-2021)

Por: Luisa María Guzmán Santofimio. 4to. Semestre

̶ Buenos días, Línea de Emergencia 123, ¿En qué le puedo ayudar?  

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̶ Señorita, mi hermana tiene cáncer y no tiene signos vitales. 

̶ Vamos a realizar reanimación, deben contar hasta cien, ponerle las manos en el pecho y presionar.  

̶ No reacciona.  

̶ ¿Quiere continuar haciéndole reanimación?

̶ Si, por favor. 

̶ Revise si ha hecho sus necesidades básicas, el cuerpo a veces avisa que aún hay algo por hacer. 

̶ No hay nada. 

̶ La ambulancia ya se dirige a su casa. 

¿Alguna vez se han preguntado cómo es sentir la muerte cerca? ¿Qué siente la persona que está a punto de partir? ¿Han visto a la persona que aman padeciendo y agonizando de dolor sin poder ayudarla? ¿Han vivido la angustia de despertar una mañana y ver que de repente su corazón dejó de latir? O peor, ¿Han sentido que su vida ya no le pertenece, sino que ahora es parte de alguien o de algo más? De ese algo o alguien que se aferra y se hace parte de un todo, de ella, y de esa enfermedad que tenía su vida y últimos latidos colgando de un hilo, entre sus manos. 

Olga Ovalle murió el domingo 12 de septiembre de 2021 alrededor de las 10:45 de la mañana a sus cuarenta años, mientras dormía en la comodidad de su cuarto en el segundo piso del hogar que la vio crecer, la casa de su mamá doña Bertha, en el Sur de Bogotá, entre un silencio profundo y un día de cielo lluvioso que amenazaba con caerse, que tal vez avisaba lo que se aproximaba. En la cocina del primer piso algunos de sus familiares comían piña y preparaban un delicioso desayuno mientras esperaban que doña Bertha llegara de misa como era costumbre. Así comenzaban lo que parecía ser un día más en medio de la cotidianidad y adversidad de la vida. 

El día anterior a su fallecimiento habría parecido que Dios, para quienes creen en él o en algún ser superior, había realizado un milagro en ella porque abrió los ojos, pronunció algunas palabras, comió pan, tomó caldo, jugo y agua; lo que no había comido en los últimos días, tanto que por la cabeza de sus familiares jamás se habría pasado la idea que al día siguiente su corazón dejaría de latir. Aunque en la mañana su hermana Mary Luz se levantó a las seis y le dio el medicamento para el dolor, la sintió roncando fuertemente y se percató que su cuerpo se sentía más frío de lo normal. Le acomodó la almohada, le puso unas medias de lana en las manos que le agarró hasta que entraron en calor, pero no pasó. Su falta de apetito, el aumento de sueño, la producción de sonidos roncos, desorientación e incapacidad de reconocer a personas del círculo familiar en pacientes con cáncer, solo implicaba una cosa, el día se acercaba.

La noche anterior Olguita se despidió de algunos de sus familiares, aquellos que sabían que si algo se podía hacer por ella era dejarla descansar, dejarla ir para demostrarle su amor completo, pues como dicen por ahí, quien ama, por el bien del otro deja ir, y sobre todo, para cesar ese dolor en su ser, un ser que por dos años había buscado entre cirugías, tratamientos, medicamentos, radio y quimioterapias, un posible sí, un uno por ciento que hiciera revivir sus esperanzas de vida para seguir sembrando amor, reconciliación, humildad y nobleza, entre unos y otros a través de sus enseñanzas como maestra de escuela dominical. 

Aún quedan en la memoria de sus familiares aquellos días cuando fueron felices a su lado: las navidades en las que se daban un regalo, aunque sencillo con todo el amor. Unas medias, unos cucos o un dulce hacían prevalecer el amor y calidez de su hogar; las veces que entre chanza y chanza no paraban de reír hasta llorar o ahogarse si se daba el caso; días en los que luego de una larga y extensa caminata se comían un helado de chocolate, un Bon Ice o iban a comprar ropa; las veces en que miraban recetas por internet que preparaban en una tarde libre; cada vez que se acordaban de las cosas que le gustaban al otro. Por ejemplo, ella siempre que cocinaba la torta de plátano favorita de su sobrina Jarith, le mandaba un buen pedazo solo para ella. 

