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Nadie lloró

Por: Dairo Castañeda

En un país como Colombia, el sistema de salud es parecido a la neblina de las mañanas, a nadie le es útil pero está ahí… Quiero narrar en un recuento breve lo que se vive en uno de los hospitales más grandes de Colombia, compartiendo mi experiencia como trabajador del área de salud.

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Durante dos años hice parte del equipo de logística clínica en el Hospital Simón Bolívar, un complejo de salud que está categorizado con un nivel de atención fase cuatro, de las más altas de la Nación; ubicado en el norte de la ciudad de Bogotá, brinda sus servicios a poco más de 800 mil habitantes.

En aquel entonces desempeñaba mi trabajo en el área de urgencias, planta baja del edificio de las 12 que conforman la estructura, un lugar donde se le ofrecía atención a pacientes en 49 camas destinadas a adultos y otras 21 para pacientes pediátricos, espacios  que  nunca dejan de estar ocupados y cuentan con alto flujo de rotación.

Las dos áreas estaban separadas por un gran pasillo de unos 50 metros de largo, a un costado de aquel pasaje están las sillas donde permanecen pacientes que sufren diagnósticos leves y no necesitan un lecho, el otro costado es ocupado por una fila de camillas de ambulancia que traen pacientes pendientes de atención primaria, y una puerta en vieja madera vigilada siempre por un corpulento guardia que separa la entrada de los pacientes con la recepción. A su vez, esta salida conduce a la salida del centro médico.

Mi trabajo siempre consistió en transportar y trasladar dentro del hospital a todos los pacientes que necesitasen algún procedimiento clínico, entre estos, radiografías, consultas en diversas especialidades médicas, exámenes de laboratorio, cirugías, cambios entre habitaciones e incluso traslados a la morgue.

Recuerdo con detalle lo sucedido aquella tarde de domingo. Corrían los primeros días de abril, por lo general en un día así los familiares y visitantes abarrotan la entrada y los pasillos del lugar, aquel día no fue la excepción y como de costumbre encerraba una o dos camillas en la bodega al final de aquel pasillo, pues nunca se sabía qué emergencia estaría uno por atender; procedido por una mañana congestionada y en parte caótica llegó el mediodía.

… “el paciente de la cama 37 hay que llevarlo a salas de cirugía, gracias”, oí al jefe de enfermería decirme mientras escuchaba un suave sonido de una sirena, aquella fatídica señal sólo significaba la llegada de una ambulancia más o una patrulla policiaca, en este caso lo segundo, el sonido se hizo más fuerte hasta retumbar en aquel pasillo, la puerta de madera chocando contra la pared al ser abierta con fuerza nos alertó a todos, “una camilla, !una camilla!, rápido, ¿dónde lo pongo?”, gritó un patrullero de Policía que de una camioneta Renault Duster bajó.

Tomaba por el dorso, a un hombre inconsciente, junto a él, otro gendarme que con rostro frustrado le sostenía los pies a aquel hombre; corrí hasta la bodega y desplegué ágilmente la única camilla que me quedaba libre y en segundos cruce el concurrido pasillo hasta llegar a la puerta donde en un fuerte impulso acostamos al hombre. El urgenciólogo de turno, Dr. Andrés Hoyos, preguntó, ¿qué le pasó?

El hombre era de unos 58 años, 1,70 de estatura y poco más de 65 kilos de peso, su vestimenta propia del área de construcción señalaba claramente sus oficios, una camiseta con el logo de Ferripinturas y una cinta métrica que colgaba de su cinturón, inducían que desempeñaba su labor antes de presentar aquel estado de inconsciencia.

“Lo encontramos botado en el parque de Toberín, le dieron burundanga y le cascaron al cuchito”, con evidente acento costeño contestó el patrullero, única respuesta que solicitó el médico antes de ordenarme ubicar el paciente al final del pasillo, cerca a la bodega; un apretón de manos entre el urgenciólogo y el patrullero sentaron por terminado aquel ajetreo que por unos minutos alteró a los que ocupaban aquella sala de atención.

“la cama 37 a salas” con un tono más ofuscado me recordó mi tarea inicial el jefe de enfermería de turno, sin más, me dispuse al servicio de otras actividades dejando aquel paciente a la espera de un diagnóstico o procedimiento que fuese pertinente en el momento.

