foto: Artista Dante Sabogal

“¡Yo soy aburridísimo!, creo en la vida, creo en los demás, creo que este cuento hay que lucharlo por la gente. Creo en un país en paz, creo en la democracia. Creo que lo que pasa es que estamos en malas manos, pero creo que esto tiene salvación, y eso es un norte demasiado largo”.

Garzón pronunció estas palabras a Fernando González Pacheco en 1997, dos años antes de su asesinato. Este  discurso, ahora que lo escucho, deja en evidente que su proyecto de vida, más que el reconocimiento, buscaba una transformación en la realidad política y social del país.  

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Hoy se conmemoran veinte años de su muerte. Veinte años de dolor, porque nos sigue atormentando su asesinato, veinte años de injusticia porque hasta el momento, igual que muchos crímenes de Estado, este homicidio sigue impune. Fue, sin duda, una gran pérdida para el país porque jamás, sin querer demeritar el arduo trabajo del periodista en general, volveremos a tener a otro Jaime Garzón, tan dinámico, creativo, crítico, intelectual, gracioso, elocuente, coherente, empático y utópico, pues creía con fervor en el cambio. No existe ni existirá nadie como él.

En su vida se destacó siempre por ser multifacético. Fue periodista, abogado, presentador, funcionario público y se podría decir que, también actuó en las tablas. Con precisión, creatividad e histrionismo, le dio vida a los personajes más llamativos y críticos del momento: Dioselina Tibaná, Godofredo Cínico Caspa, Inti de la Oz, John Lennin, Heriberto de la Calle y Nestor Elí, a quienes usaba para tramar un juicio público a las múltiples problemáticas que aquejaban al país, como por ejemplo, el mal gobierno.

¿Un crimen de Estado?

Jaime Garzón sabía que lo iban a matar. Las constantes amenazas en su contra y el miedo infundado por los comentarios que llegaron a sus oídos, le indicaron que, inevitablemente, se encontraba dentro de la lista negra de Carlos Castaño. Solo él sabía el infierno del desconcierto y el temor por el que pasaba y que lo atormentó por meses.

Las bromas televisivas que hacía en contra de los Castaño y la cúpula militar de la época, fueron las razones para determinar una “presunta” participación de grupos paramilitares en el crimen. Sin embargo, es preciso destacar, que el trabajo humanitario que venía desarrollando con la Gobernación de Cundinamarca para lograr la liberación de los secuestrados en poder del ELN, y las inusuales denuncias del entonces General, Jorge Enrique Mora Rangel, que lo acusaban de ser guerrillero, pudieron ser argumentos de peso para el lamentable hecho.

Tras ser acusado de ser “amigo” de la guerrilla de las FARC y las amenazas de muerte que lo atormentaban a diario, el periodista intentó, reunirse con Mora Rangel, quien se negó a atenderlo. Habló con todo el mundo, entre ellos el Ministro de Defensa, Rodrigo Lloreda Caicedo, y sin ver un posible apoyo estatal, se acercó hasta la cárcel La Modelo de Bogotá, para entrevistarse con el entonces paramilitar Ángel Custodio Gaitán, quien le aseguró que el plan era irremediable, que Castaño ya lo había ordenado y que se tenía que cumplir, esto, tres días antes del infausto acontecimiento.

El 13 de agosto de 1999 apagaron su voz, y solo hasta marzo de 2016 fue declarado por el fiscal, Iván Lombana, como un crimen de Estado, por la presunta complicidad entre el general, Rito Alejo del Rio, el coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo y el ex subdirector del DAS, José Miguel Narváez, con el jefe paramilitar Carlos Castaño.

Han pasado 20 años y hasta el momento solo se han dictado dos condenas. De acuerdo con lo relacionado sobre este hecho, se aseguró que el Departamento Administrativo de Seguridad – DAS, junto con la Fiscalía General de la Nación, desviaron durante cinco años  la investigación, para basarla solo en dos retratos hablados que no tenían nada que ver con el crimen. En el año 2004, se declaró a Carlos Castaño como el responsable intelectual del crimen.

Tiempo después, las investigaciones determinaron que fue José Miguel Narváez quien habló con Carlos Castaño para efectuar el asesinato de Garzón, para ese entonces, el jefe paramilitar le encomendó la tarea a alias ‘Don Berna’, quien dispuso de sus sicarios, pertenecientes a la banda La Terraza, para ejecutar el plan. Mientras Castaño desaparecía a los posibles testigos del crimen, entre ellos los sicarios, el DAS, desviaba la investigación.

Dentro de las condenas que se han dictado, se encuentra la de José Miguel Narváez, quien fue sentenciado a 30 años de prisión por ser el determinador del homicidio, y la del exmilitar Jorge Eliecer Plazas Acevedo, que aún no tiene una condena por este delito, pero sí paga 40 años de prisión por el secuestro y asesinato del empresario israelí, Benjamín Khoudari. Plazas Acevedo, era el encargado de brindar la información diaria de los movimientos del periodista a los paramilitares. Hoy el crimen aún sigue impune.

Jaime Garzón fue entre otras cosas, un luchador ferviente por los Derechos humanos, un activista empedernido, no un delincuente, sino un osado y temerario periodista que luchó por sus convicciones hasta donde se le permitió. Mantener el legado de un hombre que hizo posible la burla a los poderosos y a las organizaciones armadas al margen de la ley, debería ser la tarea para quienes admiramos su trabajo y cuestionamos todo lo que pasa en el país, y más en épocas de pos-acuerdos.  

Hoy, tal como ocurrió el 13 de agosto de 1999, en el país lamentamos su partida.

“Ese país se escandaliza porque uno dice hijueputa en televisión, pero no se escandaliza cuando hay niños limpiando vidrios y pidiendo limosna, eso si no. Eso es folclor” Heriberto de la Calle, Jaime Garzón.