Olga era así, una persona detallista que siempre se acordaba de todos, que prefería dejar de comer para dárselo a quien hiciera falta, sencilla y humilde que no le interesaban las cosas materiales como una casa o un trabajo. Era esa mujer que, al pisar el umbral de cualquier sitio, era reconocida por su instinto maternal. Le gustaba trabajar y cuidar de los niños porque tenía un sentido de protección y amor para con sus sobrinas Jarith y María José. Tenía un corazón lleno de sueños e ilusiones que el cáncer de endometrio que le hizo metástasis en el hueso sacro le arrebató. 

Todo comenzó en 2018, a raíz de unos cuadros de depresión severos que presentó por una cirugía que le realizarían. Primero la obligaron a tener tratamiento con el psicólogo y luego con el psiquiatra a raíz de las largas noches en vela, la razón, un terrible miedo a la muerte. La depresión fue el inicio de un problema mayor. Olga presentaba un desorden hormonal que se desató tras unos largos seis meses en los que su periodo se ausentó, y luego, una hemorragia que no se detuvo y que la llevó a una sala quirúrgica donde le retiraron la matriz, el útero y los ovarios, y con ello, su mayor sueño, el anhelo de ser madre.

Las visitas al cancerológico o a la casita del terror como denominaba al centro de atención, se volvieron constantes. Los primeros días podía irse sola caminando lentamente, luego tuvo que movilizarse en carro particular, hasta que llegó el momento cuando tuvo que pedir servicio de ambulancia a su Entidad Promotora de Salud, EPS, porque los procedimientos de radiación estaban haciendo que la masa cancerígena se redujera; pero también provocaron que fuera perdiendo rápidamente la movilidad de sus piernas, brazos y manos, hasta perder el movimiento en todo su cuerpo. Se le fue cayendo su cabello, no controlaba los esfínteres porque ya no podía retener la orina ni el popó. Olga comenzó a depender de la ayuda de su familia: tenían que bañarla, paladearle la comida, cepillarle los dientes, limpiarla, cambiarle el pañal y darle las medicinas que apaciguaban, pero no cesaban su dolor agonizante que impedía moverla porque sentía que todo su cuerpo se iba a partir. 

Cuando les dijeron que ya no había nada por hacer, Olguita se deterioró al extremo que en quince días perdió tanto peso y masa muscular que su cuerpo parecía el sistema óseo de un esqueleto de un libro de anatomía humana. Su piel se le fue cayendo y en su piel se fueron formando llagas por la presión que el cuerpo ejercía sobre el colchón antiescaras de presión alterna con regulador. Sus familiares se preguntaron si tanto dolor hubiese podido ser evitado si el servicio de salud hubiera respondido a tiempo; si no hubiera tenido que esperar una eternidad para la autorización de los procedimientos, citas y exámenes que Olga necesitaba; si no hubiese tocado interponer tutelas, derechos de petición o llamar a Secretaría de Salud. Tal vez no solo ella podría haberse salvado, también haber tenido una prolongada y mejor calidad de vida, al igual que muchos pacientes más, pero muchas veces cuando llegan las cosas ya es demasiado tarde.

Desde ese momento nunca nada iba a ser igual, cuando un paciente es diagnosticado con cáncer que hace metástasis muere poco a poco la persona, y se lleva tras sí una parte de la vida de sus familiares. El cáncer tenía entre sus manos la vida de Olga y la de los más allegados a ella. En el camino quedan todos esos reproches: las veces que del cansancio se habló tosco, hiriente y sin pensar; las veces que la limitación los hacía presa fácil de la situación; las ocasiones en las que se le pidió que se levantara de la cama y no podía, momentos de rabia, impotencia, agonía y dolor que ahora quedan en el recuerdo, ese que llega cada noche y no deja conciliar el sueño, aquel que ahora mismo le recuerda a su hermana Lizeth; esa agua de coco o Pony Malta que nunca le dio y que pudo darle por verla feliz. 

Sus cosas siguen intactas en su cuarto: el colchón especial para dormir, la mesita de noche con el dibujo que pintó en una de sus terapias, los pañales talla L de contingencia alta que la EPS se demoró en autorizar, los medicamentos que no se tomó, la almohada que sostenía su débil y frágil cabeza, las medias que intentaron calentar sus manos el día que su corazón dejó de latir, los retratos que le llevaron a su velación y un vaso con agua que mantiene la esperanza de que ella siga por ahí, pero ya no atrapada en su cuerpo, libre. El domingo 12 de septiembre de 2021 marcó el inicio de una mejor vida para Olga, una persona que enseñaba con existir, una mujer que en medio de su proceso les enseñó a sus familiares que la muerte es un mal necesario y, que en medio del dolor se pueden ver cosas grandes. Su cuerpo murió, pero en los corazones de las personas que la conocieron siempre vivirá la sencillez de su alma.

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