Me sorprendí al enterarme, a eso de las 6 pm, que el hombre inconsciente no contaba con un ingreso al sistema de atención puesto que no tenía una documentación que le identificara,  esto lo supe al preguntar al Dr. Andrés si algún traslado estaba pendiente para la camilla de al fondo, “no, si al obrero ni ingreso le han hecho, ¿cómo lo atiendo?”.

Recuerdo bien haberle mencionado aquel día al compañero del turno nocturno, quien cumplía el papel de ser mi relevo, aquel suceso que marcó el día y narrado de manera particular cómo fue la llegada de aquel hombre, sin más señalamientos, ordené mis cosas y me fui a casa, solo a 8 minutos caminando hacia el sur del hospital, trayecto en que solía fumar un cigarrillo para aliviar el estrés del día. A mi memoria vino una vez más la imagen de aquel hombre ese día.

En la puerta de una de las varias cantinas que por aquella calle se ubican, ví sentado un joven de unos veintitantos años con la misma camisa Ferripinturas que evocó en mí una sensación de sorpresa. Descansé bien aquella noche y sin ningún percance.

Como de costumbre, a las 7am saludaba a quien la noche anterior suplía mis labores y recibía aquellas notificaciones que se consideraban importantes, esa mañana esperé alguna en especial sobre el paciente del fondo, “de camillas no hay nada pendiente, esperar lo que salga”, fue lo único que mencionó mi colega; pasaron las primeras horas de la mañana y mientras organizaba algunos traslados, con vistazos cortos, verificaba la inconsciencia del hombre, me esperaba que algo peculiar con su caso sucediera de nuevo.

Pasado el medio día y casi las 24 horas de haber llegado aquel hombre a la sala de urgencias, sucedió algo mientras ayudaba a sentar una madre en gestación en una silla de ruedas. Al fondo del pasillo se escuchó como un médico gritó “código azul, ¡activen código azul!”.

En la camilla, el obrero al que nadie atendió, iniciaba una falla respiratoria, las señales de ello eran evidentes, convulsiones cortas y ahogamiento son los primeros síntomas para un paro cardiorrespiratorio, en este caso en específico, fue extraño ver como más de una decena de estudiantes de medicina fueron espectadores directos de la muerte del hombre, digo “presenciar la muerte del hombre” porque solo uno de los presentes intervino directamente.

Una vez más veía al Dr. Andres, el urgenciólogo, en aprietos con un paciente en paro, al verle con la misma vestimenta que traía el domingo anterior supe que estaba dentro de su turno de 36 horas, obligatorio una vez al mes para este tipo de cargos en específico; después de 7 minutos, aproximadamente, de recibir un protocolo de reanimación, el paciente fallece.

Una tenue voz me indica “traiga una pijama”, era el jefe de enfermería, esta señal es usada como modismo para indicar que se solicita una camilla de la morgue y una funda plástica para mortajar difuntos.

Mientras caminaba hacia el área de patología, lugar donde se almacenaban los cuerpos, recuerdo bien como una de las baldosas del sendero había sido retirada y nunca reemplazada, esto lo convertía en un bache o sobresalto que entorpecía un poco el camino.

De vuelta y con la pijama en mano, lentamente y con un ritmo lúgubre, con la ayuda del jefe de turno cambiamos el cuerpo de la camilla de ambulancia que le había asignado el día anterior, a una oxidada y metálica que se usa para el transporte y el almacenamiento de cadáveres.

Atravesé, con lo que ya era sólo un cuerpo en una camilla, nuevamente el largo pasillo, esta vez con pasos a sincopados y cansinos dirigiéndome a la morgue, al llegar a aquel bache que en el momento no recordé, una de las llantas se hundió creando un efecto de rebote que hizo caer de uno de los bolsillos del occiso medía caja de cigarrillos marca L&M, una de las que personalmente menos me gusta, no pensé mucho y como un acto natural los coloqué dentro de mi bolsillo, cigarrillos que esa misma noche fumé pensando en aquel hombre.

Es curioso para mí ver cómo pasada una semana, el cuerpo del desconocido nunca fue reclamado, ningún familiar se había presentado, nadie lloró su muerte, ni tampoco se demandó la negligencia médica y administrativa que había sucedido, sólo quedó como uno de los tantos casos que pueden suceder a diario en nuestro país.